El protector de la Obra Pía de la Trinidad hace historia


Cristo de la Providencia./Foto: Jesús Caparrós
Cristo de la Providencia./Foto: Jesús Caparrós

Cuando se abrieron las puertas de la iglesia de la Trinidad, en la memoria de muchos de los colaboradores de la fraternidad del Cristo de la Providencia, a buen seguro, estaba muy viva la presencia de don Antonio. Él fue quien lo trajo y, algo más de tres décadas después, uno de sus sucesores en la sede de San Juan y Todos los Santos, José Juan Jiménez Güeto, ha materializado un viejo anhelo de la comunidad parroquial, ver al crucificado entronizado sobre un paso procesional.

Cristo de la Providencia./Foto: Jesús Caparrós

Y no es un paso cualquiera, pese a que esté en la primera fase de su ejecución, el que han ideado Miguel Ortiz y Manuel Jurado. Sus imponentes arbóreos se alzan como los brazos de la Obra Pía, la misma que ha acunado a la ciudad, a sus niños, en la educación transmitida en los colegios. Potentes y candorosos, como los que han parecido acariciar a los ancianos de una de las residencias de la Trinidad, la de Lope de Hoces, nada más salir la imagen.

Cristo de la Providencia./Foto: Jesús Caparrós

Y es que el Cristo de la Providencia sintetiza lo que don Antonio soñó, quiso e hizo realidad para Córdoba. Y no fue poco. Si bien, su Cristo -cosas del Ayuntamiento- no pudo llegar hasta el busto que su parroquia le erigió en el Paseo de la Victoria. Tan cerca y tan lejos.

De donde no lo estuvo fue de la Catedral. La llegada al templo mayor fue esplendorosa. La altura del crucificado dejaba una de esas estampas imponentes que, en la puerta que se abrió para las cofradías (quién nos lo iba a decir hace unos años), estampó la silueta impactante del abrazo eterno de Cristo de a su Iglesia.

Cristo de la Providencia./Foto: BJ

No era un vía crucis al uso. Era el primero con paso, con costaleros y con una banda de música, la de la Esperanza, que en cada marcha dejó la esencia creativa de Córdoba, la del maestro Gámez, la de la Semana Santa que se fue y se mantiene en el recuerdo como una Saeta Cordobesa, que surca la oscuridad de la noche, para clavarse en el pecho del cofrade como un estigma, una señal de lo que realmente es bueno.

Y así regresó el Cristo de la Providencia a la Trinidad, surcando su feligresía en el abrazo eterno de su Cristo, que protege la obra que inició don Antonio, que prosiguió don Santiago y en la que persevera José Juan. En definitiva, parte de la historia de una Córdoba, que se incendió en la luz de la cera a quienes lo vieron pasar y se encomendaron a su Divina Providencia.

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