San Rafael y la Macarena


Con motivo de la festividad del Arcángel Custodio de Córdoba San Rafael, hoy 24 de octubre, a continuación publicamos este interesante artículo escrito por el magistrado Antonio Rodríguez

San Rafael./Foto: Luis A. Navarro
Esperanza Macarena./Foto: LVC

¿Qué relación tienen entre sí la Virgen de la Esperanza Macarena y San Rafael? Podría pensarse que  ninguna. La primera es la devoción mariana de la madrugada del Viernes Santo sevillano y que, como en otras tantas cosas de la ciudad de la Giralda, supo hacer de su forma de vida un modelo  universalmente imitable. El San Rafael de este artículo también es muestra de su ciudad: Córdoba venera a su arcángel tal como es, en la universalidad íntima que recorre a todos los fieles cordobeses sin traspasar los intramuros de su devoción. San Rafael es Córdoba y solo es de Córdoba.

Dos devociones católicas del sur del sur. Un buen punto de partida en esta forma de ser tan de aquí, donde todo se transforma para crear una identidad propia, hecha religiosidad popular. Pero hay más. A poco que cruzas las fronteras identitarias de ambas ciudades ribereñas, y te dejas llevar por la historia que te cuentan los libros, encuentras como el Guadalquivir ha dejado que surque una historia con un origen, una justificación y muchas coincidencias comunes de estos dos pateros de los sentimientos religiosos de Andalucía.

Empecemos por el origen cronológico. Ambas advocaciones tienen una proximidad en el tiempo. Son hijas de finales del siglo SXVI, cuando España transformaba el Renacimiento en su Siglo de Oro. Fue en 1578 cuando el arcángel celestial se apareció al sacerdote Andrés de las Roelas para jurarle que Dios le había encomendado la protección de aquella Córdoba martirial asediada por la peste, convirtiéndose en su custodio perpetuo. Sus palabra fueron: Yo te juro, por Jesucristo crucificado, que soy Rafael, ángel a quien Dios tiene puesto por guarda de esta ciudad”. Pocos años después, en 1595, la autoridad eclesiástica sevillana aprobaba la fundación y las reglas de la Hermandad de Penitencia y  Cofradía de Nuestra Sra. de la Esperanza. Ambas realidades necesitaron del siglo XVII para consolidarse. San Rafael con la aprobación  de las reglas de su hermandad y la cofradía sevillana para acoger como titular a María Santísima de la Esperanza Macarena.

Fue un tiempo y unas gentes las que unieron estas dos historias. Una orden religiosa, la Orden de San Basilio el Magno, recorrió en aquella época los polvorientos caminos de la Andalucía interior para refundarse, dejando en cada lugar la semilla de la devoción. Un grupo de ermitaños, encabezados por fray Bernardo de la Cruz se habían instalado a las orillas del río Oviedo, cerca de la localidad Cambil (Jaén). Don Francisco de Mendoza, obispo de la diócesis del Santo Reino, les convino a acogerse a una regla, recibiendo de ese prelado la regla de S. Basilio. Se fundó así el monasterio de Santa María de Oviedo en el año 1540. Inmediatamente se aprecia la vitalidad de la Orden basiliana en España. Fray Bernardo de la Cruz marchó a Roma para que el papa confirmara su profesión basilia, consiguiéndolo en 1560 de  Pío IV, junto a la autorización para fundar monasterios. No se harían esperar. Los basilios se extendieron por toda Andalucía y el primero de sus nuevos conventos fue el de Nuestra Señora de Gracia, en la localidad cordobesa de Posadas.  Fue la generosidad de Jerónimo de las Roelas (padre de Andrés de las Roelas), la que permitió que los basilios se instalaran en tierras cordobesas allá por el año 1565. Posteriormente, ya en 1580, se consiguió del titular de la mitra de Osio la fundación del convento basilio en el pago del Torilejo, en la misma localidad. Para seguir esta historia no se puede olvidar a la familia Roelas y a su hijo Andrés, que compartió con los monjes basilios de Posadas vida monacal y algo más (como a continuación  desvelaré). No nos anticipemos. Los monjes basilios siguieron extendiéndose por Andalucía y existe constancia de la presencia de fray Bernardo de la Cruz en Sevilla, primero en el convento de las Cinco Llagas, y después en la fundación del colegio basilio de Sevilla en 1593.

