La manipulación del Arte como provocación y escarnio innecesarios


A continuación, les reproducimos de forma íntegra el artículo realizado por Juan José Jurado Jurado, sobre el cuadro titulado 'Con flores a María', expuesto en la Diputación

Inmaculada
Detalle del lienzo de la Inmaculada de Murillo.
Inmaculada
Detalle del lienzo de la Inmaculada de Murillo.

A continuación, les reproducimos de forma íntegra el artículo realizado por Juan José Jurado Jurado, sobre el cuadro titulado ‘Con flores a María’, expuesto en la Diputación:

He pensado mucho si escribía o no este artículo para no darle alas publicitarias a la firmante de un cuadro titulado ‘Con flores a María’, cuya autora -pues lleva su firma- no se merece, ni mucho menos, la difusión pública de su desconocida trayectoria profesional como “pintora”, digna de permanecer desterrada en el merecido olvido, lugar en que deben estar siempre los contumaces provocadores que se valen de la zafiedad, de la mediocridad y del mal gusto para arribar a cotas inmerecidas y populares jamás pensadas por ellos, y que se hacen valedores de que no clamemos al cielo nuestra indignación y los llevemos gratuitamente en volandas a la cima de la fama y del éxito inmerecidos porque son, sencillamente, artistas de “pacotilla”, insignificantes “pintores”, pésimos creadores carentes de la estética y el buen gusto, de los que resentidamente se sienten privados, pues, antes bien y por el contrario, su “exquisito mal gusto” suele precisamente acompañarles, así como a su corte de aduladores.

Sin embargo, y llegados a este punto, hemos creído necesario y conveniente pronunciarnos públicamente sobre esa “obra” en cuestión (ya conocida socialmente -que era, ni más ni menos, lo pretendido por la autora), porque ya no estamos en el terreno de la crítica artística, sino en algo más serio, como es el ámbito insoslayable del respeto a los valores que deben impregnar la sociedad en que vivimos.

Y es que la “obra” en cuestión merece una crítica negativa en tres ámbitos, que llegan estar conectados entre sí: desde una perspectiva artística, es una pésima obra, digna del olvido y del rechazo, que busca solo y exclusivamente la provocación y el escarnio y en la que impera la zafiedad; en el plano ético, merece reprobación por el mal ejercicio de la verdadera libertad de expresión en su proyección artística y, por último, jurídicamente es cuestionable que no haya traspasado y transgredido lo límite de lo legalmente permitido.

En efecto. Artísticamente es una obra soez, zafia y de mal gusto. Y es que el verdadero pintor busca la belleza como expresión, fruto de la digna invención y de la sublime creatividad del ser humano; intenta libremente elevarse a cotas más altas y trascendentes; utiliza debidamente el arte como vehículo de expresión y de armonía, se vale del color, de la luz, de las formas y de los símbolos para redimirnos de la mediocridad, y así no hacernos prisioneros y liberarnos de lo insultante y atentatorio, de lo escandaloso y lo vulgar, instrumentos estos preferidos por algunos que se tildan de artistas y que distan mucho de verdaderamente serlo, y que se valen de la manipulación del arte para conseguir inmerecidamente sus objetivos. Desgraciadamente, quien ha firmado tan rechazable “obra pictórica” no parece estar adornada precisamente por aquellos valores, sino por todo lo contrario: se ha erigido, simple y llanamente, en una “provocadora” que, desde nuestro particular punto de vista, busca el éxito inmerecido y el relumbrón fácil, dada su incapacidad manifiesta para conseguirlos como es debido, y de la que el cuadro en cuestión es un vivo exponente de lo pretendido, como lo es también la carencia de excelsitud en su trayectoria artística, si no es valiéndose, en el presente caso, de la transgresión en las formas y contenidos, que logran empequeñecer su quehacer y que, por el contrario, ponen al alza y dignifican sobradamente, por comparación odiosa, la verdadera pintura, clásica y universal, como es el caso de la Murillo, del que es un ejemplo representativo y palmario su famosa “Inmaculada”, cuya presunta ridiculización con la obra expuesta en la Diputación Provincial cordobesa ha resultado manifiestamente innecesaria, atrevida y soez. No estamos ante una “creadora” que con esta criticable y deleznable “obra” haya hecho del arte un vehículo de transmisión del conocimiento, de expresión de sensibilidad, de plasmación de la belleza y el buen gusto, que, en definitiva, haya hecho de esta “pintura” un medio eficaz de unir a las personas, de valerse de la delicadeza y la elegancia para llamar la atención de quien contemple su obra, y denuncie socialmente actitud dignas de ser criticadas. No, eso no lo ha hecho, porque un artista puede ser provocativo y rayar, a veces, en la desmesura y en la transgresión a la hora de agitar conciencias adormecidas y aletargadas con el noble fin de denunciar problemas sociales, religiosos, económicos…, mas siempre debe hacerlo desde la decencia y el respeto, el decoro debido, la elegancia mordaz, el gusto refinado e incluso atrevido, dotes y cualidades estas de los que manifiestamente y, a la vez para su desgracia, parece carecer esta “pintora”.

