Una magna para la historia


Magna
Traslado de la magna./Foto: Irene Lucena

Cuando uno consultaba el parte meteorológico parecía primavera, la mañana de un Domingo de Ramos incierto, cambiante y de esos que te conectan a las redes sociales sin remisión. El cielo se cerraba, pero las predicciones daban “bueno” y, cuando a las cuatro de la tarde el claro comenzaba abrirse nadie lo hubiera dicho minutos antes, cuando la lluvia era la única protagonista.

La Agrupación de Cofradías ya lo había avisado horas antes, se mantenía el plan previsto. La institución que preside Francisco Gómez Sanmiguel acertó de pleno y, cuando se abrieron las puertas de San Francisco y el Nazareno de El Carpio inauguró la “fiesta”, Córdoba estalló de felicidad. Sí, era una fiesta, como señaló el delegado diocesano de Hermandades y Cofradías, Pedro Soldado, en la entrevista concedida a La Voz, el cofrade debe ser el vino de la fiesta. Y lo fue gracias a esa alegría que los nazarenos de la diócesis dejaron con sus estampas inéditas en la urbe.

Desde el de Juan de Mesa al de Priego, pasando por el Jesús de Aguilar, lo que han regalado a Córdoba y a todo el país -que vino a verlos y los siguió por televisión- fue digno de inscribirlo en el libro de oro de la piedad popular cordobesa. La misma que vio al Nazareno de Priego cruzar el Puente Romano entre una multitud. Un marco incomparable, para una imagen más a la altura, si cabe del escenario.

La mirada del Nazareno de Rute impactaba en la noche como si del amanecer de un Viernes Santo se tratase. En el paladar del gentío se gustaba el sabor de las delicias que solo se disfrutan una vez, de las cosas que, cuando la vez, le das las gracias a Dios por haberlas vivido y ser una pequeña parte de esa historia de fe. La misma que el Nazareno de Aguilar portó sobre su cruz de siglos, de las generaciones que le rezaron, le pidieron, le agradecieron y lo adoraron.

De San Agustín salieron los tres de Juan de Mesa. Histórico e inenarrable. Como también fue el caminar de las imágenes de la capital, con Jesús Nazareno a la cabeza, en una magna que es tan suya como la cruz que redime al mundo. En definitiva, Córdoba vivió una tarde, una noche para la historia, en la que las nubes se deshicieron para no deslucir un acontecimiento que nadie que lo haya vivido podrá olvidar.

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