El misterio de la Redención, a través del Amor de Dios


El obispo reflexiona en su carta semanal sobre cómo se alcanza la salvación por el camino de la obediencia amorosa y se ha expresado en el sufrimiento lleno de amor al Padre y a los hombres

La carta semanal del obispo aborda el misterio de la Redención, cuya fuente brota del Amor de Dios. Así, el prelado comienza haciendo referencia al pasaje evangélico donde Jesús es bautizado por San Juan y éste proclama que es el Cordero que quita el pecado del mundo, afirmación que titula la misiva. La misma desarrolla una profunda reflexión sobre este axioma que se por el camino de la obediencia amorosa y se ha expresado en el sufrimiento lleno de amor al Padre y a los hombres.

Redención
Representación del Bautismo en el Jordán./Foto: LVC

Demetrio Fernández asegura que la persona se redime por el camino del amor, el cual “incluye la justicia de la reparación, pues no sería más amor no permitir que el ofensor pueda reparar lo estropeado, si no todo, al menos lo que pueda”. En consecuencia, esto “ha sucedido en la Redención, obrada por Jesucristo”, ya que “ofrenda en la Cruz repara todas las culpas de todos los tiempos”. Por ello, Jesucristo ha sido “dado a los hombres como ofrenda agradable, como cordero sin mancha, para ser ofrecido en reparación de nuestros pecados y los del mundo entero”. Asimismo, el obispo recuerda la tradición bíblica veterotestamentaria de la celebración de la Pascua judía, que se cumple en toda su dimensión en Cristo. De tal suerte que “como en el Antiguo Testamento, la ofrenda del cordero pascual recordaba con gratitud las maravillas de Dios y alcanzaba el perdón de los pecados del pueblo, así este Cordero (Jesús) al ser ofrecido en la Cruz repara los pecados del mundo entero, porque carga con ellos”.
El concepto actualizador que conduce a la redención y se halla en la eucaristía, por medio de la cual el Cordero quita el pecado del mundo, centra la parte final de la carta. Así, el prelado recuerda que son “nuestros pecados personales, por los que rompemos con Dios, prefiriendo nuestra voluntad y capricho a la voluntad de Dios, que quiere nuestra felicidad verdadera. Jesucristo ha venido para restablecer esa relación con Dios, rota por el pecado”. Por tanto, “son nuestras rupturas con los demás, llevados por nuestro egoísmo en sus múltiples manifestaciones, poniéndonos como centro de todo y olvidando que la vida es para darla, gastarla en servicio a los demás”, subraya. Por ello, el prelado explica que “el pecado social llega incluso a hacerse pecado estructural, a generar estructuras de pecado”, que vienen a suponer “el resultado de nuestras malas acciones”, por lo que concluye pidiendo a Jesús que  nos haga criaturas nuevas, “capaces de restaurar lo que el pecado a destrozado”.
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