GALERÍA | Los brazos que abrazan más fuerte


Esta Cuaresma, a diferencia de la de 2020, nos ha dejado la oportunidad de poder salir de casa, de acudir al templo y de no tener que recordar a la imagen en fotografías o vídeos

Cristo de la Providencia./Foto: Francisco Patilla
Cristo de la Providencia./Foto: Francisco Patilla

La Cuaresma es rara, diferente, distinta a todo lo que vivimos cuando éramos felices y no lo sabíamos. Ya no se toca a las imágenes, la devoción se expresa en las miradas, en todo lo que uno siente y se guarda, en silencio, desde el banco de una iglesia (eso no ha cambiado).

En los cultos hay control de aforo y cofrades y devotos se alinean para mantener la distancia de seguridad. El incienso forma su nube de deseos, de anhelos perdidos, mientras forma la bruma del recuerdo de los que ya no están. El silencio inunda el templo, para que el coro cante una melodía evocadora. No rompe el tambor, no rasga la corneta, no habrá procesión ni vía crucis por las calles.

La imagen estará en el altar, en su paso o en su capilla, pero estará. Esta Cuaresma, a diferencia de la de 2020, nos ha dejado la oportunidad de poder salir de casa, de acudir al templo y de no tener que recordar a la imagen en fotografías o vídeos. 

Y, allí, en el altar mayor de la Trinidad, el Cristo de la Providencia (el que hizo Luis, el de don Antonio) extiende sus brazos sobre la cruz. Son más alargados cada vez que lo miras. Y lo son, para abrazar a sus hijos, fieles y devotos. Así, mientras les imponen la medalla ese abrazo cálido les llega desde el altar, con la enhorabuena de confiar en su divina Providencia.