Mis días grandes

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Tengo que llegar puntual a la cita con el Señor de la Borriquita, entonces no era conocido como Nuestro Padre Jesús de los Reyes

Sagrada Cena./Foto: Irene Lucena
Sagrada Cena./Foto: Irene Lucena

Mucho se está hablando en estos días de la celebración, o no, de la Semana Santa. Como en tantas ocasiones, confundimos el todo con la parte. Las sombras con la realidad. La apariencia con la esencia. Lo que debiera ser y en lo que se ha quedado. La Semana Santa, como bien es sabido, no es algo unitario, todo lo contrario, es poliédrica, es personal e intransferible, cada la cual la vive de forma distinta, siempre íntima, siempre festiva, siempre retrospectiva, porque cada día de la Semana Santa tiene la virtualidad de conjugar a la vez los tres tiempos verbales, nos transporta a sus precedentes, disfrutamos el presente y nos transportamos al futuro. Recordamos y revivimos a las gentes con quienes la compartimos. Nos lleva a los lugares donde la sentimos: Revivimos los olores que nos embriagaron, los sonidos que nos cautivaron o las chicotás que nos estremecieron. Nos presentamos ante esos Cristos y ante esas Vírgenes que nos sobrecogieron, que nos emocionaron y que nos arrancaron un trozo de nuestras almas, para fijarlo en ese momento que siempre será imborrable en nuestras vidas. Por todo esto, mi Semana Santa de este año tan especial, tan atípico y tan doloroso, va a ser algo único e irrepetible, porque este año, más que nunca, la voy, la vamos, a vivir desde lo más profundo de nosotros mismos, desde el rincón más recóndito de nuestro corazón. La vamos a vivir con la punzá que sólo sentimos cuando sentimos de verdad.

Como no podía ser de otra manera, mi Semana Santa, mis particulares estaciones de penitencia, comenzarán el Domingo de Ramos, muy temprano. Mi impaciencia infantil me hace ver a mi madre planchándome la túnica, la faja y la cinta de cabeza de mi túnica de hebreo. Tengo que llegar puntual a la cita con el Señor de la Borriquita, entonces no era conocido como Nuestro Padre Jesús de los Reyes. Veo a mi padre enchaquetado, pletórico, feliz, orgulloso, luciendo su mejor y más antigua insignia de antiguo alumno salesiano. A mi hermana vistiendo sus estrenos de Domingo de Ramos. Me veo, ya revestido, dirigiéndonos a casa de Juanito Martínez Cerrillo para, juntos con él, con su hija Maribel y su hijo Manolo, encaminarnos hacia los Salesianos, nuestro lugar de destino. De nuevo vuelve a mi mente el bullicio y el revuelo que se organizaba en el patio central del colegio, mientras se formaban las filas de aprendices de cofrades. Los primeros pinchazos que me propinaban las ramas de la palma. El nerviosismo de la salida y la sensación de recorrer, triunfal, las calles de nuestra Córdoba. Un salto en el tiempo pone ante mí a mi sobrino Jesús, pegado a la ojiva de San Lorenzo o cobijado bajo las arcadas catedralicias de almagra y ocre, nervioso, inquieto, ojos avizores, cámara en ristre, preparado para conseguir esa instantánea especial y única, intentando atrapar el instante decisivo, tal y como lo definió Henri Cartier Bresson.

Doy un salto en las fechas y me traslado al Martes Santo. Otro día para el recuerdo y la añoranza. A pesar de encontrarme de vacaciones, madrugo. He quedado con mi amigo Manolo Martínez Cerrillo, vamos a ir a los Salesianos a “ayudar” en la preparación de la estación de penitencia de la Hermandad del Prendimiento, mi hermandad familiar. Éramos los «vepo» Ve por esto, id por lo otro… Pero también éramos los que estábamos en medio de todo, lo tocábamos todo y al final, de forma indefectible, acabábamos subidos en la grupa del caballo que gubiara Antonio Castillo Ariza. Todavía recuerdo con admiración a aquellos jardineros municipales que, con paciencia jobiana, cortaban y afilaban las cañas para, a continuación unirlas a las calas que compondrían el exorno floral de Nuestra Señora de la Piedad. Recuerdo a Manolo Morilla disponiéndolo todo. A Paco Figueroa, manojo de nervios hecho hombre, dando vueltas y agitando las manos dando órdenes desenfrenado. A Antonio Sáez Gallegos «el Tarta», parsimonioso, tranquilo, reposado, dando órdenes a su cuadrilla, en una maniobra interminable, para cuadrar el paso del Señor del Prendimiento frente a la puerta del atrio salesiano. De nuevo me transporto en el tiempo y me veo en mis años universitarios, años de rechazo del pasado, de renegar de nuestros orígenes, de sueños inalcanzables y de utopías inverosímiles. Pero el Martes Santo seguía siendo mi día grande, salía el Señor del Prendimiento y Nuestra Señora de la Piedad, yo no podía faltar a mi cita con Ellos.

