El tiempo pasa

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Decíamos ayer que una comisión municipal ad hoc había declarado a la Mezquita Catedral como bien público, o sea, del Estado, es decir, por derecho de conquista, propiedad de la monarquía castellana, desde Fernando III el Santo hasta nuestros días, y por consecuencia patrimonio ajeno a la Iglesia, a pesar de que desde ese día dicho rey la consagrara e hiciera sucesivas donaciones a la misma. La comisión que ofrecía tal apoteosis monárquicestaba formada por un profesor que finalmente ha sido nombrado maestro de la tercera edad, por una profesora que no tenía más consuelo que la política y por dos profesores que asumieron gustosamente el papel de becarios y negros de los anteriores. Todos ellos republicanos. De aquello salió lo que salió. Ni siquiera lo han editado. Ahora viene un estudio de la Complutense aponer los puntos sobre las íes y el acento sobre la cuestión jurídica, de manera que sepamos fehacientemente lo que ya sabíamos, que la Mezquita Catedral es de quien siempre ha sido: de la Iglesia de Córdoba, de la sufeligresía, de todos los cordobeses, que la pasean de modo gratuito, y de todos los forasteros, que la visitan y la costean. ¿Cómo no habría de ser así, si además es patrimonio de la humanidad? El tema es aburrido por manoseado y no merece una palabra más. Porque, en realidad, la comisión ad hoc que citábamos al principio no se creo para demostrar nada, sino para justificar que Carmen Calvo viniera a Córdoba a ocupar un cargo en un tiempo en el que no tenía ninguno. La vida de Carmen Calvo es una sucesión inane de cargos que su hermano tendrá que historiar algún día. En tanto, probablemente haya que reconocer que esta sea la única habilidad política pergeñada por Ambrosio, que al parecer ya adivinaba en aquella época las altas responsabilidades que aguardaban a la pizpireta egabrense, otrora relegada. Pero el tiempo pasa y ya nada es lo que era. Susana anda por los micrófonos pidiendo perdón; Rosa, que le quitó en su momento el escaño a Calvo, sobrevive como zombi parlamentario; y Ambrosio languidece en una oposición a una alcaldía que sabe irrecuperable y a la que se sabe impresentable. Sin embargo, Isabel merecería algo más. De bien nacidos es ser agradecidos, y la Calvo debería devolverle a la que fuera alcaldesa siquiera la misma deferencia que tuvo con ella. Por ejemplo, llevarla con Mayor Zaragoza, o con su momia, que de algo estrafalario se seguirá ganando la vida el personaje, para conseguir una nómina decente. Lo digo porque son cuatro días los que estamos aquí y debemos cumplir con los que han cumplido con nosotros. No se si Ambrosio será sanchista. Yo supongo que nadie en su sano juicio es sanchista. Ni siquiera Calvo. Pero todo el mundo sobrevive como puede mientras puede. Carmen debería agradecer a Isabel que la acogiera en su momento y acogerla ahora del mismo modo, evitando que al cabo tenga que volver a la Diputación de auxiliar administrativa. Cuando no se es nada volver a la nada es doblemente duro.

No obstante, yo no quería hablar de este tiempo pasado. La política nunca pasa del todo y siempre retorna para fastidiar a los historiadores que la creían superada. La sociedad es más importante que la política, pero se desvanece en el tiempo a la vez que nosotros nos vamos desvaneciendo. Algunos no somos conscientes de lo viejos que somos hasta que desaparece una taberna. Ayer anunció Carrasquín que cerraba. Recuerdo aún a los Valverde, altos como solo los monárquicos pueden serlo. Carrasquín, con Rafael o con Pedro, me dio muchos momentos buenos de mi vida, pero sin duda los mejores fueron los que compartí con los señores que allí conocí. Las tabernas son escuelas de ciudadanía. Ninguna actividad extraescolar puede compensar a la taberna. Incluso Vox estaría de acuerdo.Menos mal que las tabernas no siempre se extinguen, a veces solo cambian de sitio, de nombre, de lo camarero… Lo último es lo que peor llevo, tal vez porque soy un jubilado y conozco demasiados camareros jubilados. Pero Carrasquín no se jubila, se traslada a la plaza de la Compañía, a hacer más llevadera la espera a los que vayan a ver salir o entrar a la mejor cofradía de Córdoba. No necesariamente es malo que una taberna cierre si después abre con mejor porvenir.

El tiempo pasa no siempre para mal. También la tortilla de Santos ha vuelto a Santos por sentencia judicial. Esperemos que no llegue al Supremo, porque se la quedarían los catalanes.

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