Un relato conmovedor y lleno de vida


La carta semanal del obispo parte del pasaje de la resurrección de Lázaro, donde Jesús llora, para mostrar la esperanza de una enseñanza que está repleta de esperanza

¿Quién es éste que tiene poder para resucitar a los muertos? ¿Quién podrá restaurar nuestro corazón en tantas heridas que nos hacen sufrir? ¿Quién podrá curar nuestro egoísmo, que destruye nuestra persona? Las respuestas a estas preguntas las ofrece el obispo en su carta semanal. La misma parte del pasaje evangélico de la resurrección de Lázaro, donde Jesús llora, para mostrar la esperanza de una enseñanza que está repleta de esperanza y para mostrar que “Jesús tiene palabras de vida eterna. Sólo él tiene para dar y repartir sin medida. Jesús no sólo nos propone un camino, un método, unas pautas de comportamiento. Jesús nos da su misma vida y es capaz de dárnosla incluso si tiene que resucitarnos, como ha hecho con su amigo Lázaro”.

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Celebración de la misa de la vida consagrada en la Catedral./Foto: José I. Aguilera

La misiva del prelado comienza narrando el inicio del relato de la Escritura, donde afirma que “resulta conmovedor el relato de la resurrección de Lázaro, porque vemos a Jesús que llora ante la tumba de su amigo muerto”. Por ello, Demetrio Fernández explica que ” Jesús sabe que lo va a resucitar, devolviéndolo a la vida, e incluso ha declarado: “Lázaro ha muerto; vamos a despertarlo”. Sin embargo, se le ve conmovido hasta las lágrimas cuando llega al sepulcro y constata que está cadáver y ya huele mal, porque llevaba muerto cuatro días”. Al hilo de lo que señala que “el quinto domingo de Cuaresma, camino de la Pascua, Jesús nos anuncia la vida”. Por ello recuerda que ” asistimos con él a la resurrección de su amigo Lázaro muerto, al que Jesús resucita devolviéndole la vida terrena, como un signo de la eterna que ha venido a traernos a todos”.
En la parte central de la carta, el obispo lanza las cuestiones fundamentales del significado profundo que enseña este pasaje de las escrituras. El mismo impela a comprender que “Jesús es la Vida, tiene la que el Padre le ha comunicado y tiene la capacidad de darla a quien la haya perdido”. De ahí la importancia del bautismo que es “el sacramento por el que nacemos a  Dios en nosotros”; mientras que la Eucaristía “alimenta en nosotros esa vida de Dios. El sacramento de la penitencia vigoriza nuestra alma mortecina por el pecado, y si hemos perdido la gracia de Dios, nos la devuelve acrecentada”. En consecuencia, el prelado subraya que “en la Pascua vamos pasando de la muerte a la vida, al hacernos Jesús partícipes”, de ésta. Por lo que concluye señalando que “Jesús no sólo nos propone un camino, un método, unas pautas de comportamiento. Nos da su misma vida y es capaz de dárnosla incluso si tiene que resucitarnos, como ha hecho con su amigo Lázaro”.
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