Visitando a Cristo en la cárcel


Cuatro voluntarios de la Pastoral Penitenciaria de Córdoba cuentan cómo su experiencia con los presos les ha cambiado la forma de pensar, de ver a los demás y les ha enseñado y ayudado en la vida

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José, Pilar, Antonio y Bartolomé, voluntarios en la prisión. / Foto: LVC
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José, Pilar, Antonio y Bartolomé, voluntarios en la prisión. / Foto: Diócesis de Córdoba

La falta de información y el miedo crean prejuicios y, a menudo, una visión sesgada de las cosas. Por eso, cuando Pilar y Bartolomé conocieron a algunos de los internos en el Centro Penitenciario de Córdoba cambiaron el concepto que tenían de todos los presos y, a la vez, les cambió un poco la forma de ver y vivir la vida.

Ellos son dos voluntarios de la Pastoral Penitenciaria de Córdoba que acuden a la cárcel de Alcolea para dar compañía a los presos y llevarles también la Palabra de Dios a aquellos que quieren escucharla, sin obligar a nadie. Pilar Cano va con su esposo, José Diaz, al módulo 12. Su experiencia es “muy confortable”, según han contado en un videoreportaje para la Diócesis de Córdoba.

Ella no quería ir cuando se lo propusieron. “En aquel momento me habían robado por la calle el monedero y como me daba miedo ir a un sitio así dije que no tenía documentos, pero me dijeron que no importaba y no tuve escapatoria”. Con el tiempo, ha dado “muchas gracias al Señor” por todo lo que ha aprendido en la cárcel.

Tanto Pilar como José piensan que Dios los ha ayudado bastante en su vida pues “es mucho sufrimiento el que allí hay, algunas criaturas no salen de un ladrillo pensando en su desgracia”, cuenta él, que además sufre por las madres de los presos. “En ocasiones -los reclusos- nos han pedido que llamemos a sus madres y a su familia y no me las quito de la cabeza, es un sufrimiento terrible”, asegura José Diaz.

Su mujer dice que la gente piensa que “todo el que esta allí no tiene remedio, pero vas hablando con ellos y te das cuenta de que tienen muchas cosas buenas dentro pero no han tenido ocasión de poder desarrollarlas”. También se le cayó la venda del prejuicio a otro voluntario: Bartolomé Vargas. “Antes de ir a prisión pensaba que eran despojos de la sociedad, que los presos estaban allí por su culpa, pero luego empiezas a ver a las personas de otra manera”, relata para la Diócesis de Córdoba. Y es que al conocer a muchos presos “el corazón te va cambiando por dentro, se va haciendo mas grande, no juzgas a las personas y ves lo bueno que tienen”, asevera Bartolomé, que prefirió ir de voluntario a la cárcel antes que ser catequista.

En sus encuentros con los reclusos les leen el Evangelio y les hacen reflexiones y una explicación de la Palabra de Dios. Pilar cuenta que todo se hace en un tono familiar. “El Señor va poniendo en tu boca la palabras y ellos se sienten acogidos y no rechazados. Vemos que les ayuda, para ellos es un descanso”, explica.

Además, les brindan escucha a los presos. En esto se centra Antonio Martínez, otro voluntario. “Todas las personas quieren que las escuchen, y en la cárcel es donde de verdad se manifiesta esta falta porque nadie los oye, están sometidos a todo tipo de críticas y no tienen ninguna defensa”, denuncia Antonio.

Por este motivo, desde el primer momento creyó que su misión como voluntario de la Pastoral Penitenciaria era oír lo que querían contarle porque “sentirse escuchados atentamente es lo máximo que pueden recibir los presos y eso no cuesta ningún trabajo ni dinero”. Por otro lado, este hombre da con la clave del porqué de este tipo de voluntariado: “Estuve preso y vinisteis a verme” porque “cuanto hicisteis a unos de estos hermanos, a mí me lo hicisteis” (del Evangelio de San Mateo). Así, él lo tiene claro, cuando va a la prisión va a visitar al Señor, al que ve en cada uno de los encarcelados a los que presta su compañía.

Hay reclusos que se abren más y otros menos. Bartolomé detalla que “hay algunos que no quieren contarte nada de su experiencia y otros que sí tienen necesidad y al final la experiencia del voluntariado en prisión es muy humana”. A él concretamente le ha ayudado a superar sus cautiverios, que no son siempre físicos.

Y todo, con la ayuda de la Virgen. Cómo no, de la Merced, patrona de Instituciones Penitenciarias, que en la cárcel de Córdoba se festeja con varios actos. Así, el obispo, Demetrio Fernández, estuvo este martes 24 de septiembre en la prisión celebrando la Eucaristía por la festividad de la Merced, y la hermandad que rinde culto a esta advocación en San Antonio de Padua organizó en la cárcel junto a la Pastoral Penitenciaria un pregón que se celebró el sábado pasado y que estuvo a cargo de Juan Diaz Heredia. Esa mañana los presos portaron la imagen de la Virgen de la Merced que allí hay y besaron su mano.

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