Dios de la Campiña


Nazareno
Jesús Nazareno./Foto: Jesús Caparrós

El redoble de tambor del Imperio Romano rasgó la tarde y anunció, a las faldas de la cuesta que lleva a la parroquia de Santa María del Soterraño, que Jesús aguardaba para comenzar su salida extraordinaria. En las inmediaciones del templo, aun con las puertas cerradas, se agolpaba la gente. Y en todas las calles, pasara o no por ellas, los balcones lucían el rostro del Señor, del Nazareno, del Dios de la Campiña.
El legado de cientos de generaciones se agolpaban en la atmósfera de la tarde. Densa, expectante, aguardando a que las puertas del Soterraño se abriesen para dar paso al nutrido cortejo. Las cruces de Santiago relucían con el sol distinto de la Campiña, con el sudor de tantos devotos, ofrecido a su Señor cada Viernes Santo durante más de cuatro siglos de fe incondicional. Y Jesús salió, acompañado por los sones clásicos de su Imperio, de Virgen de las Angustias al pane Lingua.
Jesús ya casi estaba en el Llano de las Coronadas y la procesión era el arca mística del sagrario de una tradición que va de abuelas a nietos. Por la calle Molarejo el Nazareno buscaba el Llano de la Cruz, mientras los sones de otro tiempo resonaban con el sedimento de las miles de miradas que lo han contemplado durante 425 años. Y casi, como en un artificio del espacio-tiempo, la túnica que sufrió la restauración de Paleteiro soportó la que no le perdió un Viernes Santo cuando Jesús bendecía la residencia de ancianos de la calle Ancha.
Con el cuerpo encorvado, con los siglos sobre la cruz de plata y la historia sobre el hombro izquierdo, Aguilar, como diría el maestro Hemingway, era una fiesta. Los ancestros observaban, el Nazareno, Jesús, los llamaba.

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