Los belenes perdidos de Córdoba


Ricardo de Montis deja en sus 'Notas Cordobesas' una fiel descripción de los Nacimientos cordobeses de finales del siglo XIX

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Belén cordobés del siglo XIX. /Foto: Archivo Municipal

Cuando hay que echar la vista atrás para atisbar cómo era la Córdoba de hace siglo y medio en general, y cómo celebraba la Navidad y cómo eran sus belenes en particular, hay que recurrir siempre a Ricardo de Montis, el periodista que nos dejó una pormenorizada descripción de la ciudad en todas sus facetas y de sus personajes, tanto ilustres como populares, en una serie de artículos en prensa que afortunadamente fueron recogidos en varios libros. Las ‘Notas Córdobesas’ son imprescindibles para este menester por la cantidad de detalles que aporta y que, en este caso, cuentan con la suerte de completarse con un par de fotografías del Archivo Municipal que ilustran a la perfección esta materia

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Belén cordobés del siglo XIX. /Foto: Archivo Municipal

Montis ya se lamentaba en un artículo de 1927 que en este momento -ya saben: los felices veinte en todo su apogeo- se estaba perdiendo en Córdoba la costumbre de poner belenes por Navidad tanto en las iglesias como en los domicilios. Los describe sintéticamente como unos “caprichosos riscos que, más o menos fielmente, representaban el misterio sublime de la Natividad del Hijo de Dios”. 

En aquella época, a finales del siglo XIX, al igual que ahora, había que satisfacer una amplia demanda en todas sus variantes. Quien se lo podía permitir lo encargaba a un artista más o menos reputado y quien carecía de recursos se tenía que contentar con la gama más baja, que entonces eran las figuritas de barro y hoy son las que se compran en las tiendas de los chinos.

Prueba de la decadencia que sufrían los belenes en los años 20 del siglo XX pudiera estar en que “los muñecos que se confeccionan en la actualidad resultan peores que los antiguos”, como explica Montis, quien muestra su rechazo a una costumbre que se ha mantenido en el belenismo durante siglos y que consistía en ambientar los personajes y las escenas secundarias en el momento en que se hacían. El Belén napolitano representa la Nápoles del siglo XVIII, al igual que en España hizo Salzillo con la Murcia de la misma centuria y, a la zaga, imitaron los artesanos de cada momento.

Anacronismos en los belenes

“Tienen que representar un pastor? pues lo representan con la indumentaria que usa en nuestro tiempo: zahones, zamarra y sombrero cordobés, ¿quieren darle una pareja? Pues hacen una zagala con refajo colorado y sombrero simulando los de palma que usan nuestras mujeres para las faenas agrícolas”, señala Montis a algo que a día de hoy está asumido con naturalidad.

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Belén cordobés del siglo XIX. /Foto: Archivo Municipal

El montaje consistía, tal y como aún se mantiene en muchos hogares, en la elección de una mesa amplia que arrimada a la pared se convertía en un paisaje de Judea gracias a papeles estrellados o que simulaban desiertos y aldeas, riscos a base de cajas y corchos, más papeles simulando rocas y serrín, papel de plata para el río, y el imprescindible musgo y lentisco recién cogido de la Sierra. 

Añadía Montis que “sobre el portal lucía la estrella de talco pendiente de un alambre; en el monte, simulado con ramas de brusco, pacían ovejas, cabras y cerdos en amigable consorcio; arriba veíase la ciudad, compuesta de casas de todos los tamaños y colores, pertenecientes a un estilo arquitectónico desconocido, muy original y pintoresco”.

Así se puede ver en las dos fotografías del Archivo Municipal y, pese a tener ambas una antigüedad superior al siglo, es el modelo que se ha mantenido como mayoritario hasta hace bien poco, hasta la llegada de nuevas escenografías y de la irrupción de la técnica para materializar todo prodigio mecánico y luminotécnico en los belenes.

Montis hace el retrato de los nacimientos que conoció en su infancia y posiblemente encuentre la razón a la fealdad que él encontraba en las figuras y que no disimulaba en absoluto. En uno de sus artículos describe que “los padres, cuando van a comprar  a sus hijos pastores, solo buscan lo más barato, y como el precio está en relación con la calidad, suelen decir al preguntarles el vendedor si los quiere finos o bastos: ‘mientras más malos mejor, porque… ¡para lo que van a durar!”. Nada nuevo aunque haya pasado siglo y medio.

Lo mismo ocurre con los animales que poblaban aquellos belenes de la Córdoba de finales del XIX. El periodista señala que se trataba de pegotes de barro sobre cuatro alambres a modo de patas que sólo se distinguían por el color en que estaban pintados: si de blanco era oveja, si de negro, cerdo.