Una gran aventura


Que la educación ha sido y es una aventura no lo cuestiona nadie. Y qué aventura!!! Hoy, en una sociedad que hace del relativismo su ideal, en la que se plantea a los niños y adolescentes la libre autodeterminación del género como derecho humano fundamental, en la que la incorporación a la vida profesional del padre y de la madre con la consecuencia inevitable de su alejamiento, no sólo físico, sino también psíquico, afectivo y espiritual de los hijos, creándoles a la vez una conciencia de abandono que a veces se quiere suplir con bienes materiales o a cambio de una permisividad casi absoluta en su comportamiento, es más necesario que nunca emplearse a fondo y con mucho valor para participar en ella.

Y si ya es una aventura educar, cuánto más si se intenta hacer desde un ideario católico en una cultura que considera al ser humano como centro absoluto de la realidad, haciéndolo ocupar falsamente el lugar de Dios; en la que el fenómeno de las crisis familiares y el deterioro del concepto de familia es habitual y provoca la desestructuración de la misma, inutilizado las posibilidades reales de educar a los hijos, cuando no la misma capacidad educativa de los padres.

El papa Benedicto XVI, siguiendo la línea de pontífices anteriores, señalaba en 2012 que “La educación es la aventura más fascinante y difícil de la vida y que la tarea esencial de una auténtica educación es dar forma a los corazones”

Para formar auténticas personas, para poder dar forma a estos corazones, la educación ha de hacerse de manera íntegra, aportando conocimientos, habilidades, valores, creencias y hábitos y ha de producirse a través de la palabra, las acciones, los sentimientos y las actitudes; sin obviar nuestra dimensión religiosa.

¿Quién se atreve a participar en tan arriesgada aventura?

Hoy se cuestiona incluso a quién corresponde esta labor, asumida desde el inicio de la historia por los padres en primer lugar. Se está produciendo una auténtica dejación de no pocas familias de las responsabilidades educativas de sus hijos, al menos, en lo que atañe a la formación que se lleva a cabo en los colegios. Los últimos estudios realizados al respecto denuncian que el seguimiento que los padres hacen de la formación de sus hijos desciende cada día.

Es por ello sumamente importante no sólo la formación del profesorado sino su implicación en la enseñanza del niño, adolescente y joven. No se puede cuestionar que cualquier profesional que sale de la universidad lo hace bien preparado, pero ese algo más que la formación, esa educación en valores que procura la educación íntegra del ser humano, es lo que el profesor católico está siempre dispuesto a aportar no sólo de palabra, sino en coherencia con sus acciones, con su ejemplo y testimonio de vida.

Por ello se ha de conservar la esperanza en la educación como medio para poder dar forma a los corazones de los niños, adolescentes y jóvenes que son el futuro de nuestra sociedad

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