Así sintieron la vocación

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Tres sacerdotes y dos diáconos transitorios de la diócesis de Córdoba han explicado, durante los últimos meses a La Voz, cómo sintieron la llamada del Espíritu Santo

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Misa de Ángel Jesús Maíz en la iglesia de Santo Domingo de Guzmán de Cabra./Foto: Jesús Caparrós

Tres sacerdotes y dos diáconos transitorios de la diócesis de Córdoba han explicado, durante los últimos meses a La Voz, cómo sintieron la llamada del Espíritu Santo. Así lo relataron.

Ángel Maíz

Misa de Ángel Jesús Maíz en la iglesia de Santo Domingo de Guzmán de Cabra./Foto: Jesús Caparrós

“A cada uno Dios lo llama de una forma diferente y no hace actos extraordinarios, espectaculares, sino que pone a personas, circunstancias, pone a familiares, a amigos, a sacerdotes… Y en mi caso puso el testimonio de mi tío José Antonio, que se acaba de ordenar cuando yo tenía unos ocho o nueve años. Y a mí me llamaba la atención su vida, su alegría su entrega con los enfermos, la parroquia. Y también me llamaba la atención la vida de mi párroco, don Francisco Caballero. Viéndolo en uno tan joven y otro tan mayor había un denominador común, que era la felicidad. Veía que eran felices en lo que Dios les había llamado. Eso me hizo cuestionarme si me llamaba a mí también a lo mismo. Y por eso entré en el seminario y comparto esa alegría que vi en ellos”.

Néstor Huércano

Primera misa de Néstor Huércano./Foto: Diócesis de Córdoba-Álvaro Tejero

¿Cuándo sintió la llamada del Señor? “La recibí de pequeño, siendo niño. No es que deseara, conscientemente, ser sacerdote, sino que se fue presentando la cercanía a los sacramentos. Me fui acercando al Señor y ya me fue atrayendo hacia el seminario, por personas que me lo proponían. Y fue desde niño”.

David Arellano

Primera misa del joven sacerdote./Foto: Diócesis de Córdoba/Federico Tovar

“Cuando era pequeño, aunque tenía mucho miedo a dar respuesta. Hasta que no tuve 20 años y había terminado los estudios universitarios no fui capaz de dar el paso. Pero la verdad es que desde pequeño, pequeño, quería ser sacerdote. Era el deseo. Incluso estos días cuando celebro misa, pienso que estoy jugando a decir misa, que es lo que hacía de pequeño. Todavía me cuesta creerme un poco que soy sacerdote de verdad”.

Mario González (diácono)

Mario González./Foto: Diócesis de Córdoba-Álvaro Tejero

“Es una vocación desde chiquitito. Con ocho años y me preparaba para la comunión, me explicaron que el pan dejaba de ser pan y se convertía en el cuerpo de Cristo. Y yo quería ser un superhombre. Pero eso que sentía fui creciendo y tenia experiencias, lo normal de los jóvenes de hoy, pero veía que eso no era lo mío. Siempre se me quedaba un regusto a vacío, hasta que al final fui a dar el paso con 17 años. Mi madre se puso enferma, mis padres se separaron y me tuve que poner a estudiar la carrera y en mitad de los estudios se solucionó todo y conocí a un sacerdote que tenía una asociación y me ayudó mucho. No solo el sacerdote, sino también la asociación, el carisma. Fue el que me dijo, si quieres puedes irte a Jaén, pero yo conozco mejor el seminario de Córdoba. Así que por eso estoy aquí”.

Javier Solaz (diácono)

Javier Solaz y Mario González./Foto: Diócesis de Córdoba-Álvaro Tejero

“Descubro la vocación cuando vengo a estudiar a Córdoba. Estudié la Licenciatura de Administración de Empresas en ETEA y, en tercer curso, estudiando una asignatura de libre configuración que nos daba un sacerdote jesuita, leyendo el Evangelio tuve un recuerdo de años atrás, cuando estudiaba en los Salesianos de mi pueblo, Pozoblanco, de dos sacerdotes que venían a vernos a clase a preguntarnos si alguno sentíamos la llamada de Dios. A mí con 20 años me viene ese recuerdo y pienso que es el Espíritu Santo quien pone ese recuerdo en mí, porque quiere decirme algo. Tengo la certeza absoluta de que el Señor me está llamando para ser sacerdote. Ante esa revelación uno siente miedo, como temor. En ese momento no se lo digo a nadie, ni con mis padres, ni con mi mejor amigo, ni con mi cura. Es algo que guardo en secreto durante muchos años. Termino la carrera, me pongo a trabajar y sentía un vacío interior ante esa llamada. Y es a partir de hacer el Cursillo de Cristiandad, en la Casa de San Pablo, que noto que el Señor me llama con más fuerza. A raíz de ahí, el Señor me va poniendo señales, personas, mensajes y en poco más de dos años acabo dejándolo todo (el trabajo y la vida que tenía) y entro al Seminario”.

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