Así cobraban los faeneros de los Sáez en la época de las “cartillas de racionamiento”


El cofrade y capataz David S. Pinto Sáez ofrece las claves del impacto social la cuadrilla de su familia en la postguerra

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Contrato con Caridad año 1941./Archivo Familia Sáez
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Contrato con Caridad año 1941./Archivo Familia Sáez

David S. Pinto Sáez es conocido, en la actualidad, por su labor de investigación sobre la historia de las cofradías cordobesas. Asimismo, su labor como capataz al frente de la cuadrilla de Afligidos de Puente Genil es sobresaliente. En esta faceta, también cabe destacar su trabajo al frente de la Custodia de Arfe, donde comenzó de la mano de su abuelo, el inolvidable capataz cordobés, Rafael Sáez. Pinto Sáez es la quinta generación de una familia de capataces, que hicieron de los faeneros (en las décadas de los 40, 50 y 60) una seña de identidad de Córdoba y sus cofradías.

A ello hay que sumar el gran impacto social que la forma de trabajar de los Sáez tuvo, ya que los faeneros cobraban por su trabajo y provenían de un estrato en dificultades. Y es que, como señala Pinto Sáez, “para comenzar, es importante tener en cuenta que aquella cuadrilla estaba compuesta por cerca de un centenar de hombres, muchísimo si tenemos en cuenta las dimensiones de los pasos así como la manera de trabajar de unas cuadrillas que no contaban con personal de relevo”. Mientras que detalla que, en su mayoría, estaba compuesta por trabajadores de la sección de carga y descarga de las lonjas municipales de Córdoba, “trabajadores conocidos por mi bisabuelo y sus hijos y de la confianza de éstos en el trabajo diario para la empresa Porras Rubio”. 

Sobre el origen, Pinto Sáez señala que estos trabajadores se encargaban de la carga y la descarga de los vagones que la propia compañía contrataba para el transporte de productos comprados y vendidos en la provincia. A estas labores deben añadirse las desarrolladas a menor escala en fincas cercanas a la capital, hasta donde se llegaba con camiones que eran igualmente cargados y descargados por el mismo personal. “Es por tanto un colectivo muy acostumbrado al trabajo físico, compuesto principalmente por padres, hijos y primos que desarrollan su trabajo codo con codo durante todo el año”, subraya. 

Uno de los datos que más llama la atención radica en que, esa relación es tan estrecha que las bajas temporales por enfermedad, cualquier día de la Semana Santa, no son cubiertas con nuevos faeneros sino que se trabaja dejando el hueco y repartiendo el jornal incluso con el que está ausente. Las ausencias son sólo cubiertas en el supuesto de representar una baja definitiva, y si bien la decisión última de incluir un nuevo miembro en la cuadrilla recae siempre sobre el capataz, son los propios faeneros los que proponen entre los aspirantes; más por un ejercicio de confianza en el trabajo desarrollado durante el resto del año que por un ejercicio de favoritismo, buscando así la optimización en el trabajo.

Nombres propios

“Entre ellos fueron famosos los hermanos Castro o los Navarro, así como los tres hermanos conocidos como El Gordo, El Feo y El Veneno. Junto a ellos trabajaron durante muchos años faeneros como Manuel León, El Loco, Julio Alcántara, El Gitanillo, Manuel García, Quinini, o Antonio Baena, El Legionario; toda una muestra del estrato social imperante en la Córdoba de la posguerra, compuesto en su mayoría por trabajadores sin más recursos que los obtenidos del trabajo diario”, destaca Pinto Sáez.

200 pesetas y “convidás”

Contrato con Caridad año 1941./Archivo Familia Sáez

Económicamente las labores de carga durante la Semana Santa resultan un trabajo más que rentable así como un respiro para los padres de familia que pertenecen a la cuadrilla. El salario medio en España en 1942 es de 3.000 pesetas anuales (dato publicado por el INE), lo que equivale a 250 pesetas mensuales o algo menos de 11 pesetas por jornada de trabajo. “Según podemos comprobar en el recibí firmado por Antonio Sáez Pozuelo el 7 de abril de 1941”, aportado por Pinto Sáez de su archivo familiar, a la hermandad de la Caridad, esta cofradía pagó al capataz 25 pesetas por cada faenero por el ‘transporte’ del paso en su procesión del Jueves Santo de dicho año. Si a ello añadimos la gratificación pagada por la misma hermandad en agradecimiento por las labores de montaje y desmontaje, equivalentes a unas 10 pesetas por trabajador, los miembros de la cuadrilla que participaran en ambas actividades podrían haber ganado 35 pesetas con el trabajo realizado para tan sólo una hermandad, cifra que podría superar las 200 pesetas para aquellos que tuvieran la suerte de trabajar todos los días de la semana junto a cualquiera de estos capataces. Salario que como hemos analizado se acerca bastante al salario mensual medio en España”, apunta Pinto Sáez.

No obstante, a ello habría que añadir las “convidás” que la cuadrilla recibía después de cada salida procesional o jornada de montaje o desmontaje. Famosas son las invitaciones a “pescaíto frito”, que la hermandad del Santo Entierro ofrece durante estos años a los faeneros durante los montajes de su altar de cultos en la iglesia de la Compañía; la de churros que ofrecía la hermandad de la Sentencia en San Nicolás; las de una ronda de vino que ofrecía el propio hermano mayor de la Hermandad de la Misericordia una vez terminada la procesión en las tabernas “El Brasero” y “Villoslada”, o las piezas de queso entero o garrafas de vino entregadas por otras. Lo que para Pinto Sáez “hoy en día prácticamente anecdótico, pero que sin duda supone un verdadero alivio a las economías domésticas de los trabajadores en plena era de las cartillas de racionamiento”.

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