El rebaño silencioso, la tiranía de los mediocres y el papel de las hermandades en la sociedad actual

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Juan José Jurado reflexiona y analiza en un interesantísimo artículo cómo parece que en estos tiempos en los que vivimos vale todo menos defender la Verdad y la fe

Corren malos tiempos para proclamar y defender la Verdad, pero ¿cuándo han dejado de existir tiempos difíciles? Parece que en el mundo en que actualmente vivimos no se nos permite ser medianamente inteligentes, tener amplitud de criterios (que es tanto como defender nuestras opiniones, pero con razones fundadas en hechos analíticamente contrastados); ser, en definitiva, católicos insobornables e incansables ante el desaliento, que es tanto como defender, contra viento y marea, la esencia de ser, de sentir, de pensar y, sobre todo, de obrar según la palabra de Cristo.

Desgraciadamente, da la impresión de que nos estamos atolondrando y acogotando por las opiniones –que no criterios- de los mediocres; por las mentiras y falacias reiteradas y continuas de no pocos políticos ambiciosos carentes de escrúpulos (ejemplo palpable de ello es el actual Presidente del Gobierno, que “miente más que habla”); por el adoctrinamiento de un laicismo radical predicado desde el púlpito de una falsa progresíadefendida políticamente por ciertos partidos de ideología radical, sectaria, demagógica y populista. Mientras ello ocurre, da la impresión de que permanecemos silenciosos y asistimos impasibles ante las tropelías cotidianas contra la fe que voluntariamente hemos heredado de nuestros mayores; que continuamos y persistimos anclados en la tibieza ante el intento de desterrar y aniquilar nuestras creencias éticas y religiosas que, por otra parte, son los pilares de nuestra civilización occidental, sin las cuales no se puede entender Europa. Todo se está convirtiendo en relativo, porque parece ser que estamos ante un cómodo, pero preocupante, respeto ante todo. Es como si nos acercáramos cada vez más al crepúsculo de esos valores cristianos sustentadores e insustituibles de lo que ahora somos, cuya desaparición está hábilmente fomentada por ciertos políticos ambiciosos y resentidos, caracterizados por su proverbial necedad en el conocimiento de losacontecimientos históricos, ignorantes recalcitrantes deque la cultura clásica y la religión cristiana fueron -con sus errores y sus aciertos- las que dignificaron la libertad y el Derecho de que ahora disfrutamos.

Ciertamente, en los tiempos que corren es como si todo, absolutamente todo, se admitiera y valiera como normal, menos el defender sin acritud, pero con contundencia, la Verdad y, en materia de religión, la fe que profesas y has heredado, porque entonces inmediatamente te colgarán el “sambenito” de carca recalcitrante.

Ante todo esto ¿qué podemos hacer los católicos y las personas sensatas y de buena voluntad que no lo son? En concreto, ¿qué papel tenemos las hermandades y cofradías en este mundo en que nos ha tocado vivir? En este estado de cosas, de pobreza intelectual y de mediocridad persistente, de una pasividad y postración casi endémicas, no podemos permanecer impasibles los católicos. La mejor manera de hacer frente a la adversidad, a estas circunstancias difíciles, es inyectar a los demás optimismo, esperanza, sensatez y valentía; proclamar que la fe ni se compra ni se vende en esta almoneda de pomposas vanidades y ferias mundanas de la que determinados políticos son un ejemplo palpable; defender que nuestras creencias religiosas o morales están muy por encima de las ideologías políticas, sin perjuicio de la convergencia necesaria que a lo largo del camino pueda y debe haber sobre la base del principio de colaboración mutua (que no está reñida con la independencia del poder religioso y civil); que la fuerza de la fe y de la ética no se basa ni se sustenta en el poder –de por sí caduco-, sino en el amor, en la entrega y en el servicio, y que Cristo o, en su caso, nuestra recta conciencia, nos exigen de manera imperiosa y acuciante que distingamos el grano de la paja y que seamos “astutos como serpientes y sencillos como palomas”. Dicho de otra manera: amar al prójimo no significa que seamos imbéciles y que nos comportemos como tales, incurriendo en un mal entendido “buenismo” sino que, en no pocas ocasiones y aunque nos duela, llamemos “al pan, pan y al vino, vino”, porque una cosa es sufrir iniquidades y no pocos atropellos y otra cosa muy diferente es dejarse comer el terreno por desahogados, desaprensivos, arribistas y ambiciosos (que alguno que otro también existe en nuestras hermandades), que no tienen más norte que el apego y el amor al poder mal entendido, a las palabras huecas, infamantes y demagógicas (la degeneración en el uso del poder y la utilización de ese tipo de palabras tienen un nombre en la ciencia política: <<poderío>>, que deriva en auténtica <<tiranía>>, que es tanto como afán desmesurado por el poder y la utilización arbitraria del mismo, normalmente en beneficio propio y no de la comunidad, y el uso de las palabras embaucadoras y manipuladoras de la verdad son un claro exponente de tal tiranía). Ejemplo de ello, otra vez nuestro presidente del Gobierno y los que piensan y actúan como él quien, con su conducta afectada y manipuladora, embaucadora y llena de engaños, no tiene comparación con algún que otro dirigente socialista que gobernó sensata y cuerdamente en España o en algunas de sus comunidades autónomas (por cierto Cataluña también es España, aunque le pese a tal dirigente “vende patrias).

Y es que se puede ser magnánimo, pero no tonto; comprensivo con los demás, pero no traidor a la conciencia y al decoro, y en el caso de los católicos, no se puede dar la espalda a Cristo Jesús. Y digo esto porque estamos viviendo una época de confusión en las ideas, de perplejidad intelectual, de herejía dentro de una aparente ortodoxia en las conductas y, como ya se sabe, <<a río revuelto, ganancia de pescadores>>.

Si en algo se fundamenta nuestra fe no es –no debe ser- en la opacidad y en el amedrentamiento, sino en la transparencia y en la valentía –la que tuvo Jesús de Nazaret- porque claro, muy claro es su mensaje. Y ello presupone tener los criterios muy diáfanos, la cabeza fría y el corazón ardiente: al adversario se le vence desde el amor, pero también -y más en los tiempos que correncon la inteligencia y la sensatez bien aplicadas.

Y digo todo esto porque parece ser que el falso progresismo, la aconfesionalidad mal entendida, elrevanchismo y el rencor respecto de las creencias religiosas aún predominantes en la sociedad española, están teniendo un claro estandarte en el gobierno estatal y también en la política municipal cordobesa. Porque, ¿qué se puede esperar de quien gobierna una ciudad que se encuentra esclerotizada por una dirección municipal dependiente y condicionada por un partido político plagado de ineptos y sectarios que tiene cogida a nuestra máxima regidora por aquellas partes pudendas que encubrió la honestidad”? ¿Qué se puede esperar de esos políticos que quieren destruir una etapa de nuestra historia llamada “Transición” forjada con el esfuerzo y el espíritu común de todos los españoles sobre la base del respeto mutuo, el perdón y la reconciliación -a todo lo cual colaboró activamente la Iglesia Católica- y ahora pretenden destruirla subvirtiendo la realidad, instrumentalizando las palabras y el Derecho, constituyéndose como únicos paladines de la libertad, buscando el enfrentamiento, y erigiéndose en los únicos defensores del verdadero progreso?

En una atmósfera preñada de hostilidades a la Iglesia, hay políticos -nuestra gobernación municipal actual no está exenta de ellos- que no paran de poner piedras en el camino, y que buscan el enfrentamiento como norma y no la colaboración como sistema. Ya se puso de manifiesto, entre otras materias, en el famoso <<comité de expertos>> creado a propósito del asunto de la Mezquita-Catedral (lo de <<expertos>> lo dirán ellos, porque de Derecho y de Historia bien poca idea tienen y han demostrado, si lo comparamos con el magnífico informe de la asesoría jurídica municipal que le precedió). Por poner un ejemplo más reciente, lo ocurrido con la pro Hermandad cordobesa de la O. ¿Darle facilidades para su salida ante el problema que tienen? ¡Qué va! Está por ver que, sin embargo, a otras instituciones no religiosas no se les haya dado tales facilidades o se les facilite en un futuro ante otro tipo de problemas. Lo que haga falta a esa pro hermandad, o a otra hermandad cualquiera, habría que pensarlo y acogerse plenamente a la letra de la norma, ¡eso sí, a la hora de dar las subvenciones ya haremos lo posible para hacer lo que más nos convenga y agradar a aquellos colectivos que más simpaticen con nosotros, salvo que la presión social sea tal que no nos interese! ¡Qué diferencia de conducta en esta materia entre Sevilla y Málaga, por poner un ejemplo, respecto de Córdoba! Por lo visto, en nuestra tierra las hermandades solo sirven para fomentar el turismo, para que la gente venga masivamente a nuestra ciudad, para que se cree riqueza y no se reconozcadebidamente la labor que esas instituciones hacen, para que se consuma más y se mueva más el dinero, con lo que así se obtiene indirectamente más recaudación impositiva,¡y para nada más! Y digo, ¡y para nada menos! A cambiode ello, patada en el trasero. Y pienso en voz alta, si algún día las hermandades y cofradías decidieran (como supuesto improbable, dados sus estatutos y su finalidad religiosa) no hacer su estación de penitencia y quedarse en sus templos, ¿qué ocurriría?, ¿se llenarían los hoteles?,¿vendrían turistas a una ciudad como la nuestra dedicada exclusivamente a los servicios, por otra partedeficientemente gestionados por el gobierno que nos rige en esta ciudad llamada Córdoba? Y la riqueza económica que podría crearse durante esos días, ¿a dónde iría a parar?Seguro que a alguna que otra ciudad vecina que facilita y gestiona más eficazmente las cosas y no las entorpece, loque desgraciadamente sí sucede, hoy por hoy, con nuestraciudad (los ejemplos son tan numerosos que no merece la pena citarlos, pues ocuparían más extensión que la de este artículo). Mientras tanto, y por poner otro ejemplo, que sean las hermandades de Los Dolores y de “La Paz las que blanqueen la Plaza del Cristo de los Faroles, ya que por el gobierno municipal -me refiero al actual- no se ha hecho actuación alguna en ese lugar emblemático de Córdoba; tan es así que se ha fundido una bombilla de uno de los faroles del Cristo que lleva ese nombre y que preside tan significativa Plaza (visitada a diario por cordobeses y por quienes no lo son), y ni tan siquiera han tenido la delicadeza sí la desidia y la dejadez manifiestas-de sustituirla y poner una nueva en su lugar. Caso de seguir así la actitud de nuestros regidores, ese asunto puede “dormir el sueño de los justos”. Y luego quieren los votos a costa de sembrar demagogia. Se conoce que eso de “la bombilla” también es obligación de las hermandades que tienen su sede en esa Plaza (mejor no hacerlo, que pueden incluso multar a la que sustituya tal bombilla). ¿Qué se puede esperar de una regidora municipal, subordinada políticamente a los intereses de un partido demagógico y populista que la sostiene en el poder, y que en aras de lo políticamente correcto incumple sistemáticamente, año tras año, con su deber de representar institucionalmente al Pueblo de Córdoba, Hermano Mayor Honorario de la Hermandad Servita, al no hacer acto de presencia el Viernes de Dolores en la Iglesia de San Jacinto, aunque sea para cumplimentar mínimamente el protocolo de rigor? En Sevilla eso sería impensable, y duraría como alcalde, un suspiro, pues no llegaría ni a dos telediarios. Por cierto, señora alcaldesa, en la época del magnífico y excepcional alcalde Don Antonio Cruz Conde había un policía que velaba por lapreservación y entorno de la Plaza antes citada(curiosamente ese apellido familiar “Cruz Conde” han tenido ustedes la ingratitud, la osadía y la arbitrariedad de suprimirlo en el nomenclátor callejero, a pesar de lo mucho que dicha insigne familia hizo por Córdoba, otro ejemplo más, pues, de sectarismo, de necedad y de desconocimiento de la historia, algo que desgraciadamente se está convirtiendo en habitual en las decisiones mayoritarias adoptadas en nuestra errática y errónea política municipal).

Un amigo mío, agnóstico por cierto, ve en semejante tipo de conductas (una de cuyas facetas es la de relegar la religión al <<vientre de la ballena>>), una inmoralidad que no está siendo suficientemente denunciada y rebatida por los creyentes: Referido amigo me dice y me reitera que, humanamente hablando, Jesús de Nazaret vivió y murió por defender a los débiles, a los pobres, a los parias, a los ilotas y desheredados de esta tierra (cosa que con las debilidades propias de las personas que la forman, sigue haciendo desde su fundación la Iglesia Católica, un ejemplo palpable de ello es “Cáritas”). Y que Él no necesitó valerse del poder político para transformar al mundo, sino que lo cambió desde el amor y la verdad. Y eso es suficiente para tenerlo como ejemplo de nuestras vidas y para mantenerlo en un lugar no sólo visible, sino preeminente y elevado, por más que se quieran suprimir los crucifijos en muchos lugares, y relegar a la privacidad el mensaje evangélico o, simplemente, manipularlo desde el poder político.

Y ante todo ello, me pregunto ¿tendrán el valor algunos dirigentes de pacotilla de cuestionar el que procesionemos a Cristo en la Cruz o a nuestra Madre, la Santísima Virgen? Seguro que no se atreven directamente, pero si lo intentan valiéndose o fomentando la conducta de quienes ven sólo y exclusivamente en las hermandades y cofradías (o que contribuyen inconscientemente desdedentro de las mismas a que así se vea) un fenómeno folklórico o identitario de un barrio o de una localidad, o de aquéllos que contemplan estas asociaciones de fieles, simple y llanamente, desde una perspectiva únicamente estética o de fomento del turismo. Ante esa realidad palmaria y manifiesta, hay que huir de la manipulación. Por eso es importante la formación de los hermanos y cofrades, de la misma manera que no deja de ser menos trascendente el que la autoridad eclesiástica vea en nuestras corporaciones unas asociaciones que, dependientes de la Iglesia, la defienden y apoyan dentro de su peculiar idiosincrasia, de “Evangelio inculturado”, y no sólo perciba los errores y fallos que existen en ellas o en los que incurren o pueden incurrir (que es cierto, y hay que asumirlo, que también existen), sino que vayan más allá, y a través del esfuerzo y del trabajo de laicos y clérigos dentro de las hermandades y cofradías hagamos frente común por revelar a Cristo y difundir su mensaje, aun en las situaciones más adversas. Intramuros de nuestras hermandades y cofradías no podemos dar pie ni servir de instrumento a aquéllos que barrenan y socavan nuestra fe. Aquí no tiene sitio ni cabe la política del poder y del arribismo, sino la del servicio y entrega a los demás. Ese, creo yo, es el sentido bien entendido de nuestras corporaciones que, como decía un buen amigo, ya fallecido, “nacieron por la fe, viven de la esperanza, y deben nutrirse del ejercicio diario de la caridad”. Mientras más auténtica sea nuestra fe, más robusto será el pilar de nuestras creencias.

Los tiempos de polvareda laicista que tratan de silenciarnos y desvirtuar nuestra esencia de cristianos, la época de nieblas desalentadoras que buscan sembrar la confusión en las creencias que profesamos, sólo pueden superarse desde el respeto y la tolerancia, pero sin que el chillido de los laicistas radicales y mediocres, de los políticos” de tres al cuarto”, nos puedan acallar en el mensaje de amor que Cristo Jesús derramó con su sangre en la Cruz. En medio del descrédito contra todo lo religioso, no cabe el desmayo ni la tibieza. María se quedó prácticamente sola en el Calvario, y no renunció a estar al lado de Aquel a quien más quería: su Hijo. Por eso hay que dar testimonio y convencer desde la fe y con el amor, pero sobre todo con las obras. La mejor defensa de un cofrade que se precie de cristiano es vivir conforme a Cristo, siguiendo el ejemplo amoroso de María, porque Ella fue testigo fiel de Jesús, y con su belleza espiritual es la que verdaderamente nos puede mostrar a Dios Clemente y Misericordioso.

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