Benditos huérfanos.

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A continuación, les reproducimos el artículo realizado por rafael Cuevas Mata en memoria de Fray Ricardo de Córdoba

Fray Ricardo./Foto: Amor
Fray Ricardo./Foto: Amor
Fray Ricardo./Foto: Amor
Fray Ricardo./Foto: Amor

Dice el Evangelio de hoy: “No os dejaré huérfanos (…) vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo”. No puede estar más claro, porque un año después nada sigue igual, pero nada ha cambiado. Como si de una maniobra lampedusiana de “Il Gattopardo” de Visconti se tratara, cambiar todo para que todo siga igual, así es como estamos hoy un año más tarde. Padre Ricardo, como lo llamaban las buenas señoras de pelo cardado del centro, seguirá siendo eso, el padre, el conductor, el maestro, el guía de quienes un día tuvimos la suerte de oírle una predicación. Con eso ya bastaría. 

Pero no sólo resonará su voz en el interior de nuestra alma, que es algo intangible, porque cada Navidad veremos a una pastora, enjoyadísima, y eso nos recordará que en cada perlita, en cada sarcillo, está su gracia, como el padre que lleva por primera vez a su hijo de la mano a ver una atractiva y exultante Cabalgata de Reyes. Allí estará él. Cuando lleguen las tardes tibias de Marzo y veamos cómo se van armando los pasos en el interior aún frio de las iglesias, en el perfil recortado de una bambalina, en los golpes de martillo y pernos al colocar un pollero para un manto bordado, veremos la fuerza de un padre que monta los benditos juguetes de sus hijos con todo el arte del mundo. Allí estará él. Cuando llegue el verano y el 2 de Agosto crucemos la Plaza sin vereita verde y con el blanco cegador de la cal de las paredes y entremos a esa “partecita” sentiremos el cobijo de un padre que le echa porsima el saquito a un hijo, cuando las noches de verano empiezan a aliviar. Allí estará él. Cuando el olor de los últimos nardos del año, allá por primeros de Octubre, nos hagan bajar hasta San Pablo, sentiremos el mimo, el cuidado, la delicadeza de un padre al llevar a su hija al altar cuando se casa, vestida con sus mejores galas, coronada, con el mismo embobamiento clásico de un padre al ver entregar al mundo su mejor obra. Allí estará él.

¡Qué vamos a estar huérfanos! Si tenemos un padre que se encargó de que nos acordáramos de él cada Navidad, cada Semana Santa, cada Verano, cada Octubre, porque esas imágenes, esos mantos, esos estandartes, serán la prueba física de que un día existió Fray Ricardo de Córdoba. Pero donde más lo recordaremos será la próxima vez (pronto llegará) que estemos en la asfixiante bulla ante el paso navegante y al abordaje de la Esperanza Macarena y sentiremos su brazo, cogiéndonos fuerte, para que la marea no nos arrastre, y oiremos de nuevo su voz, como cuando éramos niños: Rafalín, agárrate fuerte que no pasa nada, que vas conmigo y a mí Virgen me conoce. 

Y allí estará él, el Padre Ricardo. 

¡Qué huérfanos, ni huérfanos!

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