La orden de caballería del Santo Sepulcro de Jerusalén: de custodia de los Santos Lugares a garantes de una enorme obra social

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Esos lugares son también patrimonio de todos los cristianos y, por lo tanto, se requiere no sólo mantenerlos intangibles físicamente, sino vivificar esas piedras para que no se conviertan en museos

Santo Sepulcro
Detalle de la capa-de caballero con concha de peregrino.
Santo Sepulcro
Detalle de la capa-de caballero con concha de peregrino.

La mención de las Ordenes Militares de Caballería hace retrotraer la memoria colectiva al Medievo y a la época de las Cruzadas. En este marco, precisamente en la Primera Cruzada, nació la Orden de Caballería del Santo Sepulcro de Jerusalén (OCSSJ), fundada por Godofredo de Bouillón (ca. 1060 – 1100) en 1098 con la misión de defender por las armas el Templo del Sepulcro de Cristo del ataque de los infieles. Estos caballeros fueron llamados así por haber sido investidos por el Patriarca Latino de Jerusalén ante el Santo Sepulcro y constituyeron una guardia noble de 500 guerreros que velaba con sus armas, noche y día, este Santo Lugar, protegían las murallas de Jerusalén y acompañaban a sus reyes en todas sus batallas, custodiando la Sagrada Cruz. Se trata de la primera de todas las Ordenes Militares de la Historia, que ha mantenido ininterrumpidamente su presencia en la civilización judeo-cristiana europea.

La OCSSJ se extendió por numerosos reinos europeos (España, Francia, Inglaterra, Alemania e Italia), fundando Grandes Prioratos para captar ayudas y caballeros para Tierra Santa y siendo apoyada por los reyes europeos. De hecho, Alfonso I de Aragón, el Batallador (1104-1134), legó su reino, en su testamento de 1131, a las tres Órdenes de Caballería de Oriente, incluidos los caballeros sepulcristas. En el año 1281 cayó San Juan de Acre, último bastión cristiano en Palestina, con lo que terminó sus días el Reino latino de Jerusalén y la OCSSJ se replegó a sus prioratos europeos, agrupados en siete lenguas y sin coordinación entre ellos. 

La reforma de sus estatutos se efectuaría por las Letras Apostólicas “Cum multa sapienter”, del papa Pío IX (1792-1878), de 24 de enero de 1868, abriéndose así un nuevo periodo en la historia de la Orden como Protectores del Patriarcado Latino. En este texto se reconocía expresamente la gran antigüedad de la Orden y se le encomendó proteger y sostener económicamente al Patriarcado Latino de Jerusalén. El papa León XIII (1810-1903) anexionó a los caballeros sepulcristas a la Santa Sede, ratificando así su doble carácter de Orden ecuestre y pontificia y se aseguró para él y sus sucesores el Gran Maestrazgo de la Orden.

El 22 de diciembre de 1906, a petición de los Capítulos españoles, el rey Alfonso XIII (1886-1941), en calidad de Rey de Jerusalén, se dignó aceptar el título de Gran Bailío Protector de la Orden en España. Al mismo tiempo, se modificaron los estatutos, declarando “nobles” a los Capítulos españoles y estableciendo que los caballeros neófitos debían presentar pruebas de nobleza de sangre, al modo de las Órdenes Militares españolas. Pero, dado que, en la actualidad, la OCSSJ se ha establecido en numerosos países en los que no existe tradición nobiliaria alguna, este requisito ha sido sustituido por la “nobleza personal” y la excelencia del candidato.

Evidentemente, los objetivos y funciones de la OCSSJ en la actualidad nada tienen que ver con la actividad militar de antaño. Hoy es una Orden de Caballería que se encuentra bajo la protección y dependencia directa de la Santa Sede, dirigida por un Cardenal de la Curia Romana designado como Gran Maestre (en la actualidad, el cardenal Fernando Filoni) y además de los objetivos espirituales propios de su condición, es responsable del mantenimiento de una enorme obra social en Tierra Santa. Las aportaciones obtenidas por las Lugartenencias de la Orden distribuidas por todo el mundo se destinan, prácticamente en exclusividad, a sostener y ayudar a las obras y las instituciones caritativas, educativas, asistenciales, culturales y sociales de la Iglesia Católica en Tierra Santa, particularmente las situadas en la demarcación del Patriarcado Latino de Jerusalén, con el que la OCSSJ ha mantenido históricamente estrechos vínculos, y a sostener los derechos de la Iglesia Católica en los Santos Lugares.

Muchas de estas ayudas adoptan la forma de proyectos de desarrollo muy concretos, que son previamente aprobados por su órgano de gobierno, el Gran Magisterio de la Orden, y la evolución de los mismos es controlada y seguida paso a paso por una Comisión del citado Gran Magisterio.

Una vez conocidos estos objetivos, muchas personas podrían preguntarse ¿por qué se destinan esos recursos a tierras tan lejanas, en algunos casos, para beneficiar a personas desconocidas, cuando hay lugares más cercanos donde la pobreza es patente y se vive en nuestro entorno más directo?, ¿por qué no destinar esos recursos para paliar necesidades urgentes más próximas? La explicación reside en la dramática situación que viven actualmente los cristianos en Tierra Santa y en la necesidad de soportar su presencia en estos lugares.

