Procesionar


A continuació, les reproducimos el artículo de Juan José Jurado Jurado

Nuestra Señora de los Dolores./Foto: Irene Lucena
Nuestra Señora de los Dolores./Foto: Irene Lucena

“Pero yo confío en ti, Señor;

te digo: “Tú eres mi Dios”.

En tus manos están mis azares”

(Salmos 31, 15-16)

Este año no será como todos los años. No levantaremos con preocupación la vista al cielo para ver si el tiempo amenaza lluvia, ni tendremos el cosquilleo propio que nos recorre el cuerpo por la proximidad de una nueva Semana Santa, ni viviremos la contemplación emocionada de como planchan nuestra túnica -o la de toda la familia- las manos primorosas de nuestra madre, de nuestra esposa o de nuestra hija, en legítima e inveterada herencia de una tradición familiar mantenida puntual año tras año. Tampoco nos palpitará efusivamente el corazón ante la inmediata salida de nuestra hermandad ni, tal vez, nos sepan igual los pestiños o las torrijas propias de esta celebración tan sublime y maravillosa, que impregna nuestra ciudad de luz y de color…y ¿por qué no decirlo?, de alegría desbordada. 

sectarismo
Juan José Jurado Jurado.

Y es que este año, en que hasta el azahar se ha anticipado, de manera intempestiva y desbocada, en su ofrenda de fragancia a nuestra ciudad, todo será distinto. Cierto que se puede decir que todos los años son iguales, y siempre distintos. Pero este año habrá una marcada diferencia, por inusitada y desconocida, por histórica y dolorosa, en relación con los anteriores: efectivamente no podrán celebrarse ya muchos vía crucis, no habrá cultos a nuestros Sagrados Titulares con afluencia y presencia de fieles en nuestros templos, ni se trasladarán aquellos a sus pasos, ni tan siquiera habrá previo reparto de túnicas o el mismo habrá quedado ya interrumpido. Este año, además, no tendremos probablemente la cita puntual de la salutación multitudinaria en San Jacinto del ya clásico Viernes de Dolores para felicitar a quien es la Emperatriz del Dolor y Consuelo y Refugio de sus hijos cordobeses. ¡Qué le vamos a hacer! Las cosas han venido así…tal vez internamente para someter a prueba necesaria y a reflexión exigente lo que debe ser verdaderamente la fe de los miembros de una hermandad o cofradía, y mostrar así, sin titubeos, nuestra confianza en Dios; y también, todo hay que decirlo, para que externamente la gente tome conciencia del enorme papel social y la ingente aportación económica que las hermandades y cofradías reportan a la sociedad en la que viven.

 Sí. No hay mal que por bien no venga, porque frente a la desilusión siempre existe la esperanza; frente a la adversidad, siempre existe el asidero de la fe, y frente a las necesidades humanas, el compromiso serio, recto y cristiano de ayudar a los demás y colaborar en una empresa que a todos nos ocupa y nos preocupa, porque se ha convertido en una tarea colectiva superar la pandemia vírica por todos conocida, cuyo destierro inmisericorde exige soluciones comunes y tareas diligentes que deben ser compartidas responsablemente por todos. 

Lo mismo que Jesús tuvo que armarse amorosamente de coraje y de valor para superar el dolor de su entrega, la traición de los suyos, la incomprensión humana, ese mismo coraje y ese mismo valor, por imitación fiel en su seguimiento, nos toca mostrarlos solidariamente ahora, precisamente en estas circunstancias delicadas y difíciles, en el seno la sociedad de la que formamos parte. Porque no podemos identificar plenamente la Semana Santa con “procesionar”. “Procesionar”, no lo olvidemos, no es otra cosa que seguir a Quien es nuestro camino, nuestra verdad y nuestra vida. “Procesionar” es dar testimonio de Aquel en quien creemos, como comunidad de creyentes que se sienten hermanos en una misma fe y que proclaman abiertamente a Quien es el modelo que debe regir voluntariamente nuestra existencia. Y es que también podemos “procesionar” en este tiempo de manifiesta adversidad, y ello a pesar de que no podamos revestirnos este año con nuestra túnica, o que no podamos llevar sobre nuestros hombros a la imagen de Cristo y de la Virgen, o incluso aunque no podamos recibir físicamente, y de manera temporal, a Jesús Sacramentado. Porque la procesión se vive intensamente -y también se puede recibir  a Jesús espiritualmente- cuando logramos convencer a los demás con nuestro ejemplo -lo que exige que nosotros mismos nos convenzamos definitivamente- de que la gloria de nuestras hermandades y cofradías se encuentra ya en su pasado y en sus orígenes, surgidas como comunidad de fe asistencial y seguidora de Jesús de Nazaret, como unión fraterna y de esperanza en el ejercicio de la caridad, como vínculo de unidad en la Iglesia proclamadora de Cristo muerto y resucitado. Y es que nuestro futuro pasa por asumir radicalmente en el seno de las mismas -ya muchos lo asumen- el compromiso cristiano en nuestra vida diaria, compromiso que ahora se nos exige de una manera muy significativa y especial ante las circunstancias que se nos han venido encima. Ese compromiso consiste, simple y llanamente, en actuar como es debido y requerido: en estar siempre prestos a ayudar, sin esperar nada a cambio, a todos aquellos que nos rodean y que son personas que sufren, que ríen, que se angustian y tienen dificultades como nosotros. “Procesionar” es alentar con nuestra esperanza al que vive desilusionado y sin rumbo; dar amor al solitario y olvidado, asistir al que lo necesita, porque todo ello es el verdadero y auténtico testimonio de fe en Cristo Jesús y su Madre Santísima, del que la procesión en la calle es su consecuencia ineludible, palpable y manifiesta. Si nos comportamos así podemos estar convencidos de que eso es seguir a Cristo y a la Virgen, es “procesionarlos”. Podrán venir adversidades económicas para nuestras corporaciones, tiempos difíciles o coyunturas inesperadas, pero su cohesión interna y su vertebración externa deberá ser siempre la misma: Cristo y la Virgen como ejemplo en nuestra vida diaria.

Decía mi buen amigo Ángel Marín Rújula, que ya descansa en la paz del Señor llevado de los brazos amorosos de la Santísima Virgen de quien tan devoto era en su advocación de los Dolores, que “las hermandades  nacieron por la fe, deben vivir de la esperanza y nutrirse en el ejercicio diario de la caridad”. Eso, para el que esto escribe, es el auténtico “procesionar”. Aunque este año no haya cultos presenciales, aunque no hagamos nuestra estación de penitencia, aunque pueda no haber la salutación a Nuestra Señora, aunque incluso por imperioso y comprensible mandato faltemos a la cita “voluntariamente obligada” del Viernes de Dolores, siempre habrá el altar de cultos de nuestro corazón desbordado, siempre acompañaremos a Cristo y a Nuestra Madre por su recorrido por las calles de Córdoba, siempre le ofreceremos nuestro incienso, nuestra cera, nuestra flor, cuando hagamos de nuestra vida diaria un intento firme y decidido de seguirlos, de ayudar constantemente a nuestro prójimo. Eso será para ellos, estoy convencido, una auténtica y verdadera procesión.