Una bonita historia acompañó a la extensión de los basilios por Andalucía. Se puede leer en el libro Esperanza Macarena en el XXV aniversario de su Coronación Canónica (Editorial Gudalquivir, 1989), que el  monasterio cordobés de Nuestra Sra. de Gracia antes referido fue llamado en primer lugar de Nuestra Sra. de la Esperanza. En los libros que he consultado no he podido confirmar tal información. Lo que sí está documentado es que los monjes basilios del monasterio de Santa María de Oviedo compraron en 1578 a los monjes agustinos el monasterio de Nuestra Sra. de la Esperanza, situado entre las localidades jienenses de Cambil y Alhabar, en una zona conocida como el barranco de Cazalla. Los restos de este monasterio sí existen y ahí creo que se encuentra este otro punto en común de nuestra historia, el de la advocación basilia de la madre de Dios bajo el nombre de la Virgen de la Esperanza.

¿Por qué eligieron estos monjes basilios para establecer sus sedes  las localidades de Cambil, Posadas o las sevillanas huertas de la Macarena,? Otro elemento en común aparece en nuestra historia. Que los religiosos se sujetaran a unas reglas monásticas y se fueran allí donde el clero secular no llegaba, no fue casualidad, sino una revolución impulsada desde el Concilio de Trento. La espiritualidad tridentina está encarnada en estos monjes basilios, contrarreformistas de la cristiandad en la Andalucía de la Edad Moderna.

El Concilio de Trento (1545-1563) supuso una centralización de la organización eclesiástica a la vez que se pretendía que sacerdotes y religiosos se convirtieran en espejos donde se mirasen los fieles.  En 1568 Pío V publicó la bula Lubricum Vitae que ordenaba a monjes y ermitaños que vivieran aislados, someterse a unas reglas previamente aprobadas por la Iglesia. Este el el camino que previamente habían iniciado los ermitaños de las celdas del río Oviedo, que se continuó en el monasterio de Posadas y que después siguieron otros, como los ermitaños del Tardón, en la localidad cordobesa de Hornachuelos, que también acogieron la regla basilia en 1570. La espiritualidad de la Orden de San Basilio encontraba plena coincidencia con los cánones tridentinos: la importancia de la formación y lectura de las sagradas escrituras, la vida contemplativa y sobre todo, la práctica de la caridad con las clases más humildes. Cambil había sido reconquistada al Reino de Granada a final del siglo XV. Los monasterios de Posadas y del Tardón se ubicaron en la serranía  cordobesa, lejos de los núcleos de población, facilitando la administración de sacramentos y la predicación al olvidado mundo rural, del que pronto obtuvo su reconocimiento (incluso con enfrentamientos del clero secular de parroquias cercanas, que vieron disminuir sus dádivas y limosnas). En Sevilla el colegio basilio se instaló en las huertas de la Macarena, en un arrabal lejano al poder de la Catedral, siendo esos monjes llamados por el olor de santidad que desprendía su vida, como refiere el historiador sevillano Ortiz de Zúñiga.

¿Y por qué la Orden basiliana acoge de una manera tan firme la espiritualidad tridentina? De nuevo los libros nos dan una posible explicación. En el libro becerro del monasterio de Nuestra Señora de Gracia de 1765 (los becerros eran los libros donde se copiaban los privilegios y pertenencias de iglesias y monasterios), al hablar de fray Bernardo de la Cruz (lo llama de San Andrés)  y su participación en la fundación del monasterio de Posadas, se refiere a él como “sacerdote, natural de Montilla y discípulo del Venerable Padre Maestro Ávila”. No es este el lugar para desarrollar la conocida importancia que tuvo S. Juan de Ávila en el Concilio de Trento, por lo que claramente su espiritualidad pudo influir, además de en el Concilio de la Iglesia, en la Orden basiliana.  La cronología y la geografía hacen creíble esta relación entre basilios y el doctor de la Iglesia. San Juan de Ávila llegó a Córdoba en 1535 tras haber sido procesado por la Inquisición y fue en esta provincia  donde desarrolló buena parte de su labor apostólica hasta su fallecimiento en Montilla en 1569. De hecho, en la fundación del ya mencionado monasterio basilio del Tardón intervinieron de manera principal Mateo de la Fuente y Diego Vidal, dos discípulos del maestro de Ávila.

