“Yo me puedo morir tranquilo, que a la Virgen no le faltan manos que la cuiden y cofradía que la mime”


Corría el Martes Santo de 2018 y el palio de la Reina de los Ángeles se disponía a salir de la Catedral por la Puerta de Santa Catalina, cuando el canónigo José Juan Jiménez Güeto entrevistaba a Fray Ricardo de Córdoba, que acompañaba a la dolorosa del Císter junto a Antonio Villar.

En los breves minutos que duró aquella entrevista se resumía la enorme personalidad del religioso, que comenzaba explicado que esta hermandad “la fundé yo, justamente el día de la Inmaculada siguiente a cantar misa”, un año antes. Destacando Fray Ricardo que “empecé a trabajar por las cofradías en los años 60″.

Uno de los momentos que demostraron su verbo ágil tuvo lugar cuando fue cuestionado sobre el singular manto de la Virgen que, para Fray Ricardo era “como si la luna, que la mira desde el Patio de los Naranjos, le diera besos esta noche en el azul del manto y le diera destellos de luz que son ángeles de plata y marfil”.

“Es mi hija. Ese privilegio solo lo puede tener nada más que el que es padre. La hermandad la fundé yo y por eso creo que es mi hija. Antonio la viste maravillosamente bien. Yo ahora me complazco en lo que ha continuado, cada uno tiene su personalidad, y va maravillosamente bien. Yo me puedo morir tranquilo, que a la Virgen no le faltan manos que la cuiden y cofradía que la mime”. Un testamento en vida que hoy, en el día de su fallecimiento, muestra que su legado estará vivo para siempre en el corazón devocional de Córdoba.

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