Al finalizar la II Guerra Mundial, la población cristiana de Jerusalén ascendía al 20%, siendo el resto de habitantes de la tres veces Ciudad Santa mayoritariamente musulmanes y una pequeña cantidad de judíos. Hoy día los cristianos de Jerusalén sólo alcanzan al 1,25% del total de la población. En toda la ciudad habitan unos 10.000 cristianos, entre católicos, ortodoxos y protestantes, en medio de una masa poblacional de 550.000 judíos y 250.000 musulmanes. Es decir, la presencia cristiana está a punto de desaparecer de Jerusalén.

Por otro lado, la vida para la comunidad cristiana en Tierra Santa es un verdadero calvario. Basta ir a Belén o Nazaret para comprobarlo: continuos puestos de control militar; un muro que separa territorios; un aeropuerto al que, en muchas ocasiones, no se puede acceder; visados que no se otorgan; familias separadas entre Jerusalén y Ramala que no se pueden reunir; destrucción de viviendas y demoliciones de edificios a causa del muro o por proyectos viales; denegación de permisos de construcción; pérdida de las tarjetas de residencia, básicas para el Estado de Israel, sin las cuales no se puede permanecer en la ciudad y se pierde el derecho a la propiedad y, por ende, también los beneficios de la instancia social, que son fundamentales en estos tiempos de crisis. Y a todo esto hay que agregar el desempleo, agravado por las guerras y los atentados terroristas que ahuyentan a los peregrinos y posibles turistas, destruyendo una de las principales fuentes de trabajo para los cristianos, como es el turismo.

No debe olvidarse que la mayor parte de los cristianos de Tierra Santa son de etnia árabe, muchos de ellos con antiquísimos orígenes cristianos en Jerusalén desde la época de las Cruzadas. Sin embargo, debido a su ubicación son calificados generalmente como palestinos. Aun así, estos palestinos cristianos siempre se han distinguido de los musulmanes por un mayor nivel de vida y, en general, por una superior formación y nivel cultural, integrando unas verdaderas clases medias. Sin embargo, tras más de medio siglo de crisis, guerras, terrorismo y todas las restricciones previamente comentadas que sufren como comunidad han alentado un lento, pero continuo, proceso de emigración de Tierra Santa. Esta diáspora es, en cierto modo, lógica, pues se busca la paz y la seguridad perdidas, tratando de rehacer un nuevo patrimonio en lugares en los que se respete los derechos y libertades de esta población.

Hoy, en el territorio conjunto de Palestina, Jordania e Israel sólo quedan unos 240.000 cristianos, sobre un total de trece millones de habitantes. En Israel y Palestina, que suman en conjunto 7.200.000 habitantes, sólo quedan 130.000 cristianos. Sin embargo, gracias al soporte directo de la Orden del Santo Sepulcro, en estos territorios operan 192 establecimientos educativos mantenidos por las instituciones cristianas, desde jardines de infancia y escuelas hasta la Universidad de Belén, a los que asisten casi 44.000 alumnos, muchos de ellos árabes musulmanes, y sólo un 64% de cristianos. Del mismo modo, funcionan once hospitales, diez centros ambulatorios, nueve hogares para ancianos e inválidos, once orfanatos y guarderías y cuatro centros de educación especial, soportados directamente por la Orden. Por su parte, en Jordania, con una población de casi seis millones de habitantes, viven sólo 109.000 cristianos, y allí operan 123 escuelas infantiles, primarias y secundarias, con un total de 31.000 alumnos y la Universidad de Madaba. Existen también dos hospitales, un centro asistencial ambulatorio, un consultorio y tres centros de reeducación social y educación especial. Además, el Patriarcado Latino de Jerusalén sostiene 71 parroquias, de las cuales 38 están en Israel y Palestina y 33 en Jordania, y de él dependen, en materia escolar, 41 escuelas, 22 en Jordania y 19 en Palestina e Israel, donde asisten tanto alumnos musulmanes como cristianos, lo que constituye una semilla para una futura convivencia.

Al margen de esta inmensa obra asistencial y educativa, el Patriarcado planifica y ejecuta diversos proyectos, siempre con los recursos aportados por la Orden del Santo Sepulcro. Un claro ejemplo de ello es la creación en este mes de abril de 2020, a propuesta del Gran Magisterio de la Orden y bajo la coordinación de todas las Lugartenencias del mundo, de un Fondo de Ayuda Humanitaria por la COVID-19, que se ha destinado a la ayuda humanitaria y asistencia médica en todos los territorios de Tierra Santa.

Todos estos datos justifican la misión actual de la OCSSJ, con el objetivo de garantizar la presencia cristiana en Tierra Santa. Si esta diáspora continua, en lo que parece un proceso difícil de revertir, la Cristiandad corre el riesgo de ver los Lugares Santos convertidos en emplazamientos vacíos, sin testimonio de devoción y de fe. Esos lugares son también patrimonio de todos los cristianos y, por lo tanto, se requiere no sólo mantenerlos intangibles físicamente, sino vivificar esas piedras para que no se conviertan en museos o en meras ruinas arqueológicas. Y a esa labor se han encomendado, durante sus casi 1.000 años de vida, los Caballeros del Santo Sepulcro.

Autores

José Carlos Sanjuán Monforte, lugarteniente de España Occidental de la Orden de Caballería del Santo Sepulcro de Jerusalén.

Francisco López-Muñoz, caballero de la Orden de Caballería del Santo Sepulcro de Jerusalén y Vicesecretario de su Centro de Estudios. 

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