José Juan Jiménez Güeto emociona al Zumbacón


José Juan Jiménez Güeto./Foto: Jesús Caparrós
José Juan Jiménez Güeto./Foto: Jesús Caparrós

Por el atril de San Antonio de Padua han pasado grandes pregoneros y, el último en hacerlo ha sido el párroco de la Trinidad y canónigo de la Catedral de Córdoba, José Juan Jiménez Güeto. El sacerdote ha glosado -en poco más de media hora- la hermosa historia de amor que une a la Virgen con su barrio, sus devotos y su hermandad, con un texto en el que ha combinado a la perfección prosa y lirica.
Andrés Lorite./Foto: Jesús Caparrós

Con la asistencia de un más que nutrido número de personas, Jiménez Güeto fue presentado por su antecesor en el atril y amigo personal, Andrés Lorite. Este tuvo afectuosas palabras y subrayó su importante labor como portavoz del Cabildo en un tiempo difícil para la Iglesia de Córdoba, como el que se está viviendo.
“Salve, Madre mercedaria, Lucero de la mañana. Que mis palabras sean besos Que vuelen hasta tu cara. Salve, mi Reina del Cielo”. Con estos versos y tras mostrar su gratitud al presentador, dedicando su intervención a alguien muy especial, Jiménez Güeto recorría el camino que la Virgen de la Merced realiza con sus cofrades y recorriendo la historia de la Orden que lleva su nombre:
Asistentes al pregón./Foto: Jesús Caparrós

“Elevaban oraciones al cielo con clamores de esperanza implorando el auxilio de la divina Providencia, por intercesión de la Virgen Santísima, allá por el 1218, el que más tarde fuera llamado el Cónsul de la Libertad, se postró a las plantas de la eximia y eminentísima Señora para pedirle el remedio corporal y espiritual de aquellos abandonados, desahuciados, desdichados y sufrientes iconos de su omnipotente Hijo. Pronta y rauda la Santísima Virgen más allá de una visión espiritual como un rayo de luz fulgente venido de Dios, descendió a la presencia de Nolasco Ntra. Sra. de la Merced, rodeada de ángeles y radiante de la gloria eternal, musitándole cálidamente, con inmensa ternura, pero con la fuerza con la que sostenía a los apóstoles en el cenáculo la noche de Pentecostés”
Con una conjunción de versos que han despertado el aplauso reiterado de los asistente, uno de los momentos más emocionantes del pregón de Jiménez Güeto se ha producido al recordar que “ahí va, bajando la cuesta del Colodro bajo los acordes de la Madrugá, silente, callada pero henchida de una alegría expectante, prendida su cara en ese haz de luminarias que ponen la luz ardiente del amor en los ojos de María, embellecida y ennoblecida en ese mar de flores blancas, jardín de pureza prendidas en ánforas bruñidas en el precioso metal”.
El pregón ha finalizado con un hermoso poema de Francisco Mellado Calderón, que ha puesto el broche con la Virgen de la Merced entrando en la Catedral:


Brilla tu imagen bendita,
hay un nudo en la garganta.
¡Qué hermosa eres, Merced!
De las estrellas fulgor,
de la tormenta bonanza
y del sol su resplandor.
En tu rostro se posaron
El espíritu y la gracia,
Y te donaron las flores
El candor y la fragancia.
Bendita entre las mujeres,
predilecta de Dios Padre,
panal Tú de dulces mieles
junco mecido en el aire.
Tú que la gloria anuncias
con solo mover tu palio,
Tú que sientes cada día
el sentimiento de un barrio
que al reclamo de tu nombre
se acercan hasta tu iglesia
para sentirse cautivos
del amor que los apresa.
¡Suave brisa de azahar!
 ¡soberana de los cielos!
Que no hay más gozo, Señora, 
que el poder tenerte cerca.
Que no hay más gloria Señora
que despertar con tus manos
en septiembre una mañana
al calor de tu mirada.
Que no hay más dicha, Señora,
que el Lunes Santo en la tarde,
cuando la torre se mire
en la plata de tu palio
y tu airoso caminar
rompa el aplauso en el patio.
La espera llegó a su fin.
De San Antonio, hecha altar
la Virgen de la Merced
entra ya en la Catedral”.  

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