El sueño de una noche de Viernes Santo


Viernes
María Santísima en su Soledad./Foto: Luis A. Navarro

Luis Miguel Carrión dio los tres golpes al martillo en el umbral de Santa Catalina para cerrar en la Catedral una jornada de Viernes Santo perfecta. El paso de la Virgen del Desconsuelo dejaba tras de sí el grueso de una Semana Santa que ya aguarda al Resucitado y que, en la Soledad, la Expiración, el Descendimiento y los Dolores encontró la primera parte de un epílogo de lujo. Ello sumado a la experiencia catedralicia de las cinco hermandades, sirvió para que el cumplimiento de los horarios fuera escrupuloso y dejará constancia de unos días que han ido perfeccionando el paso por carrera oficial, progresivamente.
La Soledad, de luto y con la sobriedad que caracteriza a su cortejo, lució la nueva saya que le realizara Francisco Mira. Así, la primera de las tres vírgenes de Luis Álvarez Duarte que procesionaban el Viernes Santo dejó impregnado, desde Santiago, el sigor del silencio proyectado en la sobriedad franciscana de un cortejo nazareno por el que no pasa el tiempo. El mismo que avanzaba firme en la zancada de los costaleros a los que Enrique garrido guiaba con la seguridad del capataz que es auténtico dominador de la escena.
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Cristo de la Expiración/Foto: Luis A. Navarro

Maese Luis, San Francisco y Caño quebrado dejaban las primeras estampas de la hermandad de la Expiración por hermosos y angostos enclaves, que se dejaban llevar por el viento cadencioso con que juega el fagot que anuncia la muerte. Un final dulce y delicado en el rostro de Nuestra Señora del Rosario, mientras su palio avanzaba por el recinto catedralicio. Su mirada pura de Virgen niña parecía alejarse de su hermana de Santiago y, sin embargo, los nudos de la historia del Viernes Santo la historia se condensan en las etapas de una cronología mística que, en ese instante, ya se fundían en las retinas la luz de la cera que confluye en la tez del Rosario, mientras Jesús Ortigosa mandaba a su cuadrilla de regreso a San Pablo.
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Descendimiento./Foto: Eva M. Pavón

El contrapunto del Viernes lo puso el Descendimiento. Los acordes de Caído y Fuensanta sonaban limpios, a la pura corneta que, más allá de cada pieza, recorre la técnica, pericia y experiencia a partes iguales. La banda de la Esperanza potenció los acordes postreros de su Semana Santa. La misma en la que ha vuelto a mostrar la auténtica dimensión de la música procesional cordobesa. Dejándose llevar por los dos conjuntos, el misterio de Jesús descendido de la Cruz y la Virgen del Buen Fin alcanzaron el templo dejando emoción a raudales en su barrio del Campo de la Verdad y conservando la estética sin parangón de su cortejo atravesando el Puente Romano.
Nuestra Señora de los Dolores./Foto: Luis A. Navarro Viernes
Nuestra Señora de los Dolores./Foto: Luis A. Navarro

El tiempo se detuvo y la agrupación musical de la Redención armonizó -con un nivel de perfección incomparable- los sones luctuosos del caminar del Cristo de la Clemencia. Francisco Ávalos tocó el martillo en la Puerta de Santa Catalina para agradecer al Cabildo de la Catedral que todas las cofradías realicen estación de penitencia en su casa. La cuadrilla avanzó para dejar paso a la historia devocional de la ciudad condensada en una imagen. El arca mística de la piedad popular cordobesa, Nuestra Señora de los Dolores, se despidió del templo  con los sones de Saeta Cordobesa y, en el Patio de los Naranjos, quedó la sensación de que el tiempo estaba cumplido.
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Nuestra del Desconsuelo./Foto: Jesús Caparrós

La cruz de Jerusalén, los esbeltos nazarenos del Santo Sepulcro -como guardianes de la fe- iban a completar la jornada custodiando el caminar de la urna. Nuestro Señor Jesucristo del Santo Sepulcro volvió a retomar los dos siglos del decreto de Trevilla para cerrar la procesión, el Viernes y la Semana Santa que aguarda su Resurrección en Santa Marina. El palio de Nuestra Señora del Desconsuelo en su Soledad alumbraba con su candelería, más allá del propio baldaquín, el Patio de los Naranjos al completo. Cantabile unía su canto a la sacra conversación del Duelo y, ante la escena, para quienes la contemplaban no era difícil entender que ya eran parte de la historia, la más trabajada, la mejor posible.

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