La indeleble huella cofrade de fray Ricardo


Fray Ricardo, en unos cultos.
Fray Ricardo, en unos cultos. /Foto: LVC

Fray Ricardo era plenamente consciente de su peso en la Semana Santa cordobesa y de buena parte de Andalucía. En un momento recitaba el número de imágenes a las que había predicado, había diseñado un palio o un manto, o había incorporado a los cortejos procesionales, porque él no concebía una procesión que no fuera cerrada por una Virgen bajo paso de palio. Así, de su mano, llegaron adveraciones como las del Rosario, Palma, Desconsuelo, Encarnación, Soledad, Merced o Concepción, porque su concepto mariano de la Semana Santa no conocía frontera que lo frenase.

Fray Ricardo, en unos cultos.
Fray Ricardo, en unos cultos. /Foto: LVCFray r

Más de medio siglo de vida activa como capuchino en Córdoba, Sevilla y Jerez dejan infinidad de anécdotas entre quienes lo conocieron, porque fray Ricardo era todo espontaneidad, sentimiento y ausencia de doblez. A partir de ahora, tras su muerte, cada vez que se recuerde un sucedido con fray Ricardo como protagonista siempre estará acompañado de una sonrisa. Su respuesta rápida, acerada, superaba en la mayoría de las ocasiones la expresividad que lograba con el lápiz, en el suelo, sobre un gran pliego de papel de estraza, diseñando en el comedor del convento.

Presumía de no haber cobrado nunca un diseño, pero tampoco admitía que la hermandad lo cambiara. Era muy celoso de su trabajo y lo defendía por encima de cualquiera, porque para él no cabía más satisfacción que recibir un encargo, aunque se quejara con frecuencia enumerando la infinidad de trabajos que tenía en lista de espera.

Tuvo la valentía en tiempos postconciliares de no renunciar a su hábito capuchino, con el que cruzaba a grandes zancadas la plaza camino de los lugares más inverosímiles, aunque casi siempre con un destino cofrade. En cuanto tenía noticia de alguna extraordinaria en algún rincón de Andalucía enseguida buscaba a golpe de teléfono a quien lo llevara y trajera, porque respiraba en cofrade por todos los poros de su cuerpo.

El paso de palio de la Virgen del Rosario, y el manto a juego, fueron su presentación en Córdoba. A partir de ahí vendrían otros para las hermandades de la Merced, la Paz, el Amor o el Descendimiento, entre otros. Mención aparte merece el de la Reina de los Ángeles, una cofradía que él alentó desde el principio y tuteló en todos y cada uno de los pasos dados, por lo que su huella es perceptible en cada detalle.

Sería injusto reducir la figura de fray Ricardo a la meramente cofrade como diseñador. Como predicador era tan grande o más que con el lápiz en la mano. Su sólida formación intelectual, que nunca descuidó, y su expresividad en el púlpito le llevaron predicar en numerosas hermandades andaluzas. Desde su regreso a la capital, era el encargado de oficiar a diario la misa de hermandad ante la Virgen de los Dolores, cuya medalla, la que fue de su padre, llevaba al cuello. En Córdoba sólo le faltaron los cultos de tres imágenes, algo que de vez en cuando dejaba caer. Tampoco como pregonero dejó indiferente a nadie, como en las bodas de oro de la cofradía del Amor, cuando terminó el pregón en las Caballerizas Reales con el hábito, la medalla de la hermandad y tocado con un sombrero cordobés y el barbuquejo ajustado en el cuello.

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