Salve, Reina de los Mártires


Reina
Traslado de la Reina de los Mártires a San Pedro./Foto: Álvaro Córdoba

Trece años han pasado desde que Córdoba viviera una jornada histórica, en torno a la Reina de los Mártires. Más de una década de espera que, este viernes y con otro formato, ha terminado cuando la dolorosa que gubiara Antonio Castillo Lastrucci ha atravesado el umbral de la basílica pontificia de San Pedro, para resumir con ese gesto la historia devocional de Córdoba, adherida a la fe de Cristo, a la sangre derramada de quienes murieron por no renegar de ella y cuya urna mantiene actualizado el testimonio en el templo donde bautizaron a Juan de Mesa.
La Reina fue el arca donde reposa esa historia, esa fe de la ciudad, ese manuscrito donde la crónica de un pueblo se ha escrito durante siglos y, en los últimos 75 años, en madrugadas de Viernes Santo. Y hace trece, en una inolvidable salida extraordinaria. Como excepcional ha sido el discurrir de la imagen mariana que, impecablemente ataviada por Antonio Bejarano, ha sido dirigida por Enrique Garrido. El mismo capataz que, hace trece años, tocó por primera vez el martillo de su imponente paso de palio.
Nada sucede por casualidad, sino que es fruto de la Providencia. Quizá, gracias a ella la Virgen pudo disfrutarse en calles nunca transitadas, como Pedro López y Gutiérrez de los Ríos. Enclaves de la otra Córdoba, la que mira a la profundidad de su historia en una noche de noviembre. Los cambios obligados por los problemas con el tráfico, la hermandad los convirtió en virtud, como virtuosa fue toda su puesta en escena.
La Reina ya descansa en San Pedro, junto a la urna de los Mártires, a la espera de un besamanos que, sin duda, será único. Y Córdoba mira a su historia, a sí misma, al camino que nos trajo hasta aquí, recordando -a través del rostro de la Madre de Dios- a quienes entregaron su sangre por él; a quienes dieron su vida por Cristo, para que nosotros heredásemos una fe. La misma que ha llevado a tanta gente a disfrutar de este traslado. La que llevó al maestro Gámez a componer una oración sublime en forma de marcha, con esa partitura que la llama, saluda e implora: Salve Regina Martyrum.

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