Bernabé Jiménez emociona con un pregón diferente


Con una sólida estructura basada en el verso, e interactuando con la música interpretada por la banda de la Esperanza, Jiménez consigue llegar al corazón de los presentes y ser reivindicativo

Pese a que las Glorias ha contado históricamente con notables pregoneros, podría parecer que este pregón era hasta ahora un hermano menor del cuaresmal que se pronuncia en el Gran Teatro. Sin embargo, el ex dirigente del Rocío revolucionó el formato conocido para, sin estridencias desafortunadas, cuajar una pieza novedosa muy del agrado de los presentes, que interrumpieron con su ovación en numerosas ocasiones al orador.

Jiménez
Bernabé Jiménez, junto a su presentador./Foto: LVC

Ya lo anunció con voz entrecortada el emocionado presentador, el conocido cofrade de la Esperanza Federico Fernández Bouza: Bernabé Jiménez es un enamorado de las cofradías en todas sus facetas, para el que no cabe distinguir entre penitencia y gloria.
Sonó en primer lugar María Auxiliadora, una marcha poco conocida de Abelardo Báez, hermano del celebrado compositor de Jesús Caído y Virgen de las Angustias, que se encontraba presente entre el público. A su término tomó la palabra el pregonero que arrancó con una encendida elegía a San Rafael, repasando sus triunfos que se reparten por la ciudad, y su omnipresencia en las iglesias y cofradías, y reclamó su salida cada 24 de octubre.
Incidió en que penitencia y gloria no es separable y, en tono encendido, destacó la elevada dignidad de pregonar las Glorias, lo que provocó la primera gran ovación.
Prosiguió con un recuerdo a la pasada Semana Santa, con elogios a la nueva carrera oficial y cierto reproche a las críticas recibidas. Repasó la penitencia, evocando el via crucis de San Álvaro, y la culminación de toda la pasión en Santa Marina el Domingo de Resurrección.
Entre alabanzas a la Gloria y ovaciones, la banda arrancó a tocar Fuensanta Coronada. Al finalizar, el orador invitó a los presentes a acompañarle en un paseo por la Córdoba soñada, reivindicando en verso la fe sencilla de un pueblo.
El paseo comenzó por San Lorenzo, deteniéndose en cada capilla del templo, y especialmente en sus vírgenes de gloria: Victoria, Villaviciosa, y especialmente la de los Remedios, de la que dijo que, de tener hermandad, bien podría estar coronada.
Continuó su paseo por María Auxiliadora. Añoró el sabor viejo y perdido de la Corredera, elogiando a la Virgen del Socorro y a los Mártires de San Pedro.
San Pablo fue la siguiente estación, con sus hermandades y glorias: Inmaculado Corazón de María, Virgen del Rosario y Rocío. Muy esperada era la referencia a la hermandad del Rocío, de la que el orador fue hermano mayor hasta fechas recientes. Cuando la banda entonó la marcha homónima de Vidriet, Jiménez fue desgranando versos a su Virgen, ajustando la métrica a los compases de la composición. En un emocionante momento citó la peregrinación, y tuvo un recuerdo especial para la reliquia de San Juan Pablo. Al finalizar marcha y poesía, el público rompió en una gran ovación puesto en pie.
Subiendo el Bailío llegó a Capuchinos, donde tuvo presentes a las hermandades de la plaza y, de nuevo en verso, para el Cristo de piedra que la preside. No faltó un recuerdo a la Pastora, y a las dos imágenes, penitencial y gloriosa, de la Reina de los Ángeles.
Por la Malmuerta, el exaltador llegó a San Cayetano, para postrarse a los pies de la Virgen del Carmen, recordando también a su homónima de Puerta Nueva. Tras una parada para contemplar las vírgenes de Nazaret y Fátima, recordando su año jubilar, propuso un paseo en la sierra, repasando sus romerías: Linares, a la que dedicó una apasionada poesía, y Santo Domingo, recordando las tres cruces del calvario del beato Álvaro de Córdoba, a quien pidió protección para sus cofradías. Pasó por el recogimiento de las Ermitas y su monumento al Sagrado Corazón. Y bajando por Medina Azahara, volvió a entrar en Córdoba para visitar la Virgen de Araceli.
Cruzando el puente, el pregonero se detiene ante la Virgen del Rayo, destacando elogiosamente su ambigüedad entre penitencia y gloria. Citó también al resto de Vírgenes del templo, y volvió a cruzar el rio hasta la Catedral, y de allí a San Francisco, para contemplar a la Virgen del Amparo y a la de la Cabeza.
Por el arco del Portillo hasta la Catedral de nuevo. A la puerta del Perdón. Donde además dijo «hablar de la otra puerta daría para dos pregones y una exaltación».
En ese punto reivindicó mayor subvención, y que, ya que las glorias no cuentan con el Gran Teatro, celebren el próximo pregón en la Catedral, presidido por una imagen de gloria. Este momento supuso una nueva y larga ovación.
Tras visitar San Basilio y su Virgen del Tránsito, se despidió con una alabanza a la Virgen de la Fuensanta, a la que comparó con un ramo de flores variadas.
Sonó entonces Encarnación Coronada, de Abel Moreno,y Jiménez, en medio de ella, declamó reivindicativo deseo de una ciudad diferente. Tras rezar el Ave María que contiene la marcha, prorrumpió en vivas a la madre de Dios, con un público absolutamente entregado.

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