El Vía Crucis del exilio


Ya sea desde un ordenador en Ciudad Jardín o mirando el móvil desde Montoro han mirado a su Señor y, a buen seguro, le han rezado por la memoria de los que faltan y por la salud de los que están

Vía Crucis de las Hermandades, presidido por la imagen de Jesús Nazareno./Foto: Jesús Caparrós
Vía Crucis de las Hermandades, presidido por la imagen de Jesús Nazareno./Foto: Jesús Caparrós
Vía Crucis de las Hermandades, presidido por la imagen de Jesús Nazareno./Foto: Jesús Caparrós
Vía Crucis de las Hermandades, presidido por la imagen de Jesús Nazareno./Foto: Jesús Caparrós

Desde aquel fatídico 13 de marzo de 2020 hasta hoy, en contadas ocasiones se han visto grandes actos cofrades. El Corpus, allá por el mes de junio, permitió a un reducido grupo de personas adorar a Jesús Sacramentado en la Catedral. La Paz salió a la Plaza de Capuchinos, entre fuertes medidas de seguridad, cuando el verano languidecía. Y, hoy, Jesús Nazareno ha presidido el Vía Crucis de las Hermandades en el templo mayor.

Buscar las diferencias entre el piadoso ejercicio de hoy, en su apartado formal, con el de hace un año -que presidía el Señor de la Sentencia- resulta una obviedad. Aquel final de época que, sin saberlo, estábamos viviendo, dejó en aquel fasto la estampa final de la temporada de esa serie lineal que ruedan las cofradías desde finales del siglo XVI. 

La espiritualidad es la misma o, ahora, quizá mayor. Pero en el camino, en la ternura de la mirada de Jesús Nazareno, hay muchas ausencias. Para comenzar las de las hermanas hospitalarias y los mayores de la residencia que se llevó el coronavirus. Como también la de aquellos hermanos que no han podido estar a su lado. Esos mismos que han vivido el Vía Crucis con el corazón a su lado, pero con la distancia preventiva de este nuevo tiempo.

Ya sea desde un ordenador en Ciudad Jardín o mirando el móvil desde Montoro, ellos han mirado a su Señor y, a buen seguro, le han rezado por la memoria de los que faltan y por la salud de los que están. En algo tan sencillo, pero genuino y franco, consiste la piedad popular. La fe del pueblo que mira a su Señor, desde donde sea, con los ojos del corazón. El mismo que palpitaba en la Catedral este sábado y en tantos hogares. 

El coronavirus ha traído el exilio, pero no ha arrebatado esa fe.