"¿Cuál es el precio de la persona?"


El obispo reflexiona en su carta semanal sobre la dignidad de la persona, ya que "el respeto al otro no es sólo buena educación, sino visión de fe"

¿Cuál es el precio de esa persona? A esta interrogación responde el obispo en su carta semanal, argumentando que “ha sido rescatada no con oro o con plata, sino a precio de la sangre de Cristo, el Cordero sin defecto ni mancha. Ése es su precio, ése es su valor, la sangre de Cristo, mucho más de lo que pesa en oro”. Así, el prelado incide en la relevancia de la dignidad humana y subraya que el respeto hacia los demás no consiste en una norma de buena educación, sino que se trata de una “visión de fe”.

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El obispo, junto a los representantes de la hermandad de la Cabeza de El Carpio./Foto: DMCS

La primera parte de la misiva de Demetrio Fernández recorre las violaciones de los derechos humanos, cometidas contra hombres, mujeres y niños, en todo el mundo. Por ello, el obispo insiste en que “toda persona es templo de Dios. Si alguno profana este templo, está pisoteando al Espíritu que habita en vosotros”. En consecuencia, el obispo hace alusión a la Palabra del domingo en la que se anima a ser santos, a amar a los enemigos. Un mensaje que, como indica el prelado, “nadie ha hablado nunca así. No hay líder religioso, ni filosófico, ni cultural, ni político que haya pronunciado estas palabras, que haya puesto ese listón”. Por ello, explica que ese amor a los enemigos “es algo que brota del corazón del Cristo, del corazón de Dios. Jesucristo ha pedido perdón para los que le estaban crucificando, y nos manda perdonar a los que nos persiguen, nos calumnian o nos hacen cualquier tipo de daño”. Este hecho implica que el testimonio al que está llamada a dar la persona, el cristiano “no es sólo el respeto y la promoción de los derechos de los demás, tantas veces conculcados por el egoísmo humano”. Para concluir que éste “está llamado a un plus mayor, está llamado, urgido interiormente por la acción del Espíritu Santo, a amar a los enemigos, a los que te hacen mal, a los que no te quieren o incluso quieren destruirte”.
La parte final de la carta del obispo alude, por tanto, al estado de un mundo, que define como “convulso”, que vive un cambio de época. Esto hace “necesario recurrir a lo típicamente cristiano, a aquello que sólo el cristianismo puede aportar como original y propio a este mundo en el que vivimos”. De tal forma que urge el “testimonio del perdón a los enemigos”. Así, el prelado subraya que “sólo ese amor será capaz de transformar nuestra generación, para amanecer a una época nueva y renovada. En este campo más que en ningún otro el cristiano está llamado a ser luz del mundo, partícipe de la misericordia de Dios con los hombres, que hace salir el sol para buenos y malos y manda la lluvia para justos e injustos”.
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