Válgame Dios


“La felicidad está más cercana al dolor que al placer”. Eso dicen que dice un prestigioso psiquiatra granadino en un periódico local. Una razón más para huir de los psiquiatras como de la peste. Pero la frase no deja de ser un síntoma de un proceso mental muy a la moda en estos tiempos, donde la colectividad enferma, que se aviene al dolor, tiene mas importancia que la individualidad sana, que naturalmente se abandona al placer. Lo cual deviene por lógica en que la primera no tenga jamás cura, porque la colectividad está hecha necesariamente de individuos. Como la actualidad no atiende a los individuos, ya que la política se dedica a la colectividad -el socialismo se creo expresamente para esta impostura-, los individuos acaban inevitablemente reducidos a sus casas, cuando no se las queman, y fuera de la historia. Y la sociedad se transforma en un doloroso totalitarismo de la calle en el que casi todos somos nadie y muy pocos son ellos mismos.

Por eso la justicia, que es individual o no es justicia, acaba siendo un sucedáneo de lo que debiera ser, apostando por los colectivos en función del poderío que manifiestan y no de los individuos, a los que para bien y para mal habrían de juzgar. Esta es la causa por la que nos encontramos, incluso en el Tribunal Supremo, con sentencias al dente que no satisfacen a nadie y, lo que es peor, que ni siquiera hacen justicia, porque lo que pretenden es hacer historia, o política, que es la forma tonta de hacer historia antes de tiempo. Es el problema de querer formar parte del mundo de la ensoñación más que de la realidad.

 La relación entre la felicidad y el dolor ha de ser necesariamente poética, o sea, metafórica, del mismo modo que la apuesta del Tribunal Supremo por la fantasía independentista se acomoda más a la retórica que a la jurisprudencia.
Es decir, que el juez Marchena ha hecho finalmente el ridículo a la cabeza de sus colegas, que también lo han hecho. Todo sea por la unanimidad. Unánimes en la engañifa que presentan como fuente de derecho. Razón de Estado. Un Estado fracturado que espera la escayola de los que lo fracturan solo es susceptible de quebrarse definitivamente. La gente, en general, vive ajena a esta probabilidad. Nadie es consciente del momento histórico en el que vive y menos de que cualquier momento puede estar abocado a convertirse en momento histórico por la tremenda. Lo expresaba así mi bisabuela en el 36: “Mi yerno dice que se va a armar una… Pero yo no esperaba que fuera tan gorda”. Pues esto es lo que les está pasando a los catalanes y al resto de españoles abducidos. Cuando se enteren de la que se está armando puede que sea tarde para evitarlo. Reflejo perfecto de lo referido es la intervención de Sánchez en televisión, vacía de contenido y de firmeza, en la que parecía pasmado ante su propia incapacidad para prever los acontecimientos y para afrontarlos con dignidad.
No obstante, ya se sabía que no podía ser de otro modo. El gobierno, sea de un lado o de otro, siempre ha estado en la misma ensoñación que ahora han hecho los jueces suya. ¿Podrían estos haberse hecho eco de la declaración que les hizo nuestro paisano José Antonio Nieto, a la sazón secretario de Estado de Seguridad, con su prístina inocencia provinciana? ¿Recuerdan ustedes que ofreció a los independentistas la organización del referéndum ilegal en calles y plazas, para que no fuera tan ilegal si prescindían de los colegios electorales? Se trataba de hacer un paripé porque creían que a los independentistas les bastaba el paripé. Lo peor es que lo sigue creyendo el Tribunal Supremo.
Pero no les basta el paripé. Quieren la independencia, ¡coño! Y o se la damos poquito a poquito, como ahora, o se la negamos de una puñetera vez.
Algunos están en la entretela, en el interludio en tanto dure. Mientras los independentistas jodían en la esquinas catalanas, el ministro del Interior estaba solazándose en un bar de Chueca, lo que a alguien puede sugerirle una relación causa-efecto. Qué cosa más natural puede hacerse en una situación de “normalidad” como la que describe nuestra paisana Carmen Calvo. La sentencia habla de ensoñaciones, de fingimiento, de que nadie se creía lo que hacía. Así que ante la farsa lo mejor era echarse unas risas y tomarse unas copas. En un bar de Madrid llamado Válgame Dios estaba Grande Marlasca pitorreándose de sí mismo. Y en la capital catalana estaban otros personajes buscándose autor.
¿De verdad alguien espera que esto lo arreglen los que estaban en el Planeta girando en torno a la vicepresidenta, que giraba en torno a Iceta, que giraba en torno a Artur Mas, mientras ardía Barcelona en torno suyo? ¡Válgame Dios, si así es!

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Nacido en Linares, en la misma habitación donde murió Manolete. Cordobesía obliga. Licenciado en Historia, empleado público, rentista vocacional, cofrade nada ejemplar y experto en peroles. Aficionado a opinar. He sido colaborador de ABC de Córdoba, de la Cope y de los extintos periódicos locales Nuevo Diario y La Información. Soy liberal de toda la vida, por lo que me llaman fascista con cierta frecuencia. Estoy casado, tengo tres hijos, dos perros y un gato. He escrito un libro y he plantado varios árboles. Vivo en una parcela clandestina. Hay otra forma de vivir, pero no es tan divertida ni tan cordobesa.

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