Pedro Cabello: “Me ha sorprendido gratamente la acogida y el movimiento que hay en la parroquia”


"Lo que no esperaba es que hubiera tantas cosas. Hay catequesis, desde precomunión hasta jóvenes, matrimonios, grupos de oración, una cantidad de enfermos a los que visitamos en sus casas"

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Pedro Cabello./Foto: Jesús Caparrós
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Pedro Cabello./Foto: Jesús Caparrós

Llegamos a la parroquia de San Miguel, donde nos espera el que desde hace dos meses es su nuevo responsable, el sacerdote Pedro Cabello. Nos recibe temprano, porque el resto de la mañana la ocupa entre el confesionario y las misas, dando cuenta de la intensa labor que requiere esta comunidad eclesial, aun en verano.

Licenciado en Ciencias Bíblicas, el impecable currículo académico de este sacerdote pontanés (nacido en 1976) se conjuga con una personalidad humilde, afable y siempre en actitud de servicio hacia los demás. “ En todos los ministerios que he vivido ha habido siempre una desproporción, en el sentido de lo que me pedía la Iglesia y de lo que veía que era capaz de dar”, señala en la siguiente entrevista, para añadir que tiene “un dicho que repito mucho y que la gente sonríe cuando se lo digo: Dios la lleva y Dios la entiende”. En relación a que él se siente un instrumento del Señor.

De su llegada a la parroquia, de cómo ha sido acogido, de lo que se ha encontrado y le ha sorprendido, nos habla Cabello en la siguiente entrevista.

-¿Cómo están siendo estos primeros meses como párroco?

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Pedro Cabello./Foto: Jesús Caparrós

-Toda experiencia supone siempre un desgarro del sitio donde has estado antes al que te incorporas. Pero también son un reto, un regalo, porque el ser cura no es lo que haces, sino lo que eres. Y al final, sea en la Delegación de Juventud -cuando estuvo-, sea estudiando, sea en el seminario o sea aquí eres lo que eres. Estás llamado a ser instrumento del Señor donde estés. Ahora mismo estoy aprendiendo. Digo de broma que soy párroco en prácticas, porque después de 19 años de cura no he sido párroco nunca. He trabajado en parroquias, pero no de párroco. Es una experiencia nueva, un cambio. Dios sabe.

-En su toma de posesión hubo muchísima gente.

-Fue un día muy bonito. Me sentí muy arropado, muy querido. La gente estaba deseando tener un párroco. Los dos vicarios y el administrador parroquial lo han hecho fenomenal; lo han dado todo durante el tiempo que don Francisco Jesús Orozco estaba ya de obispo de Guadix. Han hecho un trabajo fenomenal, incluso conmigo, enseñándome todos entresijos de la parroquia. Pero la gente estaba deseosa de tener un párroco permanente y creo que vinieron movidos por ese deseo. Fue precioso.

-Le acompaña en esta nueva etapa, como párroco in solidum, Antonio Prieto.

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Pedro Cabello./Foto: Jesús Caparrós

-Yo escuchaba que lo mismo venía a la parroquia, pero la decisión última fue una sorpresa y un regalo, porque llevamos conociéndonos 25 años; bajo el mismo techo, 19; y trabajando juntos desde que estábamos en el Seminario y ahora aquí. Somos como hermanos.

-¿Que lo acompañe en esta experiencia, le da más confianza?

-Muchísima, por no decir toda. Somos como hermanos. Muy diferentes, muy y independientes, pero compartimos muchos ideales comunes: nuestra forma de entender el sacerdocio, el ministerio y eso nos une mucho. Al mismo tiempo, cada uno tenemos nuestra forma de ser -en algunos casos muy parecida y en otros no-, pero nos conocemos tan bien, que trabajamos fenomenal. Nunca hemos tenido problemas, al contrario, siempre hemos estado ahí uno y otro para sostenernos en los momentos de dificultad y para animarnos en los momentos de alegría.

Licenciado en Ciencias Bíblicas por el pontificio Instituto Bíblico de Roma, obtuvo el doctorado por sus estudios sobre el Evangelio de San Lucas con el trabajo de investigación que lleva por título ‘Tened cuidado y guardaos de toda codicia. Hacia una interpretación del tema pobreza-riqueza’. Es autor de varios libros, el más reciente ‘La Córdoba del Seminario. El Seminario Conciliar de San Pelagio en la prensa cordobesa (1850-1939)’. Como docente imparte, entre otras, las asignaturas de Griego Bíblico y Arqueología Bíblica en el Estudio Teológico San Pelagio. Asimismo, imparte clases en el Instituto de Ciencias religiosas Beata Victoria Díez, centro afiliado a la Universidad Eclesiástica de San Dámaso. También es capellán del Monasterio Cisterciense de la Encarnación.

-Delegación de Juventud, estudio en Roma, seminario… de esas etapas qué destacaría.

-Todas me han aportado mucho. En los años de Roma (que pueden parecer seis años y tres meses de desierto completo, allí estudiando), con el miedo de ser recién ordenado, el Señor me tenía preparados muchos regalos. Primero, pude adentrarme en la Palabra de Dios y llenarme con ese sentido pastoral. Siempre he tenido clara una cosa: nunca he sido un estudiante cura, sino un cura que estudiaba. En el sentido de que todo lo que estaba estudiando era para compartirlo, para hacerlo asequible a toda la gente. Me motivaba mucho. Y allí tuve la suerte de conocer a las Misioneras de la Caridad, como capellán. Fue un regalo. Unos años de desierto (con tanto estudio), pero con ese sentido pastoral todo se vivía con mucha alegría y mucha esperanza.

Estuve seis meses en Lucena (seis meses en Santo Domingo de Guzmán). Precisamente, allí empezamos el ministerio don Francisco Jesús Orozco y yo: él como párroco y yo como vicario. Me recibió en la parroquia don Mario Iceta, que era párroco. Era Navidad y me dijo “vete a descansar cuatro días”. Y en esos cuatro días se hizo público el nombramiento de don Mario como vicario general y nombraron a don Francisco.

Luego, don Juan José (Asenjo), me dijo que me viniese aquí (a Córdoba) como delegado de Juventud y como vicario parroquial de la Compañía. En todos los ministerios que he vivido ha habido siempre una desproporción, en el sentido de lo que me pedía la Iglesia y de lo que veía que era capaz de dar. Cuando don Juan José me dijo “vas a estar con los jóvenes”, le dije que bien, pero no tengo un don de gentes especial para trabajar con ellos. Pero, como en todo lo que me han pedido, me fie. Fueron tres años preciosos. Los jóvenes me enseñaron a ver cuáles eran sus intereses, qué esperaban de la Iglesia, qué esperaban del sacerdote, poder estar cercano a ellos, ayudarles a que se encontraran con Dios. Había muchas actividades importantes como Guadalupe y el Camino de Santiago. Pero lo que me gustaba más era el acompañamiento personal a cada uno.

En el Seminario otra desproporción, si cabe, más grande que todas las demás. La imagen de los formadores que tuve fue para mí la de unos referentes, tanto don Manuel Pérez Moya como don Gaspar Bustos fueron para mí unos padres. Y pensé ¿cómo me piden a mi ir al Seminario, si yo estoy para que me enseñen, en proceso de aprendizaje? ¿Qué puedo aportar? ¿Qué puedo hacer? También me fie, como en todos los ministerios. Tengo un dicho que repito mucho y que la gente sonríe cuando se lo digo: “Dios la lleva y Dios la entiende”. Los años del Seminario han sido un regalo de Dios, porque el Señor me ha bendecido con un equipo con el que he trabajado, que ha sido un verdadero regalo: hemos ido todos a una y éramos como hermanos. Más que trabajar en equipo, éramos un equipo, una piña. Con los seminaristas igual. Ser testigo del paso de Dios, de su llamada, por tantos jóvenes y ayudar a discernir esa vocación, esas inquietudes, a que comprendieran la esencia del ministerio ha sido un verdadero regalo y me he sentido un padre, porque los seminaristas lo han vivido como hijos.

-Y, desde esas etapas hasta estos dos últimos meses, cómo es ahora su labor en la parroquia de San Miguel ¿Qué es lo que más le ha sorprendido?

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Pedro Cabello./Foto: Jesús Caparrós

-La cantidad de cosas que tiene. La conocía desde que era seminarista, en la época de don Pedro (Gómez Carrillo), nos apreciábamos mucho -ahora, parece providencial-. Y cuando venía veía que había mucho movimiento sacramental y, probablemente había más, pero no conocía más. Lo que no esperaba es que hubiera tantas cosas. Hay catequesis, desde precomunión hasta jóvenes, matrimonios, grupos de oración, una cantidad de enfermos impresionante, 50, a los que visitamos en sus casas. El confesionario es también un regalo, la gente es encantadora, todo el mundo quiere participar. Me ha sorprendido gratamente la acogida y el movimiento que hay en la parroquia.