Personalmente no nos gastaríamos ni un euro en derrochar nuestro dinero comprando obras de esta autora, de manera especial, la que aquí es criticada, que no aguanta ni merece, por supuesto, la comparación con cualquier pintura de Tiziano, Rafael, Miguel Ángel, Murillo, el Greco, Antonio López, María José Ruiz….En definitiva, no aguanta la comparación -que, por otra parte, sería inmerecida- con un largo etcétera de extraordinarios pintores; comparación que, asimismo, tampoco podría sostener la firmante del cuadro, en digna y noble lid, con otros pintores de menor nivel artístico, pero más fieles exponentes de la belleza y de la verdad, incluso desde la perspectiva de la denuncia y provocación sociales.

Desde otra prisma, como es el ético, cabe plantearse si toda obra artística puede escapar al juicio moral que siempre debe presidir nuestras conductas.

Es cierto e indudable que la libertad de expresión existe y debe ser defendida y respetada, pero precisamente, como se basa en el ejercicio de la libertad, no puede desligarse de los comportamientos humanos y de la crítica constructiva que la ética impone, porque la libertad no se ejerce sin límites cuando el dominio de nuestros actos dañan innecesariamente la libertad de los demás, libertad que tiene su fundamento en la dignidad humana, de la que es una de sus manifestaciones los sentimientos religiosos, aquí gratuitamente dañados, daño al que han contribuido innecesaria e injustificadamente, a través de una institución pública, ciertos grupos políticos, con el presidente de la Diputación al frente, y que en vez de procurar la armonía y la paz sociales, unirnos e integrarnos a través de empresas comunes y soluciones compartidas, han hecho aquí del enfrentamiento y del resentimiento innecesarios su arma arrojadiza, su baluarte inexpugnable, su cortijo particular, calificando de “franquistas”, “retrógrados”, “misóginos y machistas” e “inquisidores” a aquellas personas que no piensan como ellos, que no insultan a los demás, pero que sí les duele ser insultados gratuita, innecesaria e inmerecidamente, olvidando aquellos “pontificadores” que su conducta sí que es la verdaderamente “tirana” por el mal ejercicio del poder que ejercen al no buscar el bien común y fomentar, por el contrario, el enfrentamiento y la discordia; que su actitud es la verdaderamente “retrógrada”, porque neciamente desconocen la historia y la manipulan en beneficio propio y espurio; que se acercan más a lo que critican como “machismo” y “misoginia”, cuando amparan y difunden en espacios públicos ese tipo de pintura ofensiva e injuriosa, rallante en el escarnio, y que va más allá de la provocación -de la que también está impregnada la “obra”- obviando que, precisamente, ha sido, es y lo será siempre María de Nazaret (para los católicos, ni más ni menos que la Madre de Dios hecho hombre) la mujer más intrépida y ejemplar en la historia de la Humanidad; y, por último, conviene recordarles que si alguien ejerce una política inquisitorial” (institución esta que, por otro lado, merecería un estudio histórico más detenido, y aquí no es el sitio) es ese tipo de políticos falaces y mediocres que se autoproclaman única referencia moral de nuestra sociedad, definidores de lo que está bien y de lo que está mal, de lo que debe ser permitido y lo que no, porque se consideran los únicos verdaderamente demócratas, poseedores de la única patente a la hora de impartir doctrina sobre lo verdadero y lo falso, lo injusto y lo injusto, sobre lo que merece la pena desterrar (cosa que están haciendo adrede con nuestra “transición” democrática) o defender (como la que hacen a ultranza de esta “infamante pintura”), olvidando que la inmensa ciudadanía de bien no se merece ser víctima de tal conducta reprobable socialmente.

