Javier Solaz: “Acabo dejándolo todo (el trabajo y la vida que tenía) y entro al Seminario”

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"Tengo la certeza absoluta de que el Señor me está llamando para ser sacerdote. Ante esa revelación uno siente miedo, como temor. En ese momento no se lo digo a nadie"

Cursillos
Javier Solaz./Foto: Diócesis de Córdoba-Álvaro Tejero
Javier Solaz./Foto: Diócesis de Córdoba-Álvaro Tejero

Javier Solaz, junto a Mario González, era ordenado como diácono en la Catedral el día de la festividad de la Inmaculada Concepción, por el obispo de Córdoba, monseñor Demetrio Fernández. Un momento, sin duda, inolvidable para ambos seminaristas. En la siguiente entrevista, Javier repasa lo sentido aquella jornada, la experiencia que está viviendo en el Seminario y de cómo sintió la vocación (donde mucho tuvo que ver un Cursillo de Cristiandad, e ingresó en el Seminario. No pierdan detalle.

-¿Cómo fue el día de la ordenación?

Javier Solaz./Foto: Diócesis de Córdoba-Álvaro Tejero

-Fue un paseo por el cielo. Compartirlo con la familia, con tanta gente con la que has compartido tantos años de vida (en las pastorales, en los pueblos), al final fue como una explosión de alegría. Los nervios contenidos durante la celebración y luego muy felices, muy contentos.

-Ha pasado una semana, ¿ha notado algún cambio?

-Vivimos consagrados al Señor. Un cambio que supone más responsabilidad, porque ahora participamos más en la liturgia, en la Eucaristía tenemos un papel mucho más importante, en el rezo de laudes… Estos seis años de seminaristas, como acólitos, ahora es un paso más con el diaconado. El Señor te llena de una manera que no puedes expresar con palabras. Es un regalo.

-Para quienes lo desconozcan, qué diferencias hay entre ser seminarista y diácono.

Javier Solaz./Foto: Diócesis de Córdoba-Álvaro Tejero

-El diácono tiene más funciones, obviamente. Podemos celebrar el sacramento del Bautismo, de matrimonio; podemos celebrar el rito exequial; también por la propia ordenación que hemos recibido podemos bendecir en nombre del Señor; y podemos derramar muchas gracias al pueblo de Dios. Tenemos un contacto mucho más fuerte con el Señor.

-Ya es diácono y el siguiente paso es la ordenación sacerdotal.

-Estamos llamados a ser sacerdotes es nuestra vocación. Esto es un deseo, un sueño que si Dios quiere se hará realidad. Y es vivir ese servicio a la gente, al pueblo de Dios… Ahora mismo es aprendizaje en el diaconado.

-Para quienes lo vemos desde fuera, cómo es la vida en el Seminario.

Javier Solaz./Foto: Diócesis de Córdoba-Álvaro Tejero

-Tenemos un horario bastante intenso. La vida de seminarista es intensa. Nos levantamos muy temprano, a las siete rezamos las laudes, después las clases, la comida, tiempo de compartir en la sala de comunidad. Luego el tiempo de estudio. Por la tarde el tiempo de oración de vísperas, la Eucaristía. Es un ritmo muy intenso, un horario muy exigente, que no se podría entender si no tuviésemos vocación.

-¿Cómo llegó al Seminario, cómo sintió la vocación?

Javier Solaz y Mario González./Foto: Diócesis de Córdoba-Álvaro Tejero

-Descubro la vocación cuando vengo a estudiar a Córdoba. Estudié la Licenciatura de Administración de Empresas en ETEA y, en tercer curso, estudiando una asignatura de libre configuración que nos daba un sacerdote jesuita, leyendo el Evangelio tuve un recuerdo de años atrás, cuando estudiaba en los Salesianos de mi pueblo, Pozoblanco, de dos sacerdotes que venían a vernos a clase a preguntarnos si alguno sentíamos la llamada de Dios. A mí con 20 años me viene ese recuerdo y pienso que es el Espíritu Santo quien pone ese recuerdo en mí, porque quiere decirme algo. Tengo la certeza absoluta de que el Señor me está llamando para ser sacerdote. Ante esa revelación uno siente miedo, como temor. En ese momento no se lo digo a nadie, ni con mis padres, ni con mi mejor amigo, ni con mi cura. Es algo que guardo en secreto durante muchos años. Termino la carrera, me pongo a trabajar y sentía un vacío interior ante esa llamada. Y es a partir de hacer el Cursillo de Cristiandad, en la Casa de San Pablo, que noto que el Señor me llama con más fuerza. A raíz de ahí, el Señor me va poniendo señales, personas, mensajes y en poco más de dos años acabo dejándolo todo (el trabajo y la vida que tenía) y entro al Seminario.

“Tengo la certeza absoluta de que el Señor me está llamando para ser sacerdote. Ante esa revelación uno siente miedo, como temor. En ese momento no se lo digo a nadie”

-De todos estos años en el Seminario, su mejor recuerdo…

-Son muchos momentos. Del Seminario diría todo porque pasa por ti, Jesucristo pasa por ti. Y es Él el que te va transformando, el vence todas tus resistencias, las cosas que no van bien. Es el que gana tu corazón. Y, al final, acabas enamorado de Jesucristo. Del seminario me quedo con todos los hermanos que tengo, de los que ya son sacerdotes, de los formadores, de los trabajadores de la casa y todo en general. Por destacar algo, el Rito de Admisión. Fue un día muy especial, porque la Iglesia había confiado en nosotros.

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