La Misericordia: esencia de otros tiempos


La fusión de dos imágenes seculares en una hermandad del siglo XX con la cofradía de los Santos Mártires ofrece un resultado único en Córdoba

Los hermanos de la Misericordia no reniegan de sus orígenes de 1937 por más que en 2000 se fusionaran con la hermandad del Santísimo Sacramento y Santos Mártires de Córdoba, cuyos orígenes se remontan al siglo XVI, una legítima operación que es la envidia de otras corporaciones más modernas que recurren poco menos que a la alquimia y a la prestidigitación para darse un barniz de antigüedad que tanto se cotiza en este ámbito.

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Urna de los Santos Mártires./Foto: AM

En la Misericordia todo es legítimo: lo referente a los Santos Mártires tiene su origen en el barroco y sin interrupción ha llegado hasta nuestros días, y lo relativo al soberbio Crucificado y a la Virgen de las Lágrimas en su Desamparo es del siglo XX, cuando nació en la ola que propició un auge del movimiento cofrade en el entorno de la guerra civil. En 1937, al igual que otras hermandades cordobesas, esta cofradía inicia una andadura que por diversas cuestiones se diferencia de las demás y en ello tiene mucho que ver la figura de Francisco Melguizo, quien junto a otros fundadores imprime un carácter que siempre la ha distinguido y que le ha otorgado una personalidad propia que no se limita sólo a la salida procesional, sino que también en sus actos internos despliega sus propias señas de identidad.
Tanto el Cristo de la Misericordia como la Virgen de las Lágrimas en su Desamparo atesoran devociones de siglos y fueron rescatadas de la iglesia de la Magdalena para incorporarse a una Semana Santa que cobraba nuevos bríos. Esta circunstancia fue afortunada en su momento por tener el acierto de enlazar el pasado y el presente de la religiosidad popular cordobesa en una hermandad que se caracteriza por la seriedad, aunque sus nazarenos vayan vestidos de blanco.
En el cortejo, cualquier detalle tiene la marca de la hermandad. Tanto en el colorido -blanco, malva y oro- como en los trazos de Rafael Díaz Peno se advierte la conjunción estética que facilita una unidad fácil de entender en la calle. Si, encima, esto se une con el enorme caudal devociones de la ciudad a sus Santos Mártires se logra una conjunción perfecta, ya que la continuidad en el culto a las reliquias de San Pedro no podía caer en manos de cualquier cofradía.