Doy un nuevo salto en el tiempo. Me encuentro en 1998, es mi primera estación de penitencia con mi Hermandad de la Cena. Sin lugar a dudas, fue la Divina Providencia la que determinó mi primer encuentro con mi hermandad y bien que se preocupó de que el mensaje me llegara al corazón alto y claro. Todo ocurrió en 1994, pocos días antes de la bendición de nuestro sagrado Titular. No es el momento de entrar en detalles, solo dos nombres: mi amiga Josefa Jurado, la popular Pepa de la Corredera, madre del insigne imaginero Miguel Ángel González Jurado y Pedro Rojas,  antiguo compañero del colegio unido a él con vínculos nunca escritos, que trascienden nuestra propia existencia: María Auxiliadora. Ambos me pusieron ante la imagen de Nuestro Padre Jesús de la Fe. Su mirada profunda,  trascendental, como ausente pero a la vez próxima y acogedora me provocó el pinchazo. Para entonces la Divina Providencia me había marcado el camino de Poniente, aunque entonces la Cena radicara en la Trinidad y este que les habla viviera en Fidiana. ¡Cómo recuerdo mi primera estación de penitencia vistiendo nuestro hábito nazareno! Fue en 1998. ¡Blanco de pureza inmaculada y granate de sacrificio y entrega! ¡Qué inmensa satisfacción experimenté yendo desde mi casa hasta el patio del colegio de la calle González López! En silencio, cubierto, a buen paso, la capa flotando al viento y el cubre rostro ocultando mi identidad, mi nerviosismo y el orgullo de sentirme integrante de la gran familia de la Cena. Nada presagiaba el desenlace de aquella estación de penitencia. Para mí, la primera de una nueva etapa de mi vida. Negros y amenazantes nubarrones acompañados por un viento impío, comenzaron a erigirse en el horizonte cordobés, como queriendo arrebatarle el protagonismo al Señor de los Señores. Jesús Sacramentado nos esperaba, abierto su corazón de par en par, en la capilla de nuestro querido colegio de las Esclavas. Tuvimos la inmensa suerte de que el acto de adoración ante el Santísimo fuera dirigido por un privilegiado, que día a día ve cara a cara y habla de tú a tú con Cristo Jesús. Me refiero a nuestro paisano, monseñor Don Juan José Aguirre, obispo de Bangassou.  Al final la lluvia nos obligó a volver a casa, pero la estación de penitencia ya había cumplido su objetivo: postrarnos ante Jesús Sacramentado. Después vinieron más estaciones de penitencia, la que realizamos desde la Santa Iglesia Catedral, en 2001, nuestra primera comparecencia en Poniente. Las primeras suspensiones transformadas en estaciones de penitencia internas, intensas, sentidas, profundas, dándole sentido a nuestra ausencia en la calle. Ahora sólo falta un detalle, será cuando Ella quiera, no hay que tener prisa, pero más temprano que tarde, María Santísima de la Esperanza del Valle, ella que es nuestro auxilio en momentos de tribulación, como hoy estamos viviendo, recorrerá las calles de Córdoba. Habrá un antes y un después y nada volverá a ser igual.

Sin embargo, este año tenemos los cofrades un reto muy particular. Vivir la Semana Santa con la misma intensidad, pero desde el retiro que nos impone la situación de confinamiento. Probablemente, esta Semana Santa sea la más exigente a la que nos enfrentemos a lo largo de nuestras vidas, porque nos pone frente al prójimo, al que debemos de proteger, no saliendo de casa. Porque ahora, más que nunca, tenemos la oportunidad de vivir los misterios de la pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo sin la tensión que conlleva una estación de penitencia «convencional». Este año vamos a poder realizar nuestras estaciones de penitencia desde el recogimiento, a través de los medios de comunicación, las redes sociales o la lectura serena y sosegada de los Santos Evangelios. Vamos a tener todo el tiempo del mundo para enfrentarnos a nosotros mismos, para poner nuestros corazones ante Cristo muerto y resucitado, para renovar nuestra fe de cristianos comprometidos con el Evangelio.

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