Y es que no se trata de que una sociedad abierta y democrática no pueda acoger exposiciones de espíritu crítico o mordaz, denunciador o agresivo en lo social, como puede ser la defensa de libertad de la mujer: se trata simplemente de no incurrir en lo grosero y perturbador, en el exabrupto imperdonable, en el insulto desmedido, en el escarnio intolerable, en la ofensa innecesaria, en la injuria desmedida, en la malsana ridiculización de los sentimientos religiosos, en herir conscientemente las creencias de multitud de personas, incluso de no creyentes, que ven un abuso en las formas y en los contenidos empleados por la autora del cuadro. Porque ¿qué diríamos si en lo alto de una fotografía de nuestra querida madre alguien se entretuviese voluntariamente en agraviar defecando o eyaculando sobre ella, o dibujando a nuestro padre con unos cuernos que rastrillasen el suelo con sus dos sienes? Seguro que el que escribe, ni ninguno de ustedes que lea este artículo, ni -estoy seguro de ello- la “pintora” cuya obra criticamos abiertamente, lo toleraría o permitiría, no ya por grosero e innecesario, sino por zafio y atentatorio contra sus sentimientos, que siempre merecen el respeto y el amparo, no ya desde lo estrictamente jurídico, sino desde el más elemental sentido común porque, sencillamente, atentarían contra su honor familiar, fiel exponente de su dignidad como persona. Siempre sería reprobable, criticable, incluso cuestionable jurídicamente ese tipo de conducta atentatoria, agresiva y provocadora, venga de donde venga, como también se merece la reprobación y la denuncia que la “pintura” en cuestión haya sido indebidamente rajada (todavía no se sabe por quién, que todo es posible). Retirarla hubiese sido una buena solución, y no, por el contrario, “defendella y no enmendalla”. Cierto que su autora y aquellos políticos que sostienen ese tipo de conducta rallante en la ofensa y en el insulto, son muy libres de no retirar la obra, lo mismo que somos muy libres de opinar que el sitio merecido de semejante “engendro provocativo” es, desde nuestro particular punto de vista, el cubo de la basura, lugar donde, sin duda, estaría mucho mejor y sería de más utilidad.

Jurídicamente hablando debemos plantearnos hasta donde llega la libertad de expresión y el respeto a las creencias religiosas. Ambos son valores propios de las sociedades que se tilden de democráticas. El propio Tribunal Europeo de Derechos Humanos -tan excesiva, y no siempre merecidamente, invocado- en su sentencia de 25 de mayo de 1993 declaró que, la libertad, en su dimensión religiosa, constituye “uno de los elementos más importantes que definen la identidad de los creyentes y su concepción de la vida” y que junto, “con la libertad de conciencia y de pensamiento, es uno de los pilares básicos de las sociedades democráticas, un logro de las mismas” (S. TEDH de 20 de agosto de 1994). Esa protección la consagra nuestra Constitución en su artículo 16, y parte de la colaboración como norma y no del enfrentamiento como sistema, cosa esta última que injustificadamente ha encontrado cobijo en cierta clase política que atacan las creencias religiosas católicas (curiosamente, no se atreven, por ejemplo, con la religión musulmana) y que sostienen ese tipo de obras como la expuesta, que aparentemente escarnece de manera indebida e impropia los sentimientos religiosos, bajo el socaire de un cómodo crepúsculo de respeto ante todo. Esa protección religiosa goza de merecido reconocimiento en la Declaración Universal de los Derechos Humanos y en el Pacto Internacional de los Derechos Civiles y Políticos y en numerosos tratados y convenios internacionales. Lógica derivación de ello, el Código Penal español le dedica el capítulo “Delitos contra la libertad de conciencia, los sentimientos religiosos y el respeto a los difuntos”.

