Una Semana Santa como la de los cristianos de al-Ándalus


A continuación, les reproducimos el artículo de Manuel Chacón Rodríguez
, profesor e historiador

Manuel Chacón
Manuel Chacón./Foto: Irene Lucena
Manuel Chacón
Manuel Chacón./Foto: Irene Lucena

Para la mayoría de nosotros, esta ha sido sin duda la Semana de Pasión más atípica de nuestras vidas, producto del confinamiento obligado por el estado de alarma, para combatir la epidemia del coronavirus o SARS-Cov-2, decretado por el gobierno el pasado 13 de marzo, hace ahora un mes, en la festividad de San Rodrigo (mártir egabrense ejecutado en la Córdoba emiral del siglo IX por las autoridades islámicas debido a su fe).

Una epidemia como la que vivimos, sin embargo, no es una situación tan anómala en la historia, ya hubo otras épocas en que las pandemias asolaron a nuestros antepasados. Si bien para nuestra generación sí es extraña, dado que hace un siglo de la anterior epidemia de este calibre, en gran parte similar a la actual: fue la mortífera “gripe” de 1918-19. Pero en los siglos inmediatamente anteriores (XIX y XVIII, pero sobre todo XVII y XVI) eran relativamente frecuentes las  epidemias de cólera, viruela y peste, como por ejemplo las sucesivas oleadas de esta última enfermedad que asolaron España en el siglo XVII y particularmente el Reino de Córdoba, que a finales de dicha centuria había perdido casi la mitad de su población; mismo porcentaje de fallecidos que hubo en Córdoba y su reino en el siglo XIV con la gran “peste negra” que, llegada de Asia, afectó a casi toda Europa. 

Manuel Chacón./Foto: LVC

Quisiera no obstante centrarme, tal como adelantaba en el título y la introducción, en hacer un paralelismo con una situación de la historia en la que nuestros ancestros tuvieron que hacer frente, no a una epidemia vírica, sino a la opresión (verdadera epidemia anticristiana) que vivieron los católicos en al-Ándalus. En efecto, fue así desde casi el mismo momento de la invasión árabe-bereber de Hispania en los años 711-719, en que tras una relativa liberalidad inicial por parte de los musulmanes hacia los cristianos, se pasó rápidamente al despotismo y la humillación, y de la misma forma (con periodos de incierta tolerancia, alternados con otros más opresivos) hasta la desaparición de la minoría étnico-religiosa cristiana (los así llamados mozárabes) en los territorios musulmanes de nuestra Península, a inicios del siglo XII. 

Y es que, al igual que los cristianos hispanos de al-Ándalus (los mozárabes), los cristianos españoles del 2020 no hemos podido celebrar los via crucis públicos y las procesiones de nuestras imágenes, y casi ni celebrar ni siquiera a puerta cerrada nuestras Misas y Santos Oficios (muchas de ellas interrumpidas y disueltas por las fuerzas del orden público, a pesar de cumplirse las medidas higiénicas establecidas en el artículo n. 11 del Real Decreto 463/2020 de 14 de marzo por el que se declaró el estado de alarma).

En efecto, la gran mayoría de nosotros, cual mozárabes del siglo VIII que añoraban la España perdida de tiempos godos, en una situación –la no celebración de nuestras procesiones y cultos- que nadie podía concebir hace tan sólo unas semanas (igual debieron sentirse los hispanos del año 711 días antes de la batalla de Guadalete), hemos tenido que conformarnos con recordar, en la intimidad de nuestros hogares, las procesiones y los tiempos felices del pasado… con la diferencia, en este siglo XXI, de que ahora podemos medio consolarnos poniendo vídeos o marchas de Semana Santa, y hasta proclamarlas –hasta cierto límite de legalidad- por los balcones, además de, por supuesto, seguir los Santos Oficios, Via Crucis y Misas a través de la televisión o internet.

Y es que, verdaderamente, y a pesar del mito neorromántico que idealiza la así llamada “convivencia de las tres culturas” de al-Ándalus, los cristianos de al-Ándalus fueron considerados, casi desde el principio, como dimmíes, es decir, “protegidos”, sometidos al pacto de rendición (dimmah) que establecieron los primeros emires de al-Ándalus con los vencidos hispanos. Y eso incluía restricciones muy claras si querían seguir ejerciendo su religión. 

Este pacto se basaba a su vez en el pacto que el califa Omar (sucesor de Mahoma) estableció con los cristianos de Jerusalén tras su conquista en el año 637 por el que, a cambio de mantener su religión y conservar sus lugares de culto y propiedades, entre otras medidas, incluía: el pago de un impuesto especial (la chyzía, que acabó por empobrecer a quienes quisieron seguir siendo cristianos); la imposibilidad de ostentar en la calle el Evangelio y el símbolo de la cruz, o de manifestar públicamente su religión cristiana (esto imposibilitaba las procesiones, obviamente); o incluso dentro de las iglesias, un uso “muy callado” de las campanas, y sin alzar la voz en los cortejos fúnebres… Los paralelismos con la actualidad, sean juzgados por los lectores. 

Sírvanos esta situación, no para lamentarnos o entristecernos, sino para profundizar y reforzarnos en nuestra fe y en nuestros valores y creencias. Y (nunca hay mal que por bien no venga) frente a los superficiales y los que se quedan sólo en las formas o el folclore, ahondar hoy más que nunca en lo que de verdad importa, en el sentido más auténtico del cristianismo católico: en su mensaje de Fe, Amor, Servicio, Perdón y Verdad. Y en reconocer la belleza, alegría y profundidad de nuestras tradiciones, la grandeza de nuestra identidad española. 

Sírvanos, también, para reflexionar sobre la historia de nuestros antepasados: recordemos que los mozárabes, considerados por la dimmah como verdaderos súbditos de segunda categoría, humillados en lo religioso, lo económico y lo político-social, acabaron de una de estas formas: la mayoría pobres, asustados, renegados y extintos, la minoría (pero una minoría fecunda), los más activos e inconformistas de ellos, rebeldes que fueron mártires (numerosísimos, como San Rodrigo y tantos otros) o guerreros que desde dentro (como Ben Hafsún) o desde fuera (mozárabes huidos al norte que repoblaron León, Castilla y Aragón), cuyos descendientes regresaron siglos después con San Fernando y con los Reyes Católicos Isabel y Fernando, repoblando Andalucía, la antigua Bética, y resucitando España.

Valga dicha reflexión final, pues, más que nunca, y muy simbólicamente en este Domingo de Pascua de Resurrección, para redoblar nuestra moral y nuestros ánimos, y para estar muy alerta, no permitir que ninguna circunstancia ni ningún poder establecido, nada ni nadie nos haga renunciar a nuestra fe, nuestros valores, nuestras tradiciones y nuestra identidad que son, precisamente, en la actuales y futuras circunstancias, nuestro mejor asidero y nuestra principal tabla de salvación. 

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here