Navegar al pairo


Un hombre que vive desconcertado, que navega sin rumbo fijo en el proceloso mar de la vida, adaptando sus velas al viento que sople

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Nazareno de Priego./ Foto: LVC
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Nazareno de Priego./ Foto: LVC

(Manuel Montes Jiménez). Vivimos tiempos complejos, convulsos  en  los que estamos padeciendo  lo que los filósofos y pensadores llevan tiempo preconizando.

Hemos pasado la modernidad, la posmodernidad y ahora vivimos lo que Bauman llamó “modernidad líquida, o sociedad líquida” y que a grandes rasgos se caracteriza por el desvanecimiento más o menos radical y agresivo  de los grandes y sólidos pilares en los que se sustentaba la sociedad, una sociedad en la que todo hace aguas, en la que no hay nada firme, ningún principio, idea o valor, en la que hay que reemplazarlo todo, sustituir los principios hundidos por otros nuevos, frágiles y provisionales. Vivir en la provisionalidad, en la ambivalencia, en el todo vale, no hay nada definitivo, todo es mutable. Para vivir en este mundo la mejor herramienta es la flexibilidad, la capacidad de adaptación, el nadar y guardar la ropa, el no aferrarse a nada pues todo es mutable y sobrevivir es adaptarse a esos cambios (resiliencia lo llaman); no hay pilares, todo es líquido. Esto genera una sociedad en crisis, un hombre en crisis, unas ideas en crisis, unas creencias y valores en crisis. Un hombre que vive desconcertado, que navega sin rumbo fijo en el proceloso mar de la vida, adaptando sus velas al viento que sople, puestos los ojos, no en el destino al que se pretende o se pretendía llegar, sino en los vaivenes de la navegación.

Todo lo expuesto no es solo una teoría, unas ideas o el discurrir de un pensador desocupado, es el análisis de la sociedad y el tiempo que nos envuelve, en el que nos movemos, somos y existimos. 

En el momento presente con la amenaza del coronavirus, hay dos extremos de los que hemos de huir, uno el indiferentismo, el pensar que esto no va conmigo, que no hay problema, que esto es un bulo o una exageración; el otro extremo la histeria. Ambos extremos tienen sus riesgos y han de ser evitados; y solo hay un antídoto, el sentido común, que a veces, lamentablemente,  es el menos común de los sentidos.

A la hermandades y cofradías de Penitencia se le plantea un panorama complejo, con delicadas decisiones que tomar, que afectan no solo a la realización o no de un acto, sino a todo lo que ello conlleva, el esfuerzo, la ilusión y el gozo de los que lo han preparado y de los participantes y también las consecuencias económicas y laborales  que puede acarrear no solo para la propia hermandad sino para todos los negocios de hostelería, comercios, alimentación…. para los que estos días suponen unos ingresos  sin los cuales es difícilmente salvable la campaña.

Y por otro lado, como aconseja el sentido común, hay que seguir las recomendaciones emanadas de las autoridades sanitarias y civiles como medida de prevención para evitar, ahora que todavía parece posible, que todos nos convirtamos en focos de contagio, con lo que se produciría el colapso del sistema sanitario y se pondría en riesgo a la población con más riesgo, los enfermos crónicos y los ancianos.

Las hermandades, como en otras muchas ocasiones y circunstancias  pasadas y presentes, hemos sabido adaptarnos a las exigencias de los tiempos, manteniendo en la mayoría de los casos una perfecta responsabilidad y coherencia. 

Está siendo práctica común que en la mayoría de las ciudades y pueblos, motu proprio, u orientadas por las agrupaciones de cofradías y guiadas por los consiliarios o por las pertinentes directrices de la autoridad eclesiástica, se estén suspendiendo muchos actos, cultos, traslados, ensayos…. que son necesarios, que se han preparado con muchísimo esfuerzo e ilusión, que generan una aporte económico o que incluso comportan una pérdida, y se haga en ejercicio de la responsabilidad y generosidad que nos caracteriza, aun cuando nos duela.

Estamos como cristianos y como ciudadanos en sintonía con nuestras autoridades civiles y religiosas, y como personas maduras procuraremos vivir esta situación con cordura y sensatez, evitando de esta manera los temibles extremos, la irresponsabilidad y la histeria, y puesta siempre la esperanza en la bondad y misericordia infinita de Dios en la que se sustenta nuestra fe.