El egoísmo y la muerte


El obispo de Córdoba reflexiona esta semana en su carta pastoral sobre la ley de la eutanasia que en breve entra en vigor

El próximo 25 de junio entra en vigor la ley orgánica 3/21 de 24 de marzo que legaliza la eutanasia en España. Desde el Gobierno y los sectores progresistas y de izquierdas es algo que se ha vendido como un avance, como un logro más de libertad. Pocas han sido las voces discrepantes posiblemente porque la libertad que venden unos no es la que encuentran los disconformes, los disidentes. La libertad, desde hace varios años y en España sobre todo, es un ejercicio sesgado por los administradores que se apropiaron del concepto y de la práctica. La libertad es según y cómo. 

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Monseñor Demetrio Fernández./Foto: Irene Lucena

La eutanasia, última vuelta de tuerca en una cultura y sociedad que propicia la muerte antes que la vida, salvo que la vida sea como pretende disponer una mayoría, se nos vende como un derecho inherente al ejercicio del hombre libre. Así lo apunta Demetrio Fernández en su carta pastoral de esta semana: “Se presenta con tintes de libertad: yo decido sobre mi vida y sobre mi muerte, pero esconde un egoísmo acumulado en nuestra sociedad, en la que no se acepta el sufrimiento porque no se le encuentra ningún sentido y se exalta la propia libertad para dominar la vida y la muerte, la propia y la ajena”. 

El poder decidir sobre la vida ajena preocupa especialmente al prelado. “Con esta ley, en la práctica, podrán ser eliminados los que estorban, o a petición propia o a petición de sus familiares, o incluso de oficio por parte del personal sanitario, al que le cabe siempre la objeción de conciencia. El hombre asume una vez más el papel de Dios, y se considera dueño absoluto de su vida”.

El sufrimiento, si llega, es humano y tiene sentido

La muerte que se propicia también se esconde. El hombre contemporáneo aspira a una eterna juventud que es imposible, a una vida plena solo cuando esta es placentera y divertida. El hombre contemporáneo ha olvidado lo que sus antepasados dejaron como legado: la sencillez, la aceptación, el esfuerzo, la vida como viene a pesar de todo. En efecto, como recuerda el obispo, el hombre se alza como deidad y dueño de su destino. La finitud física lo coloca en su sitio, y el sufrimiento aparece para enseñarnos que también forma parte de la vida aunque tratemos de evitarlo. Y con leyes como ésta, de una manera absurda: muriendo. Monseñor Fernández lo explica asumiendo que ” el sentido del sufrimiento se ha ido perdiendo en las sociedades cristianas. Más aún, ha ido creciendo el sentido hedonista de la vida; es decir, estamos aquí para disfrutar de la vida, para sacarle todo el jugo de placer que podamos. Si a esto, además, nos incitan desde fuera con el consumismo que nos invade, no necesitamos más. La vida se convierte en una carrera hacia el placer, para conseguirlo a cualquier precio. He aquí un motor de la economía”.

Pero si algo tiene el cristiano es precisamente a Jesucristo. “Jesucristo es capaz de iluminar el corazón del hombre, incluso en esas situaciones extremas, para decirnos: tu vida es muy valiosa, porque puede convertirse en una ofrenda de amor más limpio, y con tu vida, por muy limitada que esté, podemos arreglar el mundo”.

¿Y qué pueden hacer los cristianos?

El obispo de Córdoba nos exhorta a “salir al encuentro de los que sufren: un familiar, un amigo, un enfermo en el hospital, cualquier otra persona. He encontrado en mi vida verdaderos testimonios heroicos en este campo, que son fruto del amor y por nada del mundo hubieran pedido nunca la muerte. Se necesita un rearme moral en nuestra sociedad para que a nadie le apetezca morir, sino que quiera siempre vivir, porque se siente amado y alentado continuamente”. 

Recuerda finalmente monseñor Fernández que los avances de la ciencia permiten finalizar nuestra vida de manera natural controlando el dolor “para no sufrir por encima de la propia capacidad.

Pueden leer la carta en su integridad en este enlace.