De la Virgen de la Sierra al cielo


La Romería de Votos y Promesas fue celebrada por centenares de devotos, que rindieron honores a la patrona de Cabra

Romería de Votos y Promesas de la Virgen de la Sierra./Foto: BJ
Romería de Votos y Promesas de la Virgen de la Sierra./Foto: BJ
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Romería de Votos y Promesas de la Virgen de la Sierra./Foto: BJ

El tiempo se rompe ante la presencia de Dios. Y, en ese momento, el rito se ralentiza y la regla se convierte en una explosión, ante la que los sentidos se dejan llevar y se ponen en actitud de escucha. Era la víspera de la Asunción y, en la ermita que corona el Picacho y contiene a la imagen que custodia a Cabra, se rezaron las vísperas.

Por los alrededores del santuario, Jesús Sacramentado inundó las lomas de la Subbética, lo que se ve y presiente de Campiña, los campos fértiles de una tierra que lo adora con sencillez, pero con una pasión que se encuentra en muy pocos lugares del mundo. Y así, sobre el mirador, Mario González sostuvo a Su Divina Majestad, girándola hacia todo lo que se ve, pero también a lo que no se observa a simple vista; a la gratitud y a la necesidad de quien reza ante Dios y solo le pide que lo cuide. 

Las vísperas se habían consumado y la Romería de Votos y promesas llegaba al santuario, donde la Virgen de la Sierra aguardaba a los centenares de peregrinos que se dieron cita. Primero la misa del peregrino, después la de la romería, en un ambiente que combinaba alegría y emoción a partes iguales.

Y entonces, después de tres años, la bandera cruzó la puerta del santuario, sonó el tambor y se elevaron al cielo los vivas. María Santísima de la Sierra salió y el día de la Asunción se hizo más azul, brilló más y la alegría inundó cada rincón. Solo un toque de tambor, los vivas arrodillados bajo su bandera y ella, solo ella, saludando a los que están y a los que no. 

Cuando regresó al santuario se vivió la parte más íntima de la Romería. Esa en la que se ve la fe sincera de cada una de las personas que se le acercaron para saludarla; de los costaleros que se abrazaban en un ritual que solo se entiende cuando has llevado el peso de la madre de Dios y la fe de tus mayores; del todo que es la piedad popular.

Luego vino el cambio, el rezo del rosario y las manos de José Luis Osuna, desvistiéndola con una delicadeza exquisita y con una mirada en la que se proyecta el amor del hijo a la madre. Ya en el suelo del altar, con una blonda que escenificaba eso, que es la novia de Cabra, le acercaron a un bebé, que asió la blonda, acariciando a su manera -la más sincera- a María Santísima. Uno tras otro, los devotos se fueron postrando ante su madre, la patrona, la que obra los milagros.

Cuando la llevaron al camarín, el Niño Jesús quedó en el regazo de Almudena Canela, quien tomó el testigo de su madre y lo vistió por primera vez, con la mirada entre el escalofrío y el asombro, como esa vez primera que te regalan las cofradías y ya te atrapa para siempre.

Entre cantos cambiaron a la Virgen en su camarín. Antes, Ricardo y Rafa fueron algunos de los privilegiados que pusieron sus manos y su fe para subirla con todo el amor de un hijo. En cada mirada, la fe se cortaba como un regalo sostenido en el tiempo, con su franqueza y determinación. Las cortinas del camarín se abrieron, la tarde siguió y ya todos esperaban al siguiente momento, el del 4 de septiembre, cuando la Virgen de la Sierra baje a Cabra y Fernando Priego le de el bastón de alcalde a la alcaldesa perpetua y, una vez más, cada devoto de la Virgen de la Sierra vaya de su mano al cielo.