El altar de Trinidad y la Orden de Carlos III


La titular mariana de la hermandad de la Santa faz luce sobre un ara en la que predominan los colores propios de la Inmaculada, cuya relación se remonta a los siglos XVIII y XIX con la casa de Borbón

La media luna, la saya blanca y el manto azul que luce María Santísima de la Trinidad forman parte del conjunto de colores propios para conmemorar la festividad de la Inmaculada Concepción. Con un conjunto floral compuesto por Grado, la Virgen que viste Eduardo Heredia muestra en su composición la apariencia que se habitualmente se asocia a la Purísima y cuyas tonalidades se remontan a los pintores del siglo de oro, Francisco Pacheco y Bartolomé Esteban Murillo.

María Santísima de la Trinidad en su altar de Cultos./Foto: LVC
María Santísima de la Trinidad en su altar de Cultos./Foto: LVC

La proclamación dogmática de María, concebida sin pecado original, no se produce hasta 1854, si bien la piedad popular lo acogió siglos atrás. Córdoba, de hecho, iba a ser uno de los focos donde naciera la profunda fe en la concepción sin mancha de María, que ha pervivido hasta nuestros días. Una devoción que trascendió espacios geográficos y el propio rey de España, Carlos III, establecería los colores de la Inmaculada, de la que era profundamente devoto, en las preseas o distinciones con que condecora la Orden que lleva el nombre del monarca. Dicha decisión se adoptó como acción de gracias a la Virgen por el nacimiento del primer nieto del rey, para el que hubo de esperar cinco años, que aseguraba la continuidad de la dinastía.
Los colores de la Inmaculada escogidos para la Orden de Carlos III iban a cruzar el atlántico y también inspirarían la bandera de Argentina. Y es que sobre la base de su presea surgiría durante las invasiones inglesas la escarapela y el penacho del Cuerpo de Patricios en Buenos Aires. España celebra a la Inmaculada como patrona y protectora desde 1644 y la ascendencia de su devoción se remonta al II Concilio de Toledo, donde el rey visigodo Wamba ya era titulado d07efensor de la Purísima Concepción de María, abriendo una línea de fidelidad entre los reyes hispanos. Monarcas como Fernando III el Santo, Jaime I el Conquistador, Jaime II de Aragón, el emperador Carlos I o su hijo Felipe II rindieron pleitesía a la Inmaculada y portaron su estandarte en sus campañas militares.
El altar del que puede disfrutarse estos días en la parroquia de San Juan y Todos los Santos muestra a María Santísima de la Trinidad en esa cuidada línea simbólica que actualiza una tradición de fervor popular, donde la ciudad de Córdoba siempre fue protagonista.

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