No quiero dejar de reflejar una contradicción que se puede leer en el referido libro becerro del monasterio de Posadas y que también se destaca en el boletín El Monasterio de Nuestra Sra. de Gracia de Posadas, de José Luis Rodríguez Lara, que se puede encontrar en la Biblioteca Provincial de Córdoba y que me dio pie a escribir este artículo. En él citado libro becerro se indica que quien fundó el monasterio junto al río Oviedo en Jaén fue fray Bernardo de San Andrés, abad de ese monasterio al que le sucedió fray Bernardo de la Cruz. El mismo libro no tiene clara esta afirmación y en un añadido de su primer capítulo contradice esta sucesión con la de la profesión como monje basilio de fray Bernardo de la Cruz, que la sitúa sobre 1580. ¿Son dos personas distintas? Puede ser, pero salvo en este texto, el resto de los consultados coinciden que es el mismo fray Bernardo de la Cruz (o de San Andrés), quien funda el primer monasterio en Jaén, marcha a Roma a obtener la bendición papal, protagoniza la fundación del monasterio de Posadas y termina su vida en Sevilla, fundando el colegio basilio y la Hermandad de Nuestra Señora de la Esperanza a finales del siglo XVI. Así se puede leer, entre otros en los siguientes textos: Antigüedad de la religión y Regla de San Basilio el Magno, Alonso Clavel, año 1645; Histoire des ordés monástiques, Helyot, 1714; El Monasterio de Nuestra Sra. de la Esperanza en el Barranco de Cazalla, perteneciente a la Orden de San Basilio el Magno, Rafael Ortega y Sagrista, boletín del Instituto de Estudios Jienenses, 1970;  La provincia basiliana de El Tardón, Ángel Benito y Durán, boletín nº 97 de la RAC, año 1973; el libro ya citado  Esperanza Macarena en el XXV aniversario de su Coronación Canónica y la biografía que fray Bernardo de la Cruz que se puede consultar en la web de la Real Academia de la Historia.

Cumplido con el rigor histórico procede retomar nuestra historia para llegar al verdadero centro de la trama, pudiendo admitir la siguiente posibilidad, siquiera como hipótesis. Desde el principio de estas líneas nos han acompañado dos nombres: fray Bernardo de la Cruz y el presbítero Andrés de las Roelas. A la mitad del relato se unió. S. Juan de Ávila. Tres clericus cordubensis. Recoge el citado José Luis Rodríguez Lara en el boletín antes referido, y así se puede leer en el libro becerro del monasterio de Posadas, que Andrés de las Roelas fue “gran amigo y condiscípulo” de fray Bernardo. No necesita mayor explicación la referencia a la amistad de dos sacerdotes, cordobeses y coetáneos en el tiempo. Sí merece pararnos en que el texto no habla de que uno era discípulo de otro, sino que eran “condiscípulos”. Acerquémonos al diccionario de la RAE con todas las precauciones que nos debe hacer tomar el mencionado libro becerro escrito en 1765 (doscientos años después de los hechos que narra y con más de doscientos cincuenta años de la actualidad). Para la Real Academia condiscípulo es “la persona que, en relación con otra u otras en sus mismas circunstancias, estudia o ha estudiado bajo la dirección de un mismo maestro”. Bernardo de la Cruz y Andrés de las Roelas pudieron ser amigos y tener un mismo maestro ¿Quién? Pues el mismo libro becerro nos lo ha descifrado antes, del Venerable Padre Maestro Ávila, que también andubo por Córdoba en aquella época y con gran relación con los monjes basilios, como antes he explicado.

De ser así, se explica de manera clara por qué fueron los monjes basilios los que fundaron el monasterio de Nuestra Sra. de Gracia en Posadas. Fue la devoción de la familia Roelas, la vida eremítica de Andrés de las Roelas en el pago de sus padres, y su amistad con Bernardo de la Cruz  la que llevó a hacer realidad este primer convento de la expansión basilia en el siglo XVI. Y de ser así, esta amistad y el pupilaje del maestro de Ávila, influyó de manera determinante en dos formas de ser, que con el paso de los años, fueron elegidos para protagonizar dos  de los hechos  más relevantes de la historia sagrada de estas dos ciudades tan cercanas y tan distintas, Córdoba y Sevilla.

El tiempo, la amistad, las enseñanzas de un maestro  y por supuesto, la fe, pudieron unir a dos amigos en sus dos vidas. La varita del destino se encarna de Espíritu Santo en las personas de fe para entender que en la vida no todo es casual, y que la elección viene precedida de una constante siembra de santidad. Esperanza y medicina de Dios, dos bálsamos para este aciago 2020. Dos historias bellas, que más se engalanan si nos dejamos llevar por esta mezcla de historia, fe y pasión.

Antonio Rodriguez / Foto: LVC

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