Falsos doctores


Que Franco estuviese enterrado en el Valle de los Caídos fue voluntad de un rey que le debía la corona, que hizo la transición y que salvó la incipiente democracia española. Estas son verdades históricas indudables. Siquiera por cortesía a quien, a su vez, debemos tanto, los ciudadanos tendríamos que haber mantenido el respeto a esa decisión, que solo pretendía cerrar con broche adecuado una etapa que, como poco, había dado paso a la siguiente con sensatez y generosidad. Lo más digno y razonable, pues, hubiera sido dejar yacer en paz al ilustre caudillo que restauró la monarquía y permitió que esta hiciese todo lo demás. Así ha sido durante cuarenta y cuatro fructíferos años. Si ahora se ha procedido contrariamente no puede comprenderse sino como negación de cuanto ha significado este periodo, no tanto del anterior, cuyos errores y aciertos estaban ya superados. Tal vez haya sido imposible que los doctores falsos que actualmente gobiernan el país lo entendieran de este modo. La universidad, desgraciadamente, no es hoy garantía de conocimiento y mucho menos de cordura. Por consecuencia, estamos en nuestro derecho de considerar que la exhumación ha sido el inicio de una deriva hacia un Estado, de nuevo guerracivilista, que procura echar al rey, prescindir de la cruz e instaurar una república impostada que el separatismo y el populismo acabarán destruyendo.

La doctora Calvo argumentaba que las Naciones Unidas habían dicho a España por “dos veces que no resultaba pertinente que tuviera a un dictador en una tumba de Estado”. Sin embargo, Napoleón sí puede estar en Los Inválidos. El más eminente dictador europeo, antes de Hitler, sí puede ser enaltecido hasta la saciedad por la gran república del país vecino, heredera de un sangriento proceso revolucionario durante el cual la mayor diversión de los descamisados franceses consistió en desenterrar a sus reyes y ultrajarlos, o en quemar abadías como la benedictina de Cluny, principal foco medieval de la cultura europea. El producto más conseguido de esta revolución fue Bonaparte, que, por cierto, ponía a sus familiares de reyes en los países que conquistaba. Porque a veces la memoria histórica, como el sueño de la razón, puede producir monstruos. Pero la gran democracia francesa debe tener privilegios con los que no cuenta la española o, para ser más exactos, no tiene los enormes complejos de que adolece esta.

Tambien tiene doctores el Tribunal Supremo, que insiste en dictar sentencias políticas, acaso para que su descrédito permita reposar definitivamente a Montesquieu, cuya muerte anunció Guerra hace ya algunos años. El mismo Guerra que ahora parece espantado al ver este socialismo que le ha dado una tremenda pasada por la izquierda. Y doctores tiene la Iglesia, que ha mirado a otro lado ante la profanación de la tumba de uno de sus máximos valedores. Miles de asesinatos y expolios costó a los católicos la República y la Guerra Civil. Pero probablemente hubieramos sido extinguidos de la tierra hispana sin la intervención de Franco y sin su victoria. Mereceria un respeto mayor quien supo ganarla fundamentalmente para nosotros. Al menos la gran cruz del Valle de los Caídos, si no la derriban, serguirá cerniéndose sobre la Iglesia Española con la sombra de un recuerdo de martirio y gloria que no debiera olvidar.

Pero volvamos a la doctora Calvo, que repite por estas fechas su particular halloween político. El año pasado visitaba el Vaticano ofreciendo “truco o trato” sobre la exhumación de Franco. A la vista está que hizo el truco y consiguió el trato. Ya entonces le solicité a nuestra vicepresidenta que trocase sus instintos básicamente necrófagos por los del respeto y homenaje a los muertos, propios de estos días. En concreto, siéndole tan cercano lo acaecido en Cabra, su pueblo, el 7 de noviembre de 1938,  donde aviones soviéticos y pilotos republicanos descargaron bombas sobre un mercado matando a 109 personas e hiriendo a otras muchas (la República se desangraba en el Ebro y al gobierno socialista de Negrín no se le ocurrió otra vileza que la de compensar la derrota con una matanza de inocentes en la retaguardia nacional), le insté inútilmente a que asitiese a una misa en memoria de aquellas víctimas, entre las que se contaron a siete miembros, varios niños, de una misma familia de apellido Guardeño. Sería de agradecer que ahora lo hiciese, incluso aprovechándolo como acto de campaña. Porque este es el genocidio particular, próximo, entrañable de la doctora Calvo. Debería hacer memoria histórica sobre él y pedir perdón a sus paisanos por el dolor que ocasionaron sus compañeros de partido.

Artículo anteriorUna sensibilidad sorprendente
Artículo siguienteFiesta de Halloween
Nacido en Linares, en la misma habitación donde murió Manolete. Cordobesía obliga. Licenciado en Historia, empleado público, rentista vocacional, cofrade nada ejemplar y experto en peroles. Aficionado a opinar. He sido colaborador de ABC de Córdoba, de la Cope y de los extintos periódicos locales Nuevo Diario y La Información. Soy liberal de toda la vida, por lo que me llaman fascista con cierta frecuencia. Estoy casado, tengo tres hijos, dos perros y un gato. He escrito un libro y he plantado varios árboles. Vivo en una parcela clandestina. Hay otra forma de vivir, pero no es tan divertida ni tan cordobesa.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here