Una hermandad irrepetible, en un entorno monumental


El rosario vespertino de la Dolorosa que acompaña al Señor de la Caridad vuelve a dejar estampas de una belleza colosal

María Santísima./Foto: Eva M. Pavón

En el actual Museo de Bellas Artes, donde otrora se hallaba el Hospital de la Santa Caridad, Córdoba encuentra algunos de los emblemas que la definen como ciudad monumental. Y es que desde la Plaza del Potro a la Catedral, pasando por San Francisco, la urbe muestra su dilatada historia a golpe de piedra, estatuas y fachadas que atestiguan la arquitectura de una arqueología viva y serena. Durante unas horas, ese majestuoso entorno cobró aun más vida, al paso de una imagen, de una Virgen que aúna una portentosa expresión artística con una fuerte carga de espiritualidad.

Sola, sin el crucificado a cuyos pies se halla cada Jueves Santo, la estampa de María Santísima mostraba la dimensión profunda de su dolor, por algunas de los emplazamientos más imponentes de esa Córdoba histórica. Nombres como los de San Fernando, Portillo, Cabezas, Banadillas, Zapatería Vieja, Plaza de Abades, Osio, Rey Heredia, Cardenal González, Lucano, Plaza del Potro y Romero Barros; no sólo hablan de calles, sino que se transforman en la historia de la salvación, a cuya escenificación, la ciudad ha asistido durante siglos para dar cuenta de su verdadero sustrato.

La celebración del triduo y el rosario devuelven a la Dolorosa junto a su Hijo. Sin embargo, durante unas horas, las calle que la mañana de cada Viernes Santo contemplan el Vía Crucis de la Caridad detuvieron el tiempo, en una noche de sábado en que Córdoba se recreó en su propia biografía para ofrecer todo lo que tiene sus calles, sus monumentos y su encanto para mitigar el dolor de una Virgen que, sola, refleja “el que nosotros vivimos durante siglos, en este valle de lágrimas”.

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