Ese tipo de delitos, como todos, exigen voluntariedad, y en el caso que nos ocupa, el propósito consciente y doloso de herir los sentimientos religiosos, ofender o burlarse de los mismos de una manera grave y pública, y ello puede chocar abiertamente con la defensa del principio de libertad de expresión (art. 20 de la CE),que comprende la libertad de crítica, principio que siempre hay que defender por necesario e imprescindible en nuestra sociedad pero que no debe adentrarse, religiosamente hablando, en vejar, injuriar, o escarnecer persistentemente las creencias de aquellas confesiones legalmente reconocidas (la católica lo está expresamente en nuestra Constitución), pues ello puede suponer un ejercicio ilícito de aquel derecho fundamental, si se incurre en la deleznable ofensa y en el indefendible oprobio, y esa manifestación de ideas y opiniones se pueden hacer con un lenguaje simbólico o a través de conductas expresivas, que dependerán del contexto en que se expresen, y cuya ponderación y proporcionalidad corresponde al tribunal juzgador. Es el art. 525 del Código Penal donde se sanciona el hacer escarnio de dogmas, creencias, ritos o ceremonias, así como vejar públicamente a los miembros de una confesión religiosa con ánimo manifiesto de “ofender los sentimientos religiosos” empleando medios para ello (y una pintura puede ser un instrumento para tal fin).

La cuestión, pues, se centra en si la obra tiene un contenido intrínsecamente injurioso y vejatorio que desborda los límites constitucionales de la libertad de expresión, o por el contrario, se trata de una obra que envuelve una conducta “impertinente e innecesaria para la exposición de la idea que se pretende expresar”, “aunque sea contraria, choque o inquiete a una parte cualquiera de la población” (STC 235/2007, de 7 de noviembre).

No sabemos si se llegará o no a los tribunales con este tema, y si en caso de llegarse, si prosperaría o no la acción penal que se amenaza ejercer, en el supuesto de que no se retira la pintura. Juega mucho aquí el principio de proporcionalidad y de ponderación, y si legítimamente es exigible <<una obligación de evitar, en la medida de lo posible, expresiones que sean gratuitamente ofensivas para otros y que, por ello, constituyen un atentado a sus derechos y que, sin embargo, no contribuyen a ningún tipo de debate público capaz de favorecer el progreso en los asuntos del género humano». En la práctica, en el conflicto entre la libertad de expresión y la exigible y debida protección de los sentimientos religiosos, es la identificación de la ofensa a las convicciones religiosas íntimas y a su gravedad, la que llega a justificar el límite a la libertad de expresión. Particularmente, no vemos en el cuadro una crítica legítima a algo, sino una actitud innecesaria de ataque, grave y ofensiva, a las creencias religiosas de los católicos. Cualquier religión no está exenta de la crítica, incluso mordaz, y debemos aceptar con tolerancia y respeto el rechazo a nuestra religión, pero con el mismo respeto debemos exigir que no se incurra en el insulto, en la ofensa, en el escarnio innecesario. No cabe el hipotético “derecho al insulto y a la vejación”. Sea lo que sea, ocurra lo que ocurra, en su caso, jurídicamente hablando, aquí median elementos pictóricos, groseros y zafios, ostensibles y reconocibles que dicen muy poco, desde una perspectiva ética, en favor de la autora de la obra, y ello al margen de cualquier consideración jurídica, que para eso están los tribunales. ¿Qué es lo que ha pretendido realmente con ella? ¿Qué finalidad le habrá movido en su realización? ¿Ha reivindicado algo digno de ser defendido valiéndose de lo que, a todas luces, es grosero y chabacano? Ella lo sabrá. Seguro que podrá defender que no ha pretendido ofender a nadie en sus sentimientos o creencias religiosas (elemento finalista para la tipificación delictiva), sino de denunciar sabe Dios qué. Pero lo único patente y notorio, objetivamente hablando, es que a fin de lograr la finalidad por ella perseguida (notoriedad inmerecida, provocación innecesaria), se ha valido para ello, de manera consciente y deliberada, de una obra de extraordinaria belleza y sensibilidad, suprema y magnífica, como es la “Inmaculada” de Murillo, representativa desde hace siglos de la pureza y virginidad de María, dogma concepcionista incuestionable para todos aquellos que profesan la religión católica (cfr., Ineffabilis Deus, de Pío IX, sobre la Inmaculada Concepción de la Stma. Virgen María, proclamador de tal dogma).

