Las tradiciones que se pierden


Ahora que la Montería Española y Rehala van a ser declaradas Bien de Interés Cultural conforme al trámite iniciado por la Consejería de Culturo y Patrimonio Histórico de la Junta de Andalucía es indispensable que los que amamos estas figuras, y nos hallamos inmersos dentro de ellas, nos centremos en defender a ultranza sus tradiciones, sus ritos y costumbres y, por supuesto, sus valores más intrínsecos.

Día a día en nuestros periplos monteros constatamos que, por desgracia, algunas de estas tradiciones, ritos y valores se pierden de forma inexorable. En estas líneas nos vamos a referir, en concreto a la Rehala.

Foto:Francisco Beltran

Los tiempos cambian, los materiales también, por no decir de los tiempos. Ahora sería impensable llevar las Rehalas acollaradas desde la perrera hasta la mancha, dirigidas por el podenquero a caballo. Pero lo cierto es que muchas de las formas de antaño sí pueden conservarse con sólo un poco de esfuerzo y atención de los actuantes.

Nos referimos a detalles que, a priori pueden ser nimios; pero que guardan capital importancia en la conservación de los valores propios de la Montería Española y la Rehala. Nos estamos refiriendo, por ejemplo, a la indumentaria del podenquero.

Nadie imaginaría, por ejemplo, en un espectáculo taurino, a los toreros ataviados de otra manera que no fuese con el traje de luces. Pues eso mismo debe ser trasladado al atuendo de nuestros queridos y sufridos podenqueros, donde no deben faltar los zahones, las polainas y prendas tan en desuso, como el coleto (que actualmente, y por fortuna, se ha popularizado por parte de algunos podenqueros amantes de la tradición, en una moderna versión en forma de chaqueta de lona, con hombreras y colores llamativos (en aras de preservar la seguridad)).

Otra costumbre que se pierde a pasos agigantados en la cencerrila de los perros. Los más jóvenes podenqueros, por desgracia, cada vez la usan menos. Tal vez por comodidad, tal vez por ignorancia. Sin ser conscientes del sentimiento de viva emoción que provoca en la Montería la percepción de su sonido en medio de una mancha apretada de monte, motivada por la acción de ese perro puntero que llegará al encame del marrano y hará sonar (para aquel que nunca lo haya oído) el latido de parada.

Dejaremos para el final la caracola. Ese instrumento que tantos conocen y del que tan pocos saben distinguir su sonido. Cuántos novatos preguntan a medio Montería si ya ha terminado ésta, al oír el sonido de las caracolas cuando las Rehalas llegan al tope de su mano e inician el camino de vuelta a las sueltas. Por no hablar, de los que cometiendo un auténtico sacrilegio montero, llaman de recogida a sus perros tocando el claxon de la furgoneta.

En fin, en nuestras, en vuestras manos está conservar todo este bagaje y contribuir a esa distinción tan esperada para la Montería Española y la Rehala.

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