“Manso y humilde de corazón”

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A continuación, les reproducimos la carta semanal del obispo de Córdoba, monseñor Demetrio Fernández

El obispo de Córdoba, monseñor Demetrio Fernández./Foto: Diócesis de Córdoba
El obispo de Córdoba, monseñor Demetrio Fernández./Foto: Diócesis de Córdoba
El obispo de Córdoba, monseñor Demetrio Fernández./Foto: Diócesis de Córdoba
El obispo de Córdoba, monseñor Demetrio Fernández./Foto: Diócesis de Córdoba

El pasaje evangélico de este domingo XIV del tiempo ordinario es un autorretrato de Jesús. Él mismo se nos presenta hablando de su identidad, de sus sentimientos, de su invitación a seguirle.

Toda esta proclamación se realiza en un clima de oración. La relación de Jesús con el Padre, con su Padre Dios, es una relación estrecha, profunda, íntima. En esta página Jesús nos abre su corazón para mostrarnos su relación especial con el Padre. Jesús vive colgado del Padre. Jesús es Dios, él sabe que es el Hijo de Dios y nos habla continuamente de ello, no lo disimula. Aquí lo manifiesta abiertamente. “Todo me lo ha entregado mi Padre”, la misma vida en el seno de Dios, pues tienen la misma naturaleza divina, y la vida humana por medio de María Virgen. La oración cristiana consiste en entrar en ese diálogo de amor que mantienen el Padre y el Hijo en la eternidad, diálogo que se ha introducido en el tiempo para hacérnoslo más accesible. Ese diálogo les sabe a gloria, y sabe a gloria a quien ellos introducen en el mismo.

Estas cosas Dios las esconde a los sabios y las revela a los sencillos. La primera condición para entrar en ese diálogo de amor entre el Padre y el Hijo ha de ser la humildad, la sencillez de corazón. “Sí, Padre, así te ha parecido mejor”. Qué tendrá la humildad que tanto atrae el corazón de Dios hacia su criatura. Santa Teresa de Jesús, usando la imagen del ajedrez, viene a decir que la humildad es la reina que da jaque mate al rey (Camino 16). El evangelio está hecho para los humildes, por eso tantas veces no nos entra en la cabeza ni en el corazón.

Al Hijo sólo lo conoce el Padre, al Padre sólo lo conoce el Hijo y a quien el Hijo se lo revele. No se trata de conocer a Dios en abstracto, Jesús nos da a conocer a Dios como su Padre y se nos manifiesta a sí mismo como el Hijo. El Dios cristiano es un Dios familia, comunidad de tres, diálogo permanente entre ellos. Este es el Dios de Jesús, nuestro Dios.

“Venid a mí”. Jesús nos invita a seguirle, a estar con él, a entrar en su amistad. Él sabe que estamos agobiados. Y no nos agobian los problemas, el agobio nos viene de nuestros pecados pasados y presentes, y de las secuelas que han dejado en nosotros. Ese agobio sólo lo puede curar él. “Y yo os aliviaré”. Jesús no ha venido para fastidiarnos la vida, no ha venido para echar nuevas cargas sobre nuestros hombros. Jesús ha venido para hacernos la vida más llevadera, para aliviarnos la carga, para infundir esperanza en nuestros corazones fatigados.

Nos lo expresa con la imagen del yugo, ese yugo que une a dos animales de carga que tiran del carro simultáneamente. Jesús nos invita a entrar en ese yugo, donde él tira más fuerte y donde la vida se hace pareja con el otro. Jesús nos invita a una relación de compartir el yugo (con-yuge). La carga más fuerte es muchas veces la propia soledad. Jesús nos invita a no vivir solos, nos invita a entrar en su yugo, a dejarnos acompañar por él y nos promete que es llevadero este yugo. Claro, si tira él del carro, esto puede ir adelante. No pretendamos hacer solos lo que Cristo quiere hacer con nosotros. No nos empeñemos en tirar del carro con nuestras solas fuerzas, porque nos reventamos y no prosperamos. Venid a mí, cargad con mi yugo, aprended de mí.

“Soy manso y humilde de corazón”. Todo un programa de vida. Como los grandes pintores que con pocos rasgos dibujan un perfil. Jesús nos da estos rasgos de su propio perfil: manso y humilde. Manso por su buen carácter, por su acción pacificadora, por su equilibrio emocional. Qué bien se está con Jesús, no se enfada, no me echa en cara mis defectos, me ama, tiene paciencia conmigo. Y es humilde, nunca prepotente ni mirando desde arriba, sino arrodillado a los pies de sus amigos para lavarles los pies. Vale la pena hacerse amigo suyo, en él encontramos nuestro descanso.

Recibid mi afecto y mi bendición:

+ Demetrio Fernández, obispo de Córdoba

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