Ante tales hechos, podría plantearse si objetiva, potencial y voluntariamente se ha tomado como referencia, a todas luces manifiesta y palmaria, precisamente esa pintura por lo que altamente significa y siempre ha simbolizado en sus formas y contenidos en la historia del arte (arte y, en general, la cultura a los que la Iglesia Católica tanto y tanto ha contribuido y cuya repercusión en el turismo y en la economía están palmariamente presentes en la inmensa mayoría de los países). Y es que ese cuadro de la “Inmaculada” es de especial significación para los católicos, cuya temática se ha reproducido antes y después de Murillo por multitud de pintores. Es cuestionable que el entorno manifiesto de ese cuadro, su composición, no hayan sido empleados con ánimo de provocar, dado lo que ahora se ha representado y el título puesto a la “obra” expuesta, lo que llevaría a plantearnos lo antes dicho: si se adentra la misma en el terreno de la injuria, de la ofensa, de la vejación, en el tipo penal denominado “escarnio”, si ha pretendido -o no- herir voluntaria y públicamente los sentimientos religiosos, al atentar contra el dogma de la pureza virginal de la Stma. Virgen, con los medios empleados y lo reflejado en la pintura: una clara expresión de masturbación femenina, afrentosa e insultante, a nuestro entender, por sobrada e innecesaria, precisamente empleando la misma composición, por cuasi reproducción e imitación aborrecible y rechazable, ni más ni menos que de la “Inmaculada” de Murillo. Dudo que, en todo caso, la firmante y aquellos que se precian de “progres” tuvieran el valor y la gallardía suficientes para hacer lo mismo con las creencias respetables de otras confesiones religiosas (v.gr., la musulmana), porque de hacerlo así -y ellos lo saben-, les podría incluso ir en tal menester la integridad de su persona. Concienzudamente, la firmante y sus fieles defensores saben lo que hacen, porque los que se sienten clara y gratuitamente ofendidos son los católicos, cuya Iglesia está formada por personas que, con sus errores y sus aciertos a lo largo de la Historia, saben pedir perdón cuando ello lo requiere; Iglesia que ha ensalzado, por la encarnación de Dios hecho hombre, la suprema dignidad del ser humano y la consecuente existencia de unos derechos y deberes inherentes a su propia condición, sobre la base de que Dios es amor y la verdad suma, la Suprema Belleza en el que todo glorioso desechado puede encontrar sustento y apoyo en busca del amor, el consuelo y la esperanza, sobre la consideración insoslayable de que la persona está hecha a “imagen y semejanza de Dios”; lenguaje evangélico del amor que prevalece sobre la seducción ejercida insana y totalitariamente por ciertos políticos “encantadores de serpientes” y por los que hacen del arte un instrumento de manipulación ideológica y malsanamente subversiva, de agravio innecesario, conductas estas que no se merecen, ni más ni menos, que la diferencia y el rechazo más rotundo. Gracias precisamente a esos principios, la firmante de la obra goza, aquí y ahora, en España y en Europa, de la posibilidad de expresarse libremente, incluso aunque pueda haber transgredido presuntamente los sentimientos religiosos de muchísimos de sus conciudadanos. Eso sí, deberá jurídicamente atenerse a las consecuencias que de ello se deriven, si la cosa sigue para adelante por los que se sienten ofendidos y agraviados. Adelantamos para general conocimiento la prudencia, para no pocos excesiva, con la que se muestra el juzgador a la hora de afrontar este tipo de cuestiones, al entrar en juego y en conflicto, ni más ni menos, que el principio de la libertad de expresión y el derecho a que se respeten debidamente las creencias religiosas. Jurisprudencia hay al respecto, y no es cuestión de exponerla con ánimo de cansar al humilde lector.

Lo que sí hay que subrayar es que, en los tiempos que corren en España, resulta curioso e indignante ese absurdo y rancio anti catolicismo, que olvida que la libertad, la justicia y la conciencia de nuestra historia como pueblo se debe, en gran parte, a la Iglesia Católica, y que ha sido esa religión universal la que ha definido los valores de la democracia y del verdadero progreso de los pueblos. Sobre la base de aciertos y equivocaciones, la lucha contra la maquiavélica razón de Estado, la defensa de la libertad, la protección del débil e indefenso, la necesidad de exigir al político la búsqueda del bien común tomando como imperativo la justicia y la moderación en las conductas, han sido valores defendidos por Occidente como esenciales tomando como fundamento insoslayable una sociedad humanista inspirada en Grecia y en Roma, en la esencialidad de los principios cristianos, y estrechamente vinculada al desarrollo de la vida en armonía y en paz dentro de la comunidad política. Y esa armonía y esa paz se han visto alterados por el atrevimiento malsano de una “pintora” que ha herido, lo quiera o no, de manera innecesaria, y haya o no haya tipificación penal, los sentimientos religiosos de una gran mayoría de cordobeses. Desgraciadamente no nos hallamos ante un hecho puntual, sino que estamos asistiendo al acoso de los que consideran que la libertad de la civilización se basa en el derribo del cristianismo y de sus valores, y que obvian que fue precisamente el mensaje cristiano el que les permite esa libertad, sobre la que se asienta precisamente la civilización occidental, libertad de la que ahora goza la pintora en cuestión. Conviene recordar, y con este concluyo, a esos que critican tanto a los católicos lo que acertadamente ha dicho Fernando García de Cortázar, sobre el respeto mostrado por la religión católica:

<<Del respeto a las demás creencias, nadie habrá de darnos lecciones: fueron sacerdotes y jóvenes católicos quienes se enfrentaron a la destrucción del pueblo judío en la hora más oscura del pasado siglo. Fueron ellos los que alzaron la voz frente a la esterilización compulsiva y el aborto forzoso. Fueron ellos los que se rebelaron, con grave riesgo personal, contra un Estado que señaló las vidas indignas de ser vividas. Son ellos los que luchan contra el hambre y la pobreza de millones de personas sin preguntarles si creen en el Dios de los cristianos. Han entregado su vida por los perseguidos sin saber sus convicciones. Se han sublevado contra la injusticia y la degradación de los inocentes, porque fueron educados en la caridad hacia sus hermanos. Han condenado la violencia ejercida contra quienes, en cualquier zona del mundo, rezan a Cristo o nunca lo han hecho. Han enfermado atendiendo a quienes sufrían sin seleccionarlos por su fe. Han consumido sus años cuidando a los más indefensos, no porque se lo pidiera un estrecho sectarismo, sino porque se lo exigía la responsabilidad ante Dios>>.

Esa, y no otra, es la verdadera provocación que merece la pena de ensalzar, la de las enseñanzas de Jesús de Nazaret, el mensaje más revolucionario y rompedor que ha dado la Historia. No la de esta autora, cuya obra aquí criticada no merece otra consideración que la del rechazo más absoluto.

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