Salvador Giménez: “Quiero hacer ver que el costalero no es más que un servidor de Dios, a través de la cofradía a la que sirve”


Salvador Giménez./Foto: LVC
Salvador Giménez./Foto: LVC

“Es triste que las nuevas generaciones conozcan las trayectorias de sagas de capataces de la ciudad hermana de Sevilla y desconozcan, por poner un ejemplo, quienes fueron el Tarta o Gálvez, el policía”. Esta es una de las reflexiones que, en la siguiente entrevista, realiza Salvador Giménez. Cofrade de dilatada trayectoria, el próximo sábado pronunciará en la iglesia de la Magdalena el pregón del Costalero que organiza la hermandad de la Cena.

Auxiliar de grandes capataces, como Javier Romero y Pepe Fernández, Giménez conoce a la perfección lo que “se cuece” en torno al mundo del costal y ha visto como este ha evolucionado en las últimas décadas, de forma exponencial.

-¿Se imaginaba el ofrecimiento que le hizo la hermandad de la Cena?

Salvador Giménez./Foto: LVC

Si te digo la verdad, no. Tras la Exaltación a la Candelaria en 2010 pensé que mi etapa de exaltador y pregonero estaba cerrada, pues al pregonar con anterioridad a la Merced, dos de mis hermandades, intuí que se cerraba un ciclo. Nunca he sido muy de pregones, pero, en fin, también pienso que todo llega cuando tiene que llegar, pero la verdad es que no esperaba tal honor.

-Hasta donde puede contar ¿Cómo va a ser el pregón?

-De entrada, te puedo adelantar que no va a ser un pregón íntimo, ni tampoco de vivencias. Cuando lo he escrito solo tenía dos premisas. Esas dos ideas fundamentales son sobre las que gira el pregón, y estas no son otras que hacer ver que el costalero no es más que un servidor de Dios a través de la cofradía a la que sirve. Y la otra es reivindicar las figuras de los capataces que nos han precedido, porque es triste que las nuevas generaciones conozcan las trayectorias de sagas de capataces de la ciudad hermana de Sevilla y desconozcan, por poner un ejemplo, quienes fueron el Tarta o Gálvez, el policía. Esas dos ideas son los pilares del pregón.

-Con una trayectoria tan dilatada como la suya, cómo ve la evolución del costalero en estas últimas décadas.

-Desde mediados de los años setenta hasta nuestros días la evolución ha sido importante. Hablo de los setenta porque es la Semana Santa que recuerdo, aquellas últimas cuadrillas de faeneros, con Rafael Muñoz, Ignacio Torronteras y los hermanos Sáez, y también la primera de hermanos de la cofradía de la Expiración. El costalero de hoy es mucho más perfeccionista. Tiene el oficio muy bien aprendido, porque aquí no es solamente cargar kilos, sino también intuir las caídas de las calles, tratar de coger siempre los kilos arriba en las levantás y muchos más detalles que antiguamente pasaban totalmente desapercibidos.

-¿A qué se debe el auge de los últimos años?

Salvador Giménez, junto a David Pinto en la igualá de costaleros de Afligidos de Puente Genil.

-El auge viene por la comodidad que hay a la hora de sacar una cofradía a la calle. Ahora las cuadrillas van prácticamente todas dobladas, lo que supone una garantía para regular un esfuerzo físico duro. También influye que haya capataces que sepan enseñar las básicas nociones a sus hombres con facilidad. Todo ello ha ido sumando y el movimiento es importante, incluso más que en sus inicios, pues, aunque muchos nos acercamos a las cofradías para sacar pasos, el número era inferior al de hoy, teniendo que ir muchas veces justos de personal con todo lo que aquello podía ocasionar.

-¿Qué ventajas y qué inconvenientes tiene esta eclosión?

-Ventajas, todas las del mundo. Inconvenientes, a día de hoy no veo ninguno. Tal vez ya los gustos de cada capataz, por poner un ejemplo, personalmente no me gustan los picos, prefiero trabajaderas dobladas. El inconveniente principal se verá con el paso del tiempo. Es muy difícil preverlo porque este mundo del costal es muy particular.

-Si le digo estos nombres: Javier Romero, Pepe Fernández, Antonio Jesús Ortega y David Pinto Sáez ¿Qué dice de ellos?

David Pulido, Salvador Giménez y David Pinto Sáez./Foto: Pilar Arrebola

-Todos han tenido mucho que ver en distintas etapas de mi vida en este mundo. Yo las primeras nociones las aprendí con Rafael Sáez en la hermandad del Huerto, si bien es verdad que los nombres de los que hablas me han aportado muchísimo en llamémosle mi formación. Javier Romero es todo un maestro, con una técnica impresionante. Él fue el primero que me enseñó a igualar a la cerviz, también como había que llevar los pasos según la caída de nuestras calles. Un tipo genial al que Córdoba, creo, no le ha hecho justicia.

De Pepe Fernández absorbí su trato con el costalero y otros valores que son importantes como la fidelidad y saber cuál es el papel de cada uno en una cuadrilla conformada por capataces y costaleros. Fue triste la salida de su equipo, pero no fue motivada por un desencuentro como se puede pensar en algunos círculos, sino por problemas familiares, que motivaron una desmotivación total hacía el costal. Tras tantos años es cierto que se echa de menos, pero veo improbable una vuelta porque Pepe ha encontrado gente que puede aportar más frescura de la que yo pudiera llevar.

Antonio Jesús Ortega, el amigo Nano, tuvo la culpa de la vuelta. Tras la salida del equipo de Pepe Fernández en la Merced y el fallecimiento de mi padre, yo estaba fuera de esto. Nano tuvo la virtud de reengancharme. La verdad es que fue muy claro, no se ando con rodeos, buscaba experiencia en un equipo joven y creo que aquello me motivó. Han sido tres años magníficos, donde el trabajo ha sido excelente, llegando a doblar cuadrilla. Lástima que la lluvia solo permitiera lucirlo un año, pero ahí queda.

Y David Pinto, que voy a decir. Me recuerda mucho a su abuelo en las formas, tiene una afición enorme y un oficio muy bien aprendido e innato. Coincide conmigo en muchas cosas, por lo que somos muy complementarios, lo que a él le puede faltar yo lo aporto y viceversa. Viéndolo mandar y conociendo de la familia que viene, me pregunto porque no saca en Córdoba ninguna cofradía, pienso que otros con menos trayectoria y oficio han tenido la oportunidad, la que a él hasta ahora se le ha negado.

-Se habla mucho de la figura del costalero, pero qué cualidades debe tener un capataz.

-Tres. Don de mando, don de gentes y saber que es un servidor más de la cofradía. Eso es innato, la técnica y el oficio se aprenden con los años, pero esas tres premisas o cualidades son las puntuales para ser un buen capataz, y si para colmo tienes una personalidad única, ya, apaga y vámonos.

-¿Y un auxiliar?

-Su propia denominación lo dice. Auxiliar a su capataz y a su cuadrilla. Ser humilde, no buscar el protagonismo que no le corresponde y ser fiel a su jefe de filas. Se ve en numerosas ocasiones, como auxiliares van poco a poco “haciéndole la cama” a su capataz titular desplazándolo para quedarse con un apetecible martillo o cofradía.

-¿Qué espinita tiene clavada en el mundo del costal?

-Ninguna. Le soy agradecido por llegar donde he llegado. Como costalero mis hernias no me han permitido disfrutar más, sin más este año el cirujano que me operó el pasado año, me desaconsejó sacar el palio de la Esperanza del Valle que me hacía especial ilusión. Tal vez como capataz el no haber tenido la oportunidad de ser “capataz de Córdoba”, alguna cualidad me habrá faltado. Me hablan de que he estado en alguna terna, seguro que, como ultimísima opción, pero ya a mi edad no lo veo factible. Utilizando el símil taurino, a mis años me toca seguir de banderillero, la alternativa creo que se me paso la fecha.  Me conformo como estoy.

-¿Cómo ve el futuro del mundo de abajo?

Ahora mismo excelente. Pero al final es el tiempo que lo dirá. En los ochenta decíamos que lo mejor estaba por venir, y vino en estos años, ahora solo queda ver qué ocurrirá mañana.

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