El obispo Aguirre: "Acabaremos todos ciegos si no hay salida para escapar de este laberinto"


Refugiado./Foto: Fundación Bangassou

El sacerdote cordobés y obispo de Bangassou, Juan José Aguirre, ha relatado en su última comunicación cómo se ha roto la situación de “calma tensa”, que se ha prolongado durante las últimas fechas. El misionero ha explicado que los musulmanes que se hallaban en la misión estaban “haciendo su vida; los guerrilleros antibalaka hurgando heridas y saqueando; y los milicianos Seleka -a 200 kilómetros al norte-, amenazando Bangassou desde la distancia”. Sin embargo, la pasada noche un poco antes de la madrugada, un grupo de antibalaka atacó el campamento. La gente, la mayoría mujeres y niños, se escondió tras los muros del seminario y los cascos azules repelieron el ataque aunque dos salieron heridos.
La escaramuza ha propiciado una “desbandada general en Bangassou”, confirma Aguirre. En consecuencia, tras el ataque algunos padres y monjas se han ido a Bangui, no pudiendo resistir la tensión del ambiente. “Ayer noche, con el corazón en la boca, algunos huyeron dejando sus puertas abiertas sin saber bien hacia dónde iban”, explica el obispo.Éste pone, en contraposición, el ejemplo de sor Julieta, una franciscana burgalesa experta en enfermos de SIDA en fase terminal. “Ha cumplido 70 años. De ellos 40 en África, entre el Congo y Centroáfrica. Parece que tiene el ADN de titanio”, se asombra Aguirre.
El sacerdote cordobés prosigue su estremecedora descripción de los hechos que están aconteciendo en esa zona de la República Centroafricana, señalando que “el campo (de refugiados) bulle de niños que juegan ajenos al tiroteo de ayer noche”. Y confiesa que sigue “buscando que se hablen, que dialoguen, que no sean salvaje”. Sin embargo, Aguirre no es ajeno a reconocer que “cuando estalla un petardo todos salen en estampida”. A ello añade que lo que quedaba de la mezquita lo han destruido, del mismo modo que han hecho los Seleka con la iglesia en Nzacko. Y concluye asegurando que “todavía impera el ‘ojo por ojo’. Acabaremos todos ciegos si Dios no nos enseña una salida para escapar de este laberinto”. Pero siempre queda un espacio para la esperanza, y el misionero explica que “siento cada día como una presencia invisible me acompaña, como San Rafael se pegaba a los talones de Tobías”.

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