La Agonía: del campo a la Catedral


Aquel grupo de hermanos que en 1980 decidieron poner en la calle el Cristo de la Agonía de Antonio Castillo Ariza que presidía la parroquia de Santa Victoria no podían imaginar lo que podía suceder con el paso de los años. El aliento del párroco, Agustín Molina  conocido como El Padre Ladrillo, con Manuel Leal a la cabeza, hizo que con más devoción que medios las calles del barrio del Naranjo vivieran su Semana Santa de forma particular.

El Cristo de la Agonía, por Mirabueno.
El Cristo de la Agonía, por Mirabueno. /Foto: LVC

El Crucificado se portaba sobre un armazón metálico, casi horizontal y con un puñado de claveles en los pies, iba escoltado con unos hachones de forja y unos nazarenos de túnica morada y cubrerrostro de raso en un cortejo que al poco se enriqueció con una agrupación musical todo terreno, algo muy común en la época, cuya mayor virtud era la adaptación a esta formación musical de composiciones para banda de música. Así, el Cristo del Naranjo escuchó unas singulares versiones de Rocío o Pasan los Campanilleros por las calles del barrio mientras la Semana Santa más ortodoxa de la ciudad cumplía con la carrera oficial en la plaza de las Tendillas.
Tuvo que ser una mujer, Marisa Marcos, quien comenzara a batallar a comienzos de la década de los 90 para que esta hermandad de la Agonía fuese como cualquier otra de la capital. Era la primera vez que una mujer estaba al frente de una hermandad de penitencia y ella se fajó como el que más para que la Agrupación de Cofradías los reconociera e hicieran estación de penitencia por el centro de la ciudad, al menos con el Crucificado, mientras la Virgen Madre del Redentor, recién bendecida, esperaría en su capilla hasta la llegada del momento adecuado, que ya ha llegado.
El esfuerzo fue titánico, pero dio sus resultados. Se hicieron con el antiguo paso de la Virgen de la Soledad, pero la puerta de la parroquia era insuficiente. El único lugar en el barrio capaz de acoger la salida del Cristo de la Agonía estaba algo retirado del mismo, en Mirabueno, un cortijo de recreo que en el siglo XIX perteneció al industrial José Sánchez Peña y que había quedado en medio del campo como recuerdo de otros tiempos.
El llamado Calvario de Mirabueno fue el lugar en el que el Martes Santo de 1996 se puso en marcha el cortejo de nazarenos morados entre el escepticismo de muchos que dudaban de que volvieran de madrugada al mismo punto después de recorrer muchos kilómetros, más que ninguna otra hermandad. Y así fue. Ya de madrugada, muchos se congregaban en Fuente de la Salud, en la glorieta de Chinales para esperarlos, porque era el último punto con alumbrado urbano antes de llegar al barrio del Naranjo. Cuando llegó el cortejo, se arracimaron en torno de él y avanzaron en la oscuridad de la noche, donde sólo la luz de los cirios y la de los faroles del paso ofrecían la imagen de una Semana Santa de otros siglos.
Desde que pisaron la avenida de las Ollerías, todo el camino era cuesta arriba. Al llegar a la calle Deán Francisco Xavier se acentuó la pendiente hasta llegar a la entrada de Mirabueno. Allí, de donde habían salido a muy primera hora de la tarde, con la vegetación silvestre de la primavera a su alrededor, ahora era un carril terrizo por el que avanzar entre tinieblas, pero con la experiencia de que ninguno de los que allí estaban habían vivido una sensación igual en la Semana Santa de Córdoba. Salieron del campo y volvieron al campo, a su casa, en el Naranjo, con la cabeza bien alta de haber cumplido el reto.
Ahora, la hermandad pone en la calle dos pasos y el cortejo de la procesión poco tiene que ver con aquél de 1996, y mucho menos aún con el de 1980. La Agonía sigue siendo el emblema del barrio del Naranjo, la mejor de sus embajadas, aunque salga de la Catedral.

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