“Subió a los cielos y está sentado a la derecha del Padre”

260

A continuación, les reproducimos la carta semanal del obispo de Córdoba, monseñor Demetrio Fernández

El Señor Resucitado./Foto: Luis A. Navarro
El Señor Resucitado./Foto: Luis A. Navarro
Purísima obispo
El obispo de Córdoba, monseñor Demetrio Fernández./Foto: Diócesis de Córdoba

Después de su resurrección, Jesucristo se fue apareciendo a las mujeres, a los apóstoles y demás discípulos para confirmarles en la certeza de la resurrección. “Se apareció a Cefas y más tarde a los Doce, después se apareció a más de quinientos hermanos juntos, la mayoría de los cuales viven todavía, otros han muerto, después de apareció a Santiago, más tarde a todos los apóstoles, por último como a un aborto, se me apareció también a mí”, dice san Pablo (1Co 15,5-8). “Se les presentó después de su pasión, dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo y apareciéndoseles durante cuarenta días, les habló del reino de Dios” (Hech. 1,3).

Es decir, después de su entrega sacrificial en la Cruz, su cadáver fue colocado en el sepulcro y al tercer día resucitó de entre los muertos. Jesús venció la muerte, salió victorioso del sepulcro, inauguró una nueva vida para él y para nosotros, entrando de lleno en la historia para llevarla a la plenitud a la que él ya ha llegado. A los cuarenta días, desapareció de su vista subiendo al cielo a la vista de ellos, encomendándoles el mandato misionero: “Id y haced discípulos de todos los pueblos” (Mt 28,19).

La ascensión del Señor señala dos direcciones importantes para la Iglesia, para la comunidad de sus discípulos. Por una parte, nos señala la meta y el camino de nuestra vida para llegar a la plenitud, que es el cielo. Y por otra, nos señala claramente cuál es la misión de la Iglesia: ir al mundo entero y predicar el Evangelio para incorporar a todos a esta familia en la que Dios es nuestro Padre y nosotros somos hermanos.

La fiesta de la ascensión es, por tanto, una fiesta de cielo, para irnos tras de él. No tenemos aquí patria permanente. Nuestra vida en la tierra es una etapa transitoria, de paso. Nuestra meta es el cielo para estar con Dios para siempre. En este sentido, Jesús nos ha dicho: “Os conviene que yo me vaya”. Primero por él, pues su lugar es el cielo junto al Padre. Y después por nosotros, porque así no quedamos prendidos de lo visible y nos abrimos mejor al don del Espíritu Santo prometido. Será el Espíritu Santo el que realizará en nosotros toda la obra de la santificación, nos irá capacitando para gozar en la gloria eternamente, y para eso tendrá que ir arrancándonos de todos los lazos sensibles de este mundo.

Y la fiesta de la ascensión es al mismo tiempo una fiesta misionera. La Iglesia recibe de Jesús el mandato de prolongar su obra y llevarla a plenitud, a todas las gentes, de todos los tiempos. En ese momento de la ascensión la Iglesia recibe el impulso misionero que quedará completado con el don del Espíritu Santo para llevar a todos la riqueza de la nueva vida que Cristo ha inaugurado en su resurrección. Es la mirada continua al cielo la que impulsa el anuncio de la salvación para todos los hombres. El cielo no es una utopía, es una realidad vivida por Jesús y por los que nos han precedido, los santos Y en ese mandato misionero la comunidad cristiana recibe la promesa del Señor: “Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20). Una presencia que se diversificará de múltiples maneras: en los acontecimientos, en los pobres, en los ministros, pero sobre todo se refiere a esa presencia eucarística donde Jesucristo se nos da vivo y glorioso por el ministerio de los sacerdotes en la Eucaristía.

La fiesta de la ascensión es una fiesta apropiada para recibir la primera comunión y experimentar así la presencia prolongada del Señor en su Iglesia. Esta fiesta es un momento apropiado para dejar que el Señor nos eleve hasta donde él vive y reina con el Padre y el Espíritu Santo. Es una fiesta para renovar nuestro compromiso misionero, de manera que todos sepan, conozcan y experimenten este amor de Dios que en Cristo se nos ha revelado. La fiesta de la ascensión nos sitúa en la preparación inmediata a la venida del Espíritu Santo en Pentecostés. Con María, con los apóstoles, con el Papa y los obispos sus sucesores, con toda la Iglesia misionera invoquemos este Espíritu Santo que viene a renovar la faz de la tierra.

Recibid mi afecto y mi bendición:

+ Demetrio Fernández, obispo de Córdoba.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here