Miguel: Música para la Virgen de la Sierra


Cuando se abran las puertas de San Andrés habrá un músico de sonrisa franca, que sea quien más orgulloso se sienta de haber marcado el compás de la marcha con la percusión exacta de su bombo

Miguel
Miguel Jímenez Güeto, Rafael León y Francisco Javier León./Foto: LVC

Cuando abra la tarde del Domingo de Ramos, en San Andrés; el Lunes Santo, en San José y Espíritu Santo; el Martes, en Capuchinos, el Miércoles en San Pedro; el Jueves en San Cayetano; y los sones de la banda de la Esperanza tengan su Fin -el bueno- de nuevo en San José; siempre habrá un músico de sonrisa franca, que sea quien más orgulloso se sienta de haber marcado el compás de la marcha con la percusión exacta de su bombo.
Y, entre todos esos nombres consagrados, y las advocaciones a las que se les rinde pleitesía estará siempre presente el de su Virgen de la Sierra.

Todo el mundo conviene en que la música procesional es una ofrenda, que se eleva a Dios, y muestra el sentido de trascendencia, impreso por Éste al Hombre. Y esa grandeza de la verdad se aprecia, en toda su dimensión, en las personas sencillas, como Miguel. Mientras marca el compás de la marcha con su bombo y los costaleros -no lo olviden- arcan el izquierdo al son del tambor. No es una corneta, ni flauta, trompeta o clarinete. Es el golpe seco, recio o ronco si se tercia, el que indica hacia donde seguir, el que mueve la bambalina con la cadencia perfecta que, en el caso de la banda de la Esperanza, marca Miguel.
Es un acto que, por sencillo en apariencia, no deja de ser tan necesario como el nazareno al cortejo. Y es por eso que Miguel lo realiza con precisión y lleva con orgullo el arpa que se graba en el escudo que luce con orgullo. El mismo con el que lució el de la banda de música de Cabra y el que se refleja en sus pupilas cuando habla de su Virgen de la Sierra. El mismo con el que hablaba su hermano de él, cuando le dije que iba a escribir estas líneas.
La música hace grande al hombre, porque lo eleva hacia algo mucho más grande que él. Y, cuando la tocas tras una imagen sagrada, ese sentimiento se convierte en un honor del que solo es merecedor quien lo dona por el simple hecho de sentirlo como parte de uno mismo. Así, cuando este domingo se abran las puertas de San Andrés y cruce el dintel del templo fernandino la Virgen de la Esperanza, tras su verde manto, Miguel no dejará que ningún costalero pierda el son eterno de la percusión que nos lleva hacia el Señor.

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