Fernando Castro regala una ofrenda en forma de pregón al Rocío de Castillo de Locubín


Castro
Fernando Castro./Foto: LVC
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Fernando Castro./Foto: LVC

La hermandad del Rocío de la localidad jiennense de Castillo de Locubín es una de las más queridas por un buen número de cofrades cordobeses. Entre ellos, el hermano mayor del Perdón, Fernando Castro, quien este sábado era el encargado de pronunciar el pregón de la filial rociera. Una obra llena de emoción, conocimiento y literatura, que hizo las delicias de las numerosas personas que se dieron cita.

“Fueron los tiempos testigos de tan grande devoción que en aquel mismo lugar siete siglos después, se sigue venerando a la ya santísima Virgen del Rocío en la mayor Romería del mundo, siendo su pueblo, quien cada año por Pentecostés y entre miles de fervorosos romeros pasea a su patrona por tan maravilloso lugar”, comenzaba Castro quien, acto seguido, pronunciaba una emocionante Salve.

Castro proseguía realizando una magnífica y sincera exposición de los motivos que le llevaron a aceptar este encargo: “¿Cómo decir que no a mi querida Hermandad de Castillo de Locubín? Cómo decir que no a quien me abrió las puertas de la marisma inmensa. Cómo decir que no a un pueblo que me acoge y que me hace sentir querido entre sus gentes. Cómo decir que no a mis amigos Castilleros los cuáles seguro están esperando más de lo que yo puedo dar. Cómo decir que no a su Párroco, amigo Antonio, si yo te tengo en Córdoba cada vez que te necesito. Cómo decir que no al pueblo que venera a Nuestro Padre Jesús, quien tantas oraciones recibió pidiéndole por mí”.

El sueño, la Candelaria, el Rocío en Semana, el traslado, el Rocío, el pueblo de Castillo conformaron un hermoso pregón que, en su despedida, dejó momentos para el recuerdo: “Pasó la larga espera, ya te vimos a hombros de los almonteños y nos visitaste una a una a todas las hermandades, ya todo está en su sitio, todo vuelve a estar impecable como cuando nos vimos a la llegada,… tu ermita se ha convertido en una marisma de arena rociera. Silencio, mirada frente a frente, momento desafiante donde el cansancio se apodera de nuestros cuerpos, pero no podemos irnos sin decir adiós, sin dar gracias, sin mandar una nueva oración al presbiterio… Mientras ella radiante, como nueva, como si nada hubiera ocurrido, nos escucha una vez más…”

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