Un siglo del obispo Pérez Muñoz: el creador de tres barrios para pobres

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El prelado construyó en pocos años un centenar de casas para combatir el chabolismo y la infravivienda en la capital para la clase trabajadora

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El obispo Adolfo Pérez Muñoz. /Foto: LVC
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El obispo Adolfo Pérez Muñoz. /Foto: LVC

Tal día como hoy se cumple un siglo desde que el Papa Benedicto XV firmó la preconización de Adolfo Pérez Muñoz como obispo de Córdoba en sustitución de Ramón Guillamet, que había sido designado para regir la diócesis de Barcelona. Este trámite no constituyó una sorpresa, ya que desde comienzos de 1920 el nombre de Pérez Muñoz se barajaba como candidato más firme a sentarse en la sede de Osio, debido al proceso tan complejo, y lleno de filtraciones, que se seguía en la época para la designación de obispos, con trámites, negociaciones y presiones en el Ministerio de Gracia y Justicia, así como en el Palacio Real, con visto bueno del Rey y publicación en la Gaceta de Madrid antes de que el Pontífice rubricara la propuesta que le ponían por delante.

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El obispo Adolfo Pérez Muñoz en sus últimos años. /Foto: LVC

El nuevo obispo se tomó con tranquilidad la llegada a su nueva diócesis. Aquel verano de 1920 lo pasó en Cantabria, de donde era natural su familia y donde veranearía hasta que la edad se lo impidió. A los tres meses de su preconización, El Defensor de Córdoba, que era el diario católico por excelencia de la ciudad, se preguntaba, con todo respeto, que cuándo sería su toma de posesión. Días después llegaron la Bulas Pontificas y se produjo la toma de posesión por poderes a la espera de la solemne ceremonia de entrada en la diócesis, que se produciría el 1 de noviembre siguiente.

El historiador José Manuel Cuenca Toribio señala que Pérez Muñoz no quería ser designado obispo de Córdoba, sino de Valencia o de Valladolid, dos arzobispados que no logró pese a su cercanía a Antonio Maura. Aunque este autor califica su mandato de “grisáceo” la llegada de este prelado supuso un toque de atención a las autoridades locales en la lucha contra el chabolismo y la infravivienda, una materia en la que se fajó desde el primer momento.

Creación de La Solariega

Pérez Muñoz tuvo en sus manos la herramienta ideal para su cometido al año de su llegada a Córdoba. En diciembre de 1921 publicaba el Gobierno de Maura la denominada Ley de Casas Baratas, que reglamentaba los beneficios fiscales que las administraciones del momento concedían a la construcción de este tipo de viviendas. Al acomodarse esta normativa a sus pretensiones, crea en 1922 una sociedad, denominada La Solariega, que sería el brazo instrumental para cumplir su objetivo. Pone al frente de la misma a un sacerdote de su plena confianza, el canónigo José Manuel Gallegos Rocafull, y desembolsa de su patrimonio personal el 70 por ciento del capital inicial de la sociedad; el resto, sería aportado por empresarios locales comprometidos por el prelado para que arrimaran el hombro.

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Viviendas de La Solariega. /Foto: LVC

Sin tiempo para la demora, en 1922 comienza la construcción de la primera promoción, consistente en 20 casas que se levantaron sobre un terreno cedido por el Ayuntamiento en la Cuesta de San Cayetano, donde aún se conservan algunas y donde se encuentra la calle La Solariega, en recuerdo de la sociedad que las edificó. La renta mínima era de 20 pesetas al mes y esta cantidad tenía también la consideración de amortización de capital, por lo que al cabo de unos años los inquilinos pasaron a ser propietarios de sus viviendas.

En esta promoción había 16 viviendas de una planta y cuatro de dos alturas. El arquitecto encargado del proyecto vino de Madrid y se llamaba Iglesias de apellido, mientras que el constructor fue Francisco Martos. El modelo diseñado por Iglesias sería el mismo que, salvo ligeras variantes, se repetiría en el futuro en los otros barrios y se caracteriza en su exterior por emular los arcos bicolores de la Mezquita-Catedral en el recercado de puertas y ventanas.

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Vivienda de la Solariega, en la actualidad. /Foto: JC

El éxito de esta primera promoción de casas baratas promovidas por el obispo hizo que rápidamente se pensara en edificar en otros puntos de la ciudad. Se barajó el Campo de la Verdad -donde décadas más tarde lo haría su sucesor, fray Albino- aunque finalmente los enclaves elegidos fueron la Puerta de Plasencia y el Campo Madre de Dios, tras las antiguas lonjas.

La entrega de las primeras viviendas se produjo en 1923 en medio de un acto en el que primó la alegría y el bullicio de los nuevos inquilinos a la solemnidad del acto, con una presencia abrumadora de autoridades entre las que, curiosamente, no se encontraba Pérez Muñoz, por haber declinado su asistencia. Esto no le privó de que por decisión municipal desde aquel año sus apellidos dieran nombre a la avenida que va de la Torre de la Malmuerta a la Fuensantilla como agradecimiento a su labor social, hasta que en 1981 se quitara dicha rotulación por considerarla ‘franquista’.

La Solariega construyó en pocos años un centenar de viviendas en estos tres nuevos barrios de la ciudad, que durante décadas sirvieron de vivienda digna a otras tantas familias cordobesas. Pocas de ellas se mantienen aún habitadas, estando abandonadas o en ruinas buena parte de las que se conservan.

Pérez Muñoz y la religiosidad popular

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Bendición del monumento a Osio. /Foto: LVC

Otras de las huellas que dejó el pontificado en Córdoba del obispo Pérez Muñoz se pueden admirar en la actualidad, como es el caso de la Casa de Espiritualidad de San Antonio, la parroquia de la Electromecánicas, la inauguración del monumento a los Santos Mártires en un patio del Seminario, del Sagrado Corazón de las Ermitas o del dedicado al obispo Osio en la plaza de Capuchinas, erigido en 1926 en conmemoración del centenario del concilio de Nicea.

Pérez Muñoz fue también un entusiasta de la religiosidad popular. Al obispo le gustaba promover lo que hoy se denomina como procesiones magnas o extraordinarias. Como ejemplo de esto figuran la de 1929, con las imágenes del Corazón de Jesús, Santo Tomás de Aquino y la Virgen de los Dolores, para la inauguración del monumento en las Ermitas. También organizó otra con la Dolorosa de San Jacinto al término de la guerra civil y semanas antes de su fallecimiento convocó una Santa Misión, cuya procesión de clausura era, de nuevo, presidida por la Virgen de los Dolores.

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