La Semana Santa cambia cuando llega el Miércoles


No había entrado la cruz de guía del Perdón en carrera oficial, cuando ya había pequeños grupos de personas en los Jardines de la Merced -o de Colón, como se prefiera-, para aguardar la llegada de la hermandad de la Paz horas más tarde. Era la antesala de los días grandes de la Semana Santa de Córdoba. Y es que el Miércoles Santo, todo cambia y, a la gran afluencia de público por las calles de los días anteriores, se suma la expectación que generan algunas de las cofradías señeras de la ciudad.

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Rocío y Lágrimas./Foto: Luis A. Navarro

La jornada la abrió la hermandad del Perdón. La cofradía que dirige Fernando Castro sigue dando pasos al frente. Con un volumen de trabajo sensible durante los últimos cuatro años, el cortejo se presentaba a Córdoba con un nuevo estandarte -bacalao- salido del prestigioso taller del malagueño Juan Rosén. Mientras con la novedad de la crestería del palio de la Virgen del Rocío y Lágrimas se podía apreciar la elegancia de un baldaquín, que crece al paso que marca Curro a sus costaleros con las cuadrillas de los dos titulares, y al son de dos bandas solventes: Coronación y Tubamirum. En el caso de la primera es preciso mencionar el nuevo salto de calidad ofrecido por la decana de las cornetas cordobesas.
Mayor Dolor./Foto: Luis A. Navarro

Por el Señor del Calvario no pasa el tiempo. El Nazareno recorrió la Vía Sacra de la ciudad que se embelesa con su mirada, con la precisión exacta de su historia. Mientras que la Virgen del Mayor Dolor volvió a ofrecer el contrapunto, clásico, de una cofradía con solera. La misma estrenaba el guión de Juventud, diseñado y bordado por Francisco Mira. Todo, en un recorrido en el que, una vez más, quedó patente el buen hacer de sus dos capataces, Carlos Lara y Jesús Ortigosa, además del elegante estilo de la Agrupación Musical Ecijana (Amueci), una banda que va como anillo al dedo a la titular mariana.
Humildad y Paciencia./Foto: Luis A. Navarro

Entre tanto, la Paz sigue fiel a su esencia y ya desde la salida se contaron por centenares los devotos que no quisieron perderse un detalle del paso del misterio de Humildad y Paciencia, así como el característico palio de la Paloma de Capuchinos. Si al salir del Arco de Bendiciones sonó el Ave María de Caccini para el misterio que, horas después levantaría a las miles de personas congregadas en Colón; la Virgen de la Paz fue recibida en las naves de la Catedral por el propio obispo. El prelado recordó el gran acontecimiento que aguarda a sus hermanos, la coronación, mientras la Virgen de Martínez Cerrillo se despedía del recinto sacro con los sones de la Saeta Cordobesa, de Gámez Laserna.
Lágrimas./Foto: Luis A. Navarro

Y el Silencio Blanco lo inundó todo a su paso. El cortejo de la Misericordia iba fino, clásico, apuesto. La cofradía que soñaron los Melguizo, los Varo, los Tena… Un estilo bien definido y un conjunto armonioso y clásico a más no poder. Un ejemplo, Caído y Fuensanta. Sus cornetas sonaron a Escámez, para demostrar el potencial de una banda que lo hace todo bien y en cuyo mérito no hay que escatimar elogios. Como le sucede a la Esperanza que, tras la Virgen de las Lágrimas, constató su nivel, siempre a la altura. Lo que le otorga un valor añadido. Ello, mientras bajo la cruz de la Misericordia iba el pececito y ante la titular mariana un capataz, Enrique Garrido, que es ya uno de los grandes protagonistas de la Semana Santa de Córdoba.
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Nuestro Padre Jesús de la Pasión, atravesando el Arco de las Caballerizas./Foto: Francisco Patilla

Si en San Pedro se guardan los anales de la mejor historia de Córdoba (preguntar por el certificado bautismal de Juan de Mesa), en el Alcázar Viejo se mantiene la esencia de un barrio castizo. Con dos cofradías añejas. Y, en el caso de la penitencial, cabe destacar el avance que sigue experimentando de la mano de Manuel Díaz. A su tesón se debe que no hubiera obstáculo material para discurrir por el Arco de las Caballerizas y a que, cada Miércoles Santo, haga un regalo a la ciudad con la Municipal de Coria. Una formación que es casi un punto y aparte. A ello hay que sumar la elegancia de la Virgen del Amor, no solo en su caminar, sino en el delicado exorno floral.
Cristo de la Piedad./Foto: Luis A. Navarro

Pero el día se cerró en un barrio humilde, cuando ya avanzaba la madrugada del Jueves Santo. En las Palmeras cada estación de penitencia es una proeza. Por la distancia, no solo geográfica, que recorta cada año a base de tesón y entrega. La hermandad de la Piedad llegó a la Catedral con un porte severo. Con los sones de Eternidad, donde los Sayones de Pozobanco volvieron a dar cuenta de su poderío y del porqué se han convertido en una de las formaciones de referencia de la provincia. Una vez salió el crucificado de las naves catedralicias, la agrupación musical de la Cena tomó el relevo de la banda de los Pedroches. Con Nazareno de la Trinidad ya se pudo comprobar que, de la mano de Buendía y Hernando de Soto, la formación de Poniente sigue creciendo a paso firme.
 

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