El mensaje de Navidad que llega de Bangassou


El obispo Juan José Aguirre reflexiona en estas fiestas sobre la dura realidad que vive a diario en la República Centroafricana

El obispo de Bangassou, Juan José Aguirre, ha remitido desde su diócesis este mensaje con motivo de la Navidad:
Tengo una estampita de Navidad en mi breviario. Es muy especial. La virgen María está mirando al niño en la cuna. San José a su lado como protegiéndolos y escuchando el canto de los miles de ángeles que vienen del cielo para loar el milagro de la Encarnación. Lo especial llega después. Porque de pronto el rostro de María se baña en lágrimas. Densas lágrimas como copos cuajados en la noche de Belén. Llora porque intuye ya desde ahora que ese niño entre pañales un día estará en una cruz. Porque se trata del mismo misterio. El de la vida en Belén y el de la muerte del Salvador en el Calvario son dos caras de una misma moneda. Por eso las lágrimas salen de sus ojos y bañan sus mejillas.
Me recuerda a una Virgen en Córdoba con cinco lágrimas en las mejillas. Yo la llamo la Virgen de las cinco lágrimas, pero se llama con un nombre que habla de Quinta Angustia. He pensado siempre que llora con 5 lágrimas porque tiene cinco razones. Me quedo recordando esas 5 lágrimas, como cinco gotas de lluvia.
Una primera lágrima viene a Centroáfrica y puede llamarse Ismail. Su madre se enfermó después del parto y murió a los pocos días. A Ismail lo trajeron a Bangassou en una bicicleta por una ruta plagada de mercenarios, envuelto en trapos. Lo acogimos en el orfanato “Mama Tongolo” de Bangassou que sostiene la Fundación Bangassou de Córdoba porque quien acoge a un niño, acoge al mismo Dios. Niño huérfano de padres y de futuro. Como el de Belén, niño sin cuna, niños con cruz.
Ahora él tiene dos años y también está enfermo. Ayer lo vi en el hospital con una sonda nasogástrica en estado comatoso. Una camita tierna ha sustituido el pesebre, pero nadie ha podido sustituir su cruz. Ojalá que llegue a la misa de Navidad, que es aquí el símbolo más visible de las fiestas. Por eso su madre llora.
La segunda lágrima podría ser por todos los Herodes que merodean las selvas africanas matando gente. Es necesario poner a nuestras Navidades un poco de suelo, de estar tierra con tierra, poner doble ración de realidad porque la mitad de nuestro planeta no tendrá Navidad. Esos Herodes aguerridos, crueles, que pegan fuego a una choza sin pensar en la familia que está dentro y que va a acabar calcinada, esos que campan a sus anchas en vez de estar ya en el Tribunal Penal Internacional, esos Herodes sin consciencia pagados por países llamados civilizados para sembrar el terror, son los que han atacado hace unos días el campo de 26.000 desplazados de Alindao, a 200 km de Bangassou. Alí Darass se llama uno de ellos. Es del Níger y siembra la muerte en Centroáfrica. Por eso la madre llora.
Una tercera lágrima va a ser de alegría. Ha visto como niños musulmanes y no musulmanes van por miles a las escuelas católicas, saltando protocolos de seguridad, jugando con el peligro e inventando razones para estar juntos. Niños que desafían la gravedad de sus adultos, niños que miran la vida con otros ojos, niños vestidos de uniforme azul que siguen riendo incluso cuando un grupo de gente armada haciendo patrullas les pasa a unos metros. Ni los miran pues ellos están a lo que están. Se sientan en la misma banca y aprenden a leer juntos. Es un desafío a riesgo, una osadía de niños que quieren la paz. Niños y niñas, musulmanes y no musulmanes en una misma amalgama de futuro. Niños de padres verdugos que juegan junto a niños de padres víctimas, incluso de padres asesinados. Nos enseñan el lado bueno de las cosas. Muestran sus blancos dientes cuando le pides una foto porque están contentos. La escuela es el futuro. Por eso la madre llora, esta vez de alegría.
Hay una cuarta lágrima que corre por sus mejillas, la más larga hasta la comisura de sus labios. Se trata de los 650.000 centroafricanos/as que han tenido que huir de sus hogares, como ellos mismos, María y José tuvieron que huir de la furia de Herodes y sus esbirros para escapar de una muerte segura. En Egipto encontraron refugio. Aquí en Bangassou tenemos 6 campos de desplazados, de gente que ha perdido todo y a los que les queda solamente la vida, que no es poco. Pero la vida sin dignidad es más dura, sin pan se hace penosa, sin salud la moral se hunde y sin esperanza las ganas de vivir se diluyen. Al lado de Bangassou hay 9.000 no musulmanes que han huido de Nzacko donde había una misión floreciente, ahora completamente destruida. En nuestro Seminario menor, junto a nuestra catedral tenemos acogidos a 2000 musulmanes salvados de milagro de una muerte por bala o degollamiento. La vida de los desplazados, huidos o echados de sus tierras es abrumadora. En el continente son millones. Los que quieren llegar a Europa son el 1% del total. El resto lo tienen muy crudo. Por eso la madre llora.
La quinta lágrima es la lágrima que sale de sus ojos en todas las guerras. Como Dios, también la Virgen llora en las guerras. Pero también lloran cuando se acaban y llega la paz, cuando la gente vuelve a pasear tranquila, vuelve a los campos y al mercado, vuelven a contarse chismes junto al brocal del pozo sin miedo a agresiones y violencias. Esta Virgen de Navidad llena de promesas de Paz, es la que os deseo a todos los que formáis parte de la Fundación Bangassou y colaboráis con ella. Que, en 2019, aunque sigan fluyendo sus 5 lágrimas, oasis de paz lleguen a Centroáfrica y a Bangassou y nos abran las puertas de un futuro mejor.

Mons. Juan José Aguirre, Obispo de Bangassou.

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