Luz entre las tinieblas para alumbrar la historia de la Trinidad


Vía crucis del Cristo de la Providencia./Foto: Jesús Caparrós

La historia se escribe en la última palabra antes del punto. En el predicado que antecede a una coma, en las crónicas de otro tiempo. Del mismo en que llegó el Cristo de la Providencia del taller de Luis Álvarez Duarte, por encargo de Antonio Gómez Aguilar. Y lo hizo para quedarse, para proteger la obra pía y ser la atalaya de la fe que, cada día, puede ser venerada en su capilla. Y que, cada Viernes de Dolores, a hombros de sus fraternos camina hacia la Catedral.


En el de 2018 no pudo ser. La lluvia hizo acto de presencia, para que el Cristo fuese, más que nunca, luz entre las tinieblas y así alumbrar la historia de la Trinidad, la de Don Antonio, Don Santiago y la del párroco que, ahora, vela por un rebaño que es fiel no a su imagen, sino a ese intento de la imitación de Cristo. Aquélla que propuso Tomás de Kempis, aquélla que todo católico ha de perseguir y que, a través de la piedad popular, del ejercicio que repasa la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor, pone en la antesala de la Semana Santa al cofrade.

La oscuridad del templo, los inciensos, la meditación, la música de capilla hacían brillar al Cristo de la Providencia, como ese faro seguro en el que fijarse cuando la noche oscura se convierte en morada del alma, y cualquiera necesita ese abrazo cálido, la mirada contundente y tierna. Comprensiva, porque fue Verbo encarnado.
Y así, estación tras estación, la Trinidad adquirió una geografía distinta. La misma que cambiará, más pronto que tarde, para que el Cristo que esculpió Luis y soñó Don Antonio, sobre un paso áureo camine hacia la Catedral, para alumbrar a Córdoba como nunca dejó de hacerlo con la